CAPÍTULO 6
De los Aderwyn y un curioso avistamiento
A vanzábamos por los caminos de Knegara, salvando los pequeños puentes, entre calles llenas de edificios que desprendían calor a hogar, que exhibían preciosas flores en sus ventanas.
El humo de las chimeneas ascendía a través de estudiados huecos entre los árboles, como si al construir las casas hubieran tenido en cuenta tal particular.
Algunos miembros de la tripulación venían detrás.
El barco de Meriod estaría unos días anclado en el puerto y ellos aprovecharían para pasar tiempo con sus familias.
A medida que caminábamos, iba haciéndose el grupo más pequeño.
Muchos se quedaban en sus hogares, siendo recibidos en la puerta por sus familias.
Los niños corrían a los brazos de los padres; las esposas, a los de sus maridos.
Alguna que otra muchacha ruborizada se dejaba besar en la mejilla por uno de esos marineros recién llegados.
La ciudad estaba igual que la última vez que la vi: verde en todos sus matices.
Con su muralla de piedra preñada de enredaderas, sus árboles y sus montañas.
Con sus gentes de ropas alegres y grandes sonrisas.
Con ese olor profundo a bosque; a romero, a lavanda, a otro montón de hierbas que de seguro los knegaritas ponían en sus platos.
Con el canto de sus pájaros y el murmullo de sus aguas.
Vaya, que un bardo se pondría las botas a escribir poemas si anduviese por aquí.
Hach, de hecho, iba mirando a un lado y a otro con cara de asombro y felicidad.
—Knegara siempre me sorprende con su exquisita y natural belleza —dijo—. Y su cementerio es bien curioso, ¿lo viste la última vez que estuviste aquí? Me gusta visitarlo siempre que vengo.
—No, y hay que estar mal de la chota para visitar cementerios por gusto.
Me acordé de Brianna. «Los cementerios me dan paz», había dicho aquella noche de nuestra excursión al de Ardacia. Siempre que algo la traía a mi memoria, notaba un pinchazo en el pecho, tan fuerte, que tenía que tomar aire profundamente.
El bardo me miró con los labios contraídos de disgusto.
—Los cementerios son historia viva de las ciudades. Gracias a ellos puede saberse muchísimo del pasado del lugar. Y Knegara tiene tantas historias que contar y es… tan profundamente hermosa —suspiró.
—¿Knegara te parece más bonita que Ardacia? —dije.
—No, eso no. No hay otra más bella que mi querida Ardacia —dijo con orgullo—. Igual que no existe nadie más bello que mi amada Azani.
—Leyla lo sabe.
—¿Que no hay nadie más bello que mi amada Azani?
—No, que soy hijo de Even —susurré, con los labios pegados a su oreja—. Creo que siempre lo ha sabido, o al menos sospechado.
—Bien, pues un problema menos para ti, Málakor. —Dio una feliz palmada—. No se puede guardar un secreto tan importante a la gente que aprecias. —En voz más baja, añadió—: Deberías decírselo a Medora.
Caminaba delante de nosotros, al lado de Leyla.
Hablaban animadas entre ellas. La maga le hacía preguntas de todo cuanto veía.
Chucho caminaba entre ambas, mirándolas atento, hasta que se cansaba y se iba a husmear sin apartarse del todo del grupo.
No sabía si ese perro era feliz por naturaleza o estar con nosotros lo llenaba de felicidad, pero siempre iba con el rabo bien alto y una mirada brillante.
—Debería; lo he estado pensando, de hecho. Desde luego que no se iba a sorprender. Por cierto, ¿te ha contado qué le pasó con Pelnor? No ha querido decirme nada.
El bardo negó con la cabeza.
—No tengo la menor idea, pero debe de ser algo grave.
Igual esta noche nos lo cuenta. En la Posada de Ardacia sirven un licor de violetas que le suelta la lengua al más callado.
No estoy diciendo que vaya a emborracharla deliberadamente, los dioses me libren —levantó las palmas de las manos en actitud de rendición—, es como una hermana pequeña para mí, pero conociéndola, tras la tensión que ha pasado en estos últimos días, en cuanto se relaje, largará de lo lindo.
—Se dio unos golpecitos con el dedo índice en los labios.
—Eso espero, no me gusta que calle algo que le duele. Y ese Pelnor… En cuanto pueda le haré una visita en Téramo.
—No harás nada parecido—regañó severo—. Bastante es que le has rajado una mano. ¿No te pareció una reacción desproporcionada?
—Desproporcionadamente escasa, sí.
El bardo chasqueó la lengua.
—En fin, suerte que Élinor y su padre han salido en tu defensa y suerte que seas un caballero honorífico de Ardacia. Eso de rajarle la mano a un mago que actúa en la ciudad en nombre de Téramo…
Antes de subir al barco, tuvimos que dar unas cuantas explicaciones.
Por fortuna, Élinor ya había puesto al corriente a su padre de todo.
El rey no se enfadó con ella, al contrario, se alegró de que hubiera sido así de lista para evitar un problema que le estaba dando dolores de cabeza.
Por fin había podido mandar a los magos de vuelta a Téramo sin que pudieran rechistar, salvo por mi enfrentamiento con uno de ellos.
Pero Palas consideró que yo había obrado en defensa propia y evitado que se emplease la magia en una calle a rebosar de ardacianos que podrían haberse visto afectados accidentalmente.
—Sí, eso me ha salvado el culo. Por primera vez, me alegro de ser un lechuguino. —Me sacudí con un escalofrío—. Qué repelús me da decirlo en voz alta.
Hach rio, alejando de su semblante la preocupación.
—Sir Málakor Arben —dijo con rimbombancia, abriendo los brazos como si fuera a anunciarlo ante una plaza llena de gente.
—Sir «te mato» como vuelvas a decirlo.
Las risas de unas muchachas, que pasaban corriendo por un puente cercano, se mezcló con mi voz.
Los vestidos tan bonitos que llevaban me hicieron pensar en Griselda.
Recordaréis que se fue a Knegara con los refugiados de Ardacia, que Darcy fue tras ella.
Si estaban juntos o le había hablado de sus asuntos no lo sabía, solo esperaba que la tratase bien.
Tampoco se me olvidaba la promesa que le hice a él. Bueno, la amenaza.
—¿Veremos a Gri y a Darcy? —le pregunté a Hach.
—Se fueron a Harbin, a visitar a unos familiares de la costurera. Aquí no estaban cómodos, ya imaginarás por qué.
El pasado de Fréderic.
—Que sigan juntos me fastidia casi tanto como no poder verla.
—Quizá sí veamos. Iliana está al tanto de nuestra llegada, y la maestra de los exploradores y Griselda se han hecho grandes amigas, así que tal vez le haya comunicado que venimos, y pase a vernos.
—Soltó un gemido lastimero mirando alrededor—.
Este lugar me recuerda tanto a Azani… La echo de menos. Hace días que no hablo con ella.
—Igual la vemos por aquí, a mi abu le gusta mucho pulular entre estos arbolitos.
—Una diosa no pulula, camina con elegancia. Habla de ella con respeto. De Azani dependen cosas importantes en este mundo. —Con una sonrisa dulce, añadió—: Como mi felicidad.
—Cada vez que hablas de ella, la sangre se me vuelve azúcar.
—Algún día te enamorarás de alguien así de profundamente y me comprenderás. Y entonces serás tú el que digas estas cosas.
—Ya, bueno, espera sentado. —Me rasqué el cogote, nervioso—. Primero, porque no voy a enamorarme así. Segundo, porque no soy un cantamañanas como para decir esas cosas.
—Lo que tú digas —rezongó Hach, que posó la mirada en Leyla.
Una knegarita la había hecho detenerse.
—Lo siento tanto, capitana Aderwyn —dijo tras tomarla de la mano—. Que los dioses perdonen a ese maldito de Lúdric, nosotros jamás podremos hacerlo.
Otros, apostados cerca, miraron a la exploradora con recelo. Nos detuvimos, a la espera de que terminasen de hablar.
—Por mí que se pudra en el más profundo de los pantanos —dijo un señor, que palmeó el hombro de la exploradora.
Leyla solo asintió y les dio las gracias. No hubo comentario de enfado o pesar en sus labios. Eso de estar callándose la rabia iba a pasarle factura .
Finalmente, después del periplo, llegamos a La Posada de Knegara. Si mal no recordáis, es de los padres de Leyla, y en ella nos hospedaríamos antes de emprender el camino a los túneles.
La familia de la exploradora nos recibió de muy buena gana. Con sendos abrazos y felicitaciones por nuestras hazañas en la defensa de Ardacia. Sus padres, Nadina y Eyzam, nos recibieron con mucha simpatía. En un momento en el que hablaban con Hach y Medora, le dije a Leyla:
—Me pregunto de dónde has sacado el mal carácter teniendo unos padres así.
Me dirigió una breve mirada, de reojo.
—¡Senris! —Casi corrió hacia su hermano, huyendo de mí, evidentemente—. ¡Qué guapo estás! Has cambiado, y no ha pasado tanto desde la última vez que te vi.
No sé cómo estaría la última vez que lo vio, pero en comparación a cuando yo lo hice, más de tres años atrás, parecía una persona diferente.
El rubio de su cabello se había vuelto más oscuro y ya no tenía esa cara de joven asustado.
No había crecido mucho, pero sí estaba más fortachón.
Tenía unos brazos como para partir una piedra.
—Hermanita, tú estás igual de fea que siempre.
Me aguanté la risa. A la par, me sentí extrañamente nostálgico. Nunca tendría un hermano al que decirle esas cosas. En fin, siempre me quedaría el bardo.
—Niñato —gruñó ella, dándole un pellizco—. Todo el mundo sabe que el feo de la familia eres tú.
—¿Yo? Estás delirando. —Su hermano enseñó los bíceps y puso morritos presumidos.
—Y tú estás en la edad del pavo —bufó ella.
Senris se echó a reír y luego me miró con curiosidad.
—Tú eres Málakor, ¿no? El que estuvo aquí, que no sabía lo que era una ensalada —dijo con gesto burlón mientras nos dábamos la mano.
—Sí, eso es, y tú el que le tiene miedo a las arañas.
Miró a Leyla con gesto recriminatorio.