CAPÍTULO 5 #3
Sonreí, poniéndola en el suelo. Me desprendí de las armas, de la capa y de las piezas de armadura. Ella hizo lo mismo. Saqué las cartas de mi padre del bolsillo y las dejé sobre el resto. Leyla las miró con curiosidad.
—¿Por qué llevas un montón de cartas encima?
—Son de mi padre. De Iarlath Arben. Mi benefactora me habló de su identidad y de cómo llegué a la isla. También me dijo quién era mi madre de verdad.
—Tu benefactora. —Esbozó un gesto feliz, aunque al momento le cambió el semblante—. ¿Y por qué iba ella a hablarte de nada de eso?
—Sabes de sobra que sé quién es, Flechas, y tú también. No disimules.
—De acuerdo, sabes quién es. —Sonrió nerviosa—. Y yo también. Y sé que os une una relación especial, de lo contrario no se habría jugado tanto por ti, pero… ¿cuál es?
Apreté los labios. No sabía si estaba preparado para decirle a Leyla que, después de todo, no era un simple mortal. O al menos no en la teoría. En la práctica me daban sopas con ondas, como a todos los demás.
—Es una larga y complicada historia, Leyla.
La exploradora me miró en silencio unos segundos, mientras terminaba de desprenderse de cualquier cosa que añadiese peso extra a su cuerpo y pudiese hundirla en el mar.
Se quitó despacio una bota, luego otra, sin dejar de mirarme.
Me sentía como un bicho a los ojos de un observador de bichos, que seguro que tienen un nombre extraño que el bardo sabrá.
Cuando se irguió, sus ojos se clavaron con más firmeza en los míos y lanzó una pregunta que me descolocó:
—Eres él, ¿verdad?
—¿Él? —La miré con extrañeza.
—El hijo de la diosa del que hablan las leyendas.
Traté de mantener una expresión neutra.
—No sé de qué me hablas.
—Oh. —Se cruzó de brazos y se echó a reír—. Sí que lo sabes. Se te nota en la cara.
—No digas tonterías. No sé de qué hablas y punto.
Se pegó más a mí, sin apartar los ojos de los míos. Esquivé su mirada y carraspeé.
Hay un juego de cartas ardaciano, del que el bardo me ha hablado alguna vez, en el que disimular tu expresión es vital para ganar, pues bien, de haber estado jugando contra Leyla habría perdido estrepitosamente.
Me señaló el rostro con el índice y le miré la punta del dedo, poniéndome bizco sin querer. A Leyla le entró una risa tan tonta que se me contagió.
—Eres el hijo de la diosa —dijo cuando paramos de reír—.
Recuerdo que el bardo habló del significado de tu nombre.
Dijo «significa hijo de Málak. Y Málak significa…
», y no le dejaste hablar más. Sin embargo, pregunté a Iliana un día qué significaba esa palabra y me dijo que «diosa». El hijo de la diosa.
Recordé a la pelirroja. Ella me había llamado así. Habíamos dejado una conversación a medias y tenía ganas de volver a hablar con ella, pero ahora debía ocuparme de otros asuntos, así que centré la atención en Leyla.
—Así que interesándote por mi nombre y preguntándole a la mismísima comehierbas suprema… —Esbocé media sonrisa divertida.
—Comehierbas suprema… —Negó con la cabeza mientras volvía a reír—. Bueno, ¿nos lanzamos ya, hijo de la diosa?
Asentí tras confirmar de un vistazo que llevábamos solo prendas ligeras .
Me subí a la balaustrada, pugnando por mantener el equilibrio, cosa harto difícil, y luego le tendí la mano. Ella la tomó y subió sin esfuerzo. Miré hacia abajo, aunque el mar estaba más calmado, tampoco era un plato.
—¿Hay tiburones en Knegara? —le pregunté.
El viento nos movió los cabellos.
—Sí, pero hay delfines cerca. No se llevan muy bien.
—¿Como tú y como yo?
—Como tú y como yo —respondió riéndose.
Giró el cuerpo hacia el mar, con ganas, pero noté que dudaba.
—¿Te estás echando atrás, tú, la mejor nadadora de Knegara? No dejarás que un ledarita te gane en algo, ¿no?
Me miró de reojo.
—Eso jamás.
—¿Qué hacéis? —gritó un marinero que andaba cerca—. En esta zona las aguas son profundas y frías.
Se le sumaron otros cuantos, que nos advirtieron de lo mismo.
Chucho llegó tras nosotros y ladró insistentemente.
—Por todos los dioses —vociferó Hach—. ¿Os habéis vuelto locos?
—¡Estáis como una cabra! —grito Medora.
—Seguramente, pero no os preocupéis —les dije—. Venga, a la de tres.
—Por empezar de nuevo, Málakor.
—Por empezar de nuevo, Flechas.
Tomamos aire, conté hasta tres. Cogidos de la mano, saltamos a la par.
Me zambullí en el agua, sin soltar a Leyla, y todos los sonidos del exterior desaparecieron.
Solo oía el mar, su murmullo. Sentí que, de alguna manera, las aguas tenían brazos y me estrechaban cariñosamente con ellos.
Abrí los ojos, mientras salía a flote, y vi las hebras doradas del cabello de Leyla moviéndose como colas de sirena a medida que ella también subía. Eran como el de mi madre.
Ya en la superficie, nos miramos con una sonrisa victoriosa, cogidos aún de la mano .
—De verdad que habéis perdido la chaveta… —farfulló Hach, asomado por la borda. Sus cabellos rojos, bajo la luz del sol, estaban encendidos. Casi parecía un faro al que acudir. Un faro que se alejaba cada vez más, porque el barco seguía su rumbo.
—Luego cogerán una pulmonía y se nos fastidiará el viaje a los túneles. —Medora renegó con la cabeza, asomada también.
Nos echamos a reír al tiempo en que los marineros gritaban aquello de «Hombre al agua, detengan la marcha».
Cuando regresamos a cubierta, el capitán Meriod nos miró enfadado.
—¡Por todos los vientos de la tierra! Debería arrestaros por semejante temeridad y mandaros a limpiar el barco desde la proa a la popa, sin dejaros un solo tablón por enlucir. ¿¡En qué algas estabais pensando?
—Estábamos haciendo las paces, capitán —respondió Leyla, a la que Medora le había echado sobre los hombros su capa.
—Pues haced las paces bebiendo unos tragos de licor —resopló él, para luego darse la vuelta y volver al timón.
Háchpirey y Medora también nos miraron con un regaño, y se fueron a avistar delfines. Chucho, tras soltar un resoplido que pareció de indignación, fue tras ellos dando pasos garbosos, con la cola en alto.
Miré a Leyla, de reojo, cobijado también con mi capa.
—Es verdad que ha sido una temeridad, Málakor —dijo muy seria.
—Espero que no sea la última que hagamos juntos. Así sabré con seguridad que te has sacado el palo del cu…
—¡Málakor! —Me dio un codazo—. No tienes remedio.
Con gesto digno, echó a andar hacia proa, donde estaban el bardo y la maga.
La observé, acordándome de las muchas veces que me había quedado mirándola mientras se alejaba de mí, con su arco y sus flechas bamboleándose a la par que sus caderas.
Pensé que habría dado igual lo mucho que el destino hubiese intentado separarnos, al final, por más que Leyla se alejase, por más que yo lo hiciera, siempre regresábamos el uno al otro.
Sin embargo, por más doloroso que sea, todas las cosas tienen un final.
Y lo nuestro lo tenía. O al menos empezaba a tenerlo.
Así lo sentía. Aunque eso no significaba que mi cariño hacia ella pudiera morir de la noche a la mañana.
Eso sería imposible. Nada muere de la noche a la mañana, ni siquiera cuando una persona exhala su último aliento, lo hace.
Se queda en la memoria de los suyos, hasta largo tiempo después.
Así sucede con las relaciones. Siempre queda algo de ellas en nosotros.
Algo de lo que fuimos. Algo de lo que fueron.
Leyla se paró a medio camino y me miró por encima del hombro, sacándome de mis pensamientos. Su brillante sonrisa me calentó el corazón.
—¡No me sonrías así, Flechas, o tendré que cogerte en brazos otra vez!
Rompió a reír a carcajadas y siguió su camino.
Habíamos pasado por tantas cosas difíciles, que la idea de empezar de nuevo me gustaba. Pasase lo que pasase.