Málakor 3 CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Siguió recitándolo, porque corto no era, con todo el arte que él sabía desplegar mientras iba de aquí allá por la cubierta.

Grumetes, marineros y viajeros detuvieron sus quehaceres para escucharlo, y asistieron a su narración y su teatro con ganas y una sonrisa.

Hasta Leyla apareció en cubierta para atender al poema.

Presté atención a Háchpirey, acodado en la balaustrada, de espaldas al mar.

Por más que me metiera con él, escucharlo recitar era como ver a un niño nacer: un prodigio de la naturaleza.

Él siguió, de aquí para allá, con una estrofa y otra, hasta que llegó al timón junto al capitán.

Ambos, mirando al horizonte, con los brazos abiertos, concluyeron a la par:

—«Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad, mi ley, la fuerza y el viento, mi única patria, la mar».

Se me puso la carne de gallina. El barco entero rompió en aplausos, y Chucho prorrumpió en felices ladridos. El bardo hizo unas teatrales reverencias antes de ponerse a hablar con unos y otros.

—¡Bravo, maestro Háchpirey! —Aplaudió Medora, y tuve que agarrarla porque casi pierde el equilibrio—. ¿No te parece maravilloso, Málakor?

—No tanto —dije con media sonrisa guasona.

—Anda ya. —Me dio un codazo y volvió a apoyarse en la balaustrada—. ¿Cuándo van a aparecer los delfines? —añadió con tristeza.

—Cuando dejes de mirar. ¿No sabes que el agua no hierve si la miras? Pues los delfines no aparecen si los esperas.

El vaivén del barco se hizo más suave. El oleaje, poco a poco, se calmó. Un rato después escuchamos al marinero que andaba en la cofa gritar:

—¡Knegara a la vista!

—Mira, Málakor —dijo Medora—, ¡yo también la veo !

Entrecerré los ojos mirando hacia el horizonte.

Sí, allí estaba… Instintivamente, miré a Leyla.

Sentada sobre unos barriles, con el arco en las manos, oteaba la lejanía con una sonrisa.

Era normal que estuviera tan feliz, al fin y al cabo, íbamos a su querido hogar.

Yo no tenía mucho interés en andar en la ciudad de los comehierbas, pero sentía un cosquilleo inevitable al recordar mi primer viaje a ella.

Cuánto habían cambiado las cosas desde entonces.

Inevitablemente, pensé también en que esa sonrisa que revestía los labios de Leyla no duraría para siempre.

Estar en Knegara le traería recuerdos de los días con Lúdric, antes de que él se revelase como un traidor.

La gente le haría preguntas incómodas. Algunos la mirarían con lástima; otros, con recelo. Y me sentía apenado por ella.

—Voy a hablar con Leyla un momento —le dije a Medora.

—¿Cosas de enamorados?

—Qué fresquita vas a estar en la sentina, Conjuritos.

—Me amenazas porque te fastidia que te diga la verdad.

¿Cuándo os vais a dejar de tonterías? A ella le vendría bien un hombre bueno y a ti…

a ti una mujer que te pusiera en tu sitio.

—Me dio dos golpecitos en el pecho con el dedo índice—.

Y, sobre todo, que te ayudase a rebajar la tensión que tienes acumulada.

Levanté una ceja.

—Mejor te ato al palo mayor, a ver si te come una gaviota.

Me sacó la lengua y echó a correr hacia otro punto de la borda para reunirse con Háchpirey.

Él gritaba a los cuatro vientos que había visto delfines.

No me paré a comprobarlo, porque me acerqué a Leyla.

Apoyé el trasero en los barriles, como ella, a su lado.

Me recibió con una sonrisa, mirándome brevemente, y luego clavó la mirada en el arco y se entregó a pasarle un trapo a la madera.

—Ya huelo a ensalada desde aquí —le dije.

—Va a ser una tortura para ti tener que ir a Knegara. La detestas.

—No la detesto. —Me crucé de brazos—. Cuando la vi por primera vez, el odio impuesto que sentía por ella empequeñeció.

Recuerdo todos esos árboles, las enredaderas, el ambiente de paz que se respiraba…

Fue como haber estado revuelto en mi erda y, de repente, aparecer en una bañera con espuma de las que el bardo se prepara.

Le pone pétalos de rosa, ¿sabes? —Sacudí la cabeza—.

Tú te bebes las flores y él se baña en ellas.

A Leyla se le escapó una risa. Dejó el arco y el paño a un lado, y me miró con interés.

—¿Tanto te gustó mi ciudad? ¿De verdad?

—Tanto. Y tú también me gustaste. Al menos físicamente. Habría sido difícil que me gustases de otra manera. Me miraste como si fueras a partirme el arco en la cabeza.

—Tampoco fue para tanto. No te miré tan mal.

—Si hubieras tenido cuchillos en vez de ojos no habría quedado parte de mí sin cicatrices. —Callando un suspiro, llevé la mirada las ya cercanas montañas de Knegara, tan imponentes como la última vez que las vi—. Hasta te limpiaste la mano en la ropa después de estrechar la mía.

—Bueno…, quizá sí, pero es que… venías de Ledaria. Entiéndeme.

—Yo te entiendo, Leyla, siempre he tratado de entenderte.

—No es verdad.

Fruncí el ceño; sin embargo, no la miré.

—¿No?

—No —respondió decidida—. No has querido entenderme después de lo que pasó con Brianna. No me perdonas por eso. Y yo no estaba en mi juicio. Lúdric me estaba drogando.

La mayoría de las veces seguía llamándolo Lúdric, a pesar de todo.

Clavé la mirada en ella. Leyla giró el cuerpo hacia mí, apoyando esa vez la cadera en el barril y la palma de la mano en este. La miel de sus ojos se fundió con el azul de los míos.

—Una parte de mí piensa que habría dado igual que no lo hubiera hecho, nunca has elegido creer en mí.

Quizá sí lo has querido, pero no elegido.

¿Entiendes? No al menos con los ojos cerrados y la mano en el corazón.

Solo… cuando las circunstancias te han arrastrado a hacerlo.

Además, ya hemos hablado de esto. Y no me gusta darle vueltas a la misma cosa.

Es agotador. Dijiste que si hubiera sido al revés te habría pasado igual.

Hicimos un pacto para ser amigos, como hermanos, nada más .

—Sé lo que dije, pero estaba confundida, dolida. Ahora me duele mirarte, Málakor. Me duele tenerte cerca y saber que nunca podré abrazarte.

—Puedes abrazarme, Flechas. Eres de las pocas personas que pueden.

—No me refiero a la clase de abrazos que te dan Medora, Griselda o Hach.

—Leyla… —musité, y luego tomé aire hasta llenar los pulmones.

Nadé entre dos corrientes. La de mis ganas de estar con ella y la que aún le achacaba tantas culpas, pero pronto me arrastró esa que me repetía que éramos demasiado diferentes, que todas las cosas que habían pasado nos habían llevado a ese punto, por algún motivo.

Un punto en el que, por más que ella despertase aún sentimientos en mí, no quería tener con Leyla nada más que una amistad.

Cuando lo solté, mientras ella me miraba como si esperase el fin del mundo, separé los labios para decirle algo, aún no sabía qué. Sin embargo, Medora y a Hach gritaron como descosidos, y les presté atención. Casi me sentí agradecido porque me hubieran salvado de lo incómodo de la situación.

—¡¡¡Delfines!!! —dijo ella—. ¡Málakor, Leyla, venid! ¡Hay delfines!

Chucho corrió hacia ellos y metió la cabeza entre los huecos de la balaustrada, mientras ladraba entusiasmado.

—Vamos a verlos, o el cantamañanas y la conjuritos no nos dejarán tranquilos. —Extendí la mano hacia la exploradora.

—Los he visto mil veces, Málakor. —Se cruzó de brazos, con disgusto—. Ve solo. Ya he hecho bastante el ridículo diciéndote lo que te he dicho.

—Pero qué tonta eres —le dije con cariño—. Si no vienes, te cargaré en brazos.

Alzó ambas cejas.

—No te atreverás.

Estiré la comisura del labio hacia la derecha hasta formar media sonrisa. Supo mis intenciones, porque se movió un paso.

—Ni se te ocurra. ¡Málakor !

Para cuando dijo mi nombre, ya la había cogido en brazos. Soltó una escandalosa carcajada, mientras se removía en ellos.

—No te soporto —susurró.

—¿Cómo has dicho?

—¡Bájame!

—Vale, te bajo. —Caminé a grandes zancadas hacia la borda—. ¿Sabes nadar?

—Claro que sé —dijo ofendida—. Gané tres concursos de nado en el río de Knegara. Fui la primera en cruzar nadando los rápidos.

—Entonces no tendrás inconveniente en llegar nadando a Knegara.

Abrió la boca de par en par.

—¡Málakor!, ¡te juro que te mato! —Se revolvió, mientras que, a la par, se agarraba a mí con fuerza. Leyla y sus contradicciones—. No hablas en serio.

Medora, Háchpirey y media tripulación nos miraron extrañados, pero los delfines y las tareas de limpieza reclamaron pronto su atención.

Me detuve al borde de la balaustrada. Sujetaba a Leyla con firmeza, porque, en realidad, solo estaba haciendo el tonto, no pensaba tirarla, eso sería una temeridad.

—Pues retira lo que has dicho.

—¿El qué? —preguntó, con la mirada clavada en la mía.

—Que no me soportas, porque no es verdad.

—Sí que lo es.

—¿Entonces por qué insistes en tener algo conmigo?

Me miró boquiabierta, con las mejillas más rojas si cabe.

—Eso mismo me pregunto yo.

—Bien, pues esa es tu respuesta. Esto es igual que cuando tienes ganas de ir a tomarte una cerveza y sabes bien adónde ir, pero si dudas sobre si entrar en un sitio o no, es porque no es ahí. No sé si me explico.

—Creo que sí —dijo con la boca pequeña, y me miró de un modo enigmático .

Una de sus manos estaba en mi pecho, la otra me rodeaba la nuca. El tacto de sus dedos me hizo sentir bien.

—¿Y si nos tiramos juntos? —sugirió—. En Knegara, la gente celebra el comienzo del año saltando desde la más bella de las cascadas.

Es un símbolo de renacimiento. De limpiar los problemas del año anterior y sentir la vida como si fuera nueva, con un horizonte de posibilidades.

Nos tiramos al agua y luego… luego volvemos a empezar.

—No podemos volver a empezar nada porque no hemos empezado nada realmente. El bardo te corregiría también.

Entrecerró los ojos y me dio un suave puñetazo en el pecho.

—No seas impertinente.