CAPÍTULO 6 #3
—No. Eres capaz de entretenerte con a saber qué. No quiero que quedes mal delante de los padres de Leyla llegando tarde. —Se sentó al filo de la cama—. Mejor te espero .
Terminé de vestirme a toda prisa, bajo su atenta mirada. Estábamos a punto de dejar la habitación cuando le pregunté:
—Oye, Hach, ¿hay zorros en Knegara?
—Claro, al igual que los búhos, son una de las especies más veneradas por los exploradores. Hasta hay un zorro sagrado. Dicen que lleva en sus bosques unos siglos, una especie de rey de los zorros, lo llaman…
Una conversación mantenida tiempo atrás, que había estado dormida en mi cabeza, llegó de golpe.
—Sionnach.
—Eso es. —Sonrió—. ¿Lo conocías?
—Leyla me habló de él. Aunque me dijo que solía dejarse ver en noches estrelladas, y yo… te juro que acabo de verlo.
—Eso es muy inusual. Sionnach apenas se deja ver por unos pocos afortunados.
—Eso dijo Flechas. Aunque ella lo vio; ¡hasta lo acarició!
La sonrisa del bardo se estiró aún más. Tras acercarse a la ventana, señaló al cielo. Fui con él y llevé la mirada hacia la bóveda celeste. Una gran y rutilante estrella ya estaba en ella.
—Es Kaiessa, la guardiana de Knegara. Esta ciudad es el punto de Luara en el que se ve más nítidamente.
Cuando brilla tanto como hoy, es que la noche será despejada y el cielo lo preñarán un montón de estrellas.
Al menos hasta que la luna llena las eclipse con su luz.
Quizá Sionnach haya salido ya a darse su paseo.
Asentí, sin dejar de mirarla.
—¿Cómo va a vivir un zorro durante siglos, Háchpirey? Es… imposible.
El bardo me miró levantando ambas cejas, con media sonrisa curiosa.
—¿Aún te cuestionas lo imposible de las cosas, después de todo cuanto has vivido? ¿A pesar de quién eres?
Llené los pulmones de aire, despacio, con la mirada clavada en el techo. Luego de soltarlo de golpe, volví a mirar al bardo.
—Has hablado como lo haría Azani. —Sonreímos ambos—. Pero dime, amigo mío, ¿qué soy? ¿Un exasesino? ¿Un mercenario? ¿El hijo de una diosa? ¿Un caballero honorífico de Ardacia? ¿El hijo de un hombre al que traicionaron? ¿Qué soy de todas esas cosas?
El bardo cogió mis manos entre las suyas. Las tenía malditamente suaves porque había estado echándose no sé qué potingue que llevaba en su equipaje y que, por supuesto, no podría cargar en los túneles.
—Todas a la vez y muchas más. Y ¿sabes lo más importante?
—¿Que no soy un bardo?, por fortuna.
—¿Seguro que no, Piernas Largas? —Esbozó un gesto guasón.
—Maldita sea. —Chasqueé la lengua.
Su mirada, llena de brillante sinceridad, se clavó en la mía.
—Lo más importante es, Málakor, que aunque todas esas partes que has mencionado vivan en ti, aún te queda mucho por descubrir de ti mismo.
Y, algo más, tienes la libertad de elegir quién serás de ahora en adelante.
Cuáles son las batallas que librarás. Cuáles tus aliados y cuáles tus enemigos.
Porque este camino que emprenderás lo has elegido tú, ni Ledaria ni Ardacia, aunque sea quien ponga los recursos.
Ni tampoco Paltia. Ni siquiera los dioses.
Es tu propio camino. Son tus pasos. Es tu libertad.
—La fuerza de sus palabras impregnó su rostro y su mirada de un gesto vivaz—.
Escribió, con sabia razón, el ilustre Cerbantes en El Ingenioso Hidalgo de Ardacia : «La libertad es uno de los más preciados regalos que nos dieron los dioses, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra ni el mar; por la libertad, así como por el honor, se puede y debe aventurar la vida».
Y tú aventuraste la tuya por la libertad.
Como aquella vez que decidiste salvarle la vida a Élinor, cambiando el transcurso de todas las cosas.
¿Acaso no lo volverías a hacer, sabiendo lo que sabes?
—Una y mil veces.
Mi respuesta lo enorgulleció tanto que se le notó en la cara.
—¿Y qué harías mañana mismo si pudieras, sabiendo lo que sabes? Más allá de ir a los túneles.
Quería hacer tantas cosas… No obstante, hubo tres que saltaron a mi mente como gatos que hubieran estado escondidos detrás de un arbusto imaginario .
—Sacar a mi madre del Olvido, hacer justicia por lo que le pasó a mi padre y ayudar a la pelirroja.
—No es que las dos primeras cosas sean nada fáciles… —silbó—, aunque al menos comprendo por qué las mencionas, pero ¿la otra?
Le conté lo que me había dicho en El Trovador Sonriente. Soltó mis manos para frotarse la mejilla. La pluma de su sombrero se agitó entretanto.
—No tenemos idea de dónde está Hérenthor. En términos comparativos, ahora mismo es tan difícil llegar hasta allí como al Olvido.
—Tampoco te pases —bufé—. Si los elfos vienen de Hérenthor, y conocen los túneles, podremos llegar al lugar del que han salido. Ese mamarracho de Azskar andará con ellos, estoy seguro.
—Y según me acabas de contar, la pelirroja te dijo que eran muy peligrosos, que debías mantenerte alejado de ellos.
—¿Y desde cuándo hago caso a nadie que tenga el pelo rojo? —Le toqué la punta de uno de sus mechones.
Hach me regañó con la mirada, pero luego sonrió.
—Muy bien, Málakor, ya veremos qué pasa.
Exploraremos esos túneles, a ver a dónde nos conducen.
Iliana me ha dicho que Lúdric debió de usarlos a menudo.
Encontraron ropas que le pertenecieron, ocultas tras unas piedras.
Además, su rastro se pierde en ellos. Así que, con toda probabilidad, ha tomado la misma dirección que vamos a tomar.
—Daremos con él. —Le palmeé el hombro—. Aunque de momento vamos a explorar un buen plato de garbanzos, que hasta aquí llega el olor.
Él aspiró el aire, con cara de placer, y dejamos la habitación.
—¿Ya te ha dado tiempo de hablar con Iliana y todo? —dije mientras bajábamos las escaleras—. ¿En qué momento?
—Me he escabullido a hacerlo nada más llegar. Apenas han sido quince minutos de conversación, pero muy instructivos.
Puse en voz alta un pensamiento:
—Aún no le he dado las gracias personalmente por haberme salvado en Ledaria .
—Quizá deberías hacerlo. Si te hace sentir bien.
Me encogí de hombros, a punto de poner el pie en el último escalón.
—Iliana es imprevisible. Igual le doy las gracias y me suelta una de las suyas. Es una exploradora. Eso lo dice todo.