Málakor 3 CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—No vayas aireando mis trapos sucios por ahí.

Ya no me dan miedo en absoluto, ¿sabes? —Regresó la mirada a mí—.

Mi hermana me ha hablado mucho de ti. Me ha dicho un montón de cosas feas, la verdad, pero todo el mundo sabe que cuando una chica habla mal de un tío es porque le gusta.

Aunque se fuera a casar con el traidor ese de Lúdric, cosa que nunca me he explicado.

A Leyla se le pusieron coloradas hasta las orejas.

—Yo tampoco me explico qué le vio para querer casarse con él, pero eso de las chicas no es verdad, Senris. Además, creía que lo tenías por un hermano mayor —le dije, recordando cierta conversación que tuve con Leyla—. Me contó que en tu familia adorabais a Lúdric.

«Y hasta que romper el compromiso sería un disgusto para todos», pensé. La miré de reojo; ella esquivó mi mirada.

—Sí, al principio. Él ha andado mucho por aquí. Lo he visto en la posada desde que yo era un niño. La casa donde se crio estaba cerca.

Hasta ese instante, ni siquiera me había preguntado dónde vivía en Knegara o quiénes eran sus padres. No debían de estar pasándolo muy bien después de lo que él había hecho.

—¿Dónde se crio? ¿Con quién?

—¿De verdad tenemos que estar hablando de él? —Leyla resopló.

—Sí. Deja que Senris conteste a mi pregunta, o, mejor, hazlo tú.

Ella negó con la cabeza.

—Lo criaron unos exploradores —respondió él—. Sus padres adoptivos. A Lúdric lo encontraron en el bosque, siendo un bebé. Alguien debió abandonarlo allí. Ellos murieron cuando él tenía… ¿doce años?

Senris miró a su hermana esperando su asentimiento. Ella contestó de mala gana:

—No recuerdo la edad exactamente.

El chico se encogió de hombros.

—En cualquier caso, desde entonces se ha valido por sí mismo. Ya estaba en el Gremio, ganaba lo suficiente como para mantenerse. Ninguno tenemos la menor idea desde cuándo llevaba trabajando encubierto para los asesinos. Ni tampoco por qué. Aquí siempre se le ha tratado bien .

—Ya basta —soltó Leyla, tan brusca y cortantemente que dimos un respingo—. Vete a revisar que todas las habitaciones estén listas, me muero de ganas de darme un baño caliente.

Senris me miró con cara de circunstancias, dispuesto a replicar, pero Chucho reclamó su atención.

—Hola, bonito, ¿cómo te llamas? —preguntó el muchacho, revolviéndole el pelo entre las orejas.

Chucho ladró alegre, y los perdí de vista tras una puerta.

Leyla suspiró.

—Lo siento por las tonterías de mi hermano, es medio lelo.

No quería agravar la tensión entre nosotros, así que bromeé, como de costumbre.

—Es un Aderwyn, no esperaría otra cosa.

Rio un poco, pero su expresión se tornó hosca de nuevo.

—No quiero hablar de los días de Lúdric en Knegara. No habléis de eso en mi presencia.

—Hay cosas que quiero saber de él.

—Esas cosas no te darán las respuestas que buscas, porque las sé todas y de nada me sirven. Da igual dónde o cómo se criase, quién lo hiciese. Lúdric es un ser mezquino, nació así. La gente no siempre necesita una motivación para hacer el mal. Son malos y punto. Esa es la única verdad.

—No creo que sea su caso. Hay algo más. Tiene que haberlo —dije, pensando en lo que Darcy me había comentado sobre que él tenía algo particular en mi contra.

—Vete a descansar hasta la cena, Málakor —zanjó ella—. Lo necesitas. Todos lo necesitamos.

Sin más, se marchó. Apreté los puños, canalizando la frustración. Sin embargo, aún la sentía cuando estaba bañándome en una gran tina, junto al fuego. El bardo y yo ocupábamos la misma habitación, con dos camas amplias y una fantástica vista a un bosquecillo.

Mientras él se vestía, tras su baño, recitó con voz delicada un poema que un genio de la poesía le dedicó a Knegara.

—«Verde que te quiero verde, verde viento, verde ramas. El barco sobre la mar y el caballo en la montaña».

—Es que si veo a un caballo sobre la mar, pensaría que me he pasado con la hierba de Terhacress.

—No te burles, tiene su sentido poético.

—Ajá.

—Nunca lo entenderías —bufó. Tras unos segundos de silencio, dijo—: Estoy tan emocionado como nervioso, Málakor.

Nos embarcaremos en la aventura de nuestra vida.

Tengo ganas de descubrir qué se oculta al final de esos túneles, pero, a la par, pienso que hay innumerables posibilidades de que nunca regresemos a casa.

De que los peligros en esa oscuridad sean tan grandes que no seamos capaces de hacerles frente, que sean más fuertes que nuestra voluntad.

No podría morir en otro lugar que no fuera Ardacia.

Si muero, ¿cómo vais a llevar mi cadáver a la ciudad?

—Si sigues hablando de morirte, te meto la cabeza debajo del agua hasta que te desmayes y te calles de una vez —le dije al borde del enfado.

No quería ni pensar en que pudiera pasarle nada, por más que tuviera razón.

Giré el cuerpo hacia él y apoyé el antebrazo izquierdo al filo de la tina.

El agua se agitó y algunas gotas se resbalaron por mi piel.

Mientras él me miraba como si rumiase una respuesta, la madera del suelo absorbió el agua.

Pensé que yo sería como esa madera para cualquier peligro que acechase a mi amigo, lo absorbería hasta hacerlo desaparecer.

—No voy a dejar que te pase nada, bardo.

—Puede que lleves sangre de los dioses, pero eres mortal. —Apoyó las manos en las caderas—. No puedes evitarlo todo ni salvarme de todo. Asúmelo. Habrá cosas en las que estés en desventaja.

—Bueno, esa es tu opinión. ¿Acaso no me salvaste de la muerte cuando Derian estuvo a punto de acabar conmigo? ¿Acaso no estabas en desventaja? Aun así, arriesgaste tu vida por mí.

—Soy más listo que Derian, no estaba en desventaja —dijo con gesto orgulloso.

—No presumas tanto, que tampoco hacía falta mucho para ser más listo que él. Un hombre que dedica su vida a destruir la de los demás no es que tenga muchas luces .

—Eso es cierto. —Se miró en un espejo de pie, y fue pasando los dedos sobre cada botón de la levita, quizá para comprobar que estuvieran bien metidos en los ojales—. En las Lejanas creen que El Equilibrio acaba cobrándose su parte. Las cosas vuelven a quien las hizo, tres veces magnificadas.

—Pues he tenido que hacer algo muy malo en algún momento.

—Sí, naciste. Y no lo digo por insultarte. Es una realidad que tu nacimiento fue un problema en sí mismo. Trajo consigo muchas cosas.

—Yo soy un problema en mí mismo.

—Málakor, el menos dramático. —Se echó a reír—. Por cierto, tu cicatriz tiene un aspecto terrible.

—Sí —la miré con disgusto—, ha empeorado desde que me enfrenté a Mórqhanor y luego a Derian. Es como si todo el dolor que sentí entonces se hubiera concentrado en esta zona. Supongo que pasará. Tendré que arreglármelas para ignorar el dolor… o dejar de usar ambas dagas.

—Visita a un sanador. A ver si puede ayudarte.

—Lo haré antes de irnos.

Me repantigué de nuevo en la bañera y solté un suspiro.

Él siguió arreglándose, retomó el poema.

Lo escuché mientras pensaba en mis cosas, con la vista en el fuego, hasta que el agua se quedó fría.

Más tarde, mientras me secaba el pelo con una toalla que olía como Leyla, contemplé el paisaje.

El atardecer caía sobre Knegara, tiñendo sus copas de rosados y púrpuras.

Tenía su aquel ver atardecer en un paisaje tan verde, tan distinto al de Ardacia, Paltia o Ledaria.

En la primera, aunque hay muchos jardines, está todo más ordenado, menos frondoso; en la segunda, más allá de los serbales de los que sacan el dalig o de los pinos que las nieves visten de blanco, no hay tantos árboles en sus calles.

Y en los de Ledaria, a menudo cuelga un cadáver o alguna extremidad, así que, bueno… , sobran las explicaciones.

Tenía la vista puesta entre dos robles cuando me pareció que algo se movía cerca de su tronco.

Escudriñé el lugar con curiosidad, atento a cualquier cambio, hasta que un zorro apareció.

Son criaturas bonitas. Parece que guarden en su curiosa mirada algún secreto importante de la naturaleza.

No obstante, ese zorro no me pareció uno cualquiera.

Era el más majestuoso que hubiera visto.

Grande, con un pelaje naranja excepcionalmente brillante, una cola bien pomposa, unas patas fuertes y unas manchas, blancas como claras montadas, en el pecho y las extremidades.

Se plantó sobre sus patas traseras, levantó el hocico y clavó los ojos, de un reluciente dorado, en los míos.

Me quedé quieto, porque de repente sentí un profundo estremecimiento que me recorrió de pies a cabeza.

Hach canturreaba mientras escogía qué sombrero ponerse de los seis que había traído, aunque sabía que no podía cargarlos todos en los túneles, y su voz pronto se diluyó, como si viniera de mucho más lejos.

Solo podía pensar en lo que la mirada de ese zorro me transmitía.

En que lo conocía y lo había visto antes.

Sin embargo, eso era imposible. Nunca había visto un ejemplar así.

Los zorros con los que me había cruzado eran más menuditos y corrientes.

Él era el rey de los zorros. No, el dios de los zorros.

Separé mucho los párpados, asombrado, porque me pareció que me estaba sonriendo. ¿Sonríen los zorros? Es más, ¿guiñan los ojos? Ese me los había guiñado.

—Málakor.

La voz de Hach me sacó de mis observaciones.

—Qué —contesté sin dejar de mirar al zorro, a media voz.

—Si no te apuras, llegaremos tarde a la cena. Ya sabes lo mucho que detesto…

La mitad de la frase no la escuché bien, porque el zorro había vuelto a guiñarme los ojos.

Noté que me tocaban en el hombro y giré la cabeza.

Hach estaba a mi lado, cruzado de brazos, vestido con una elegante levita verde y un sombrero marrón con una pluma de algún pobre pájaro lechuguino ardaciano, pues tenía matices dorados.

—Deja de mirar el paisaje y termina de vestirte —regañó.

—Es que… —Llevé la mirada de nuevo hacia el bosque, pero el zorro ya no estaba. Fruncí los labios. Igual hasta me lo había imaginado—. Baja si quieres, Hach, ahora iré yo.