CAPÍTULO 5
De saltar para empezar
U n horizonte de azules se extendía ante nosotros.
Oscuro aquí, claro allá. Difuso en la línea que unía el cielo y el mar.
Hermoso. Medora y yo disfrutábamos del paisaje y del aire fresco en la proa del barco.
El viaje a Knegara no era demasiado largo, pero habíamos pasado por algunas tormentas que complicaron la navegación.
Aunque el mar seguía un poco agitado a ratos, al menos el sol volvía a brillar intensamente, alfombrando la superficie marina con su resplandor.
Además, el aire soplaba a nuestro favor e íbamos a buena velocidad.
—La Segunda Electa —dijo Medora con voz alegre—. La Segunda Electa, ni más ni menos, de la más hermosa y maravillosa de las princesas de Ardacia. Que digo de Ardacia… ¡de toda Luara!
Había repetido eso mismo unas trescientas cuarenta veces (por minuto) desde que salimos de Ardacia.
—¿Ya estás presumiendo otra vez? —bufé—. Juro que te tiro por la borda. O, mejor, te encierro en la sentina.
—No puedes hacer ni lo uno ni lo otro. Soy la Segunda Electa.
—Serás la Segunda Electa, pero eres la Primera Molesta. Lo que es más, yo no tengo tratado de inmunidad contigo.
Rompió a reír con ganas, apoyó los codos en la balaustrada, la barbilla en las palmas de las manos y miró con gesto soñador al horizonte que se extendía ante nosotros.
—No me puedo creer que todo haya salido bien.
—El viaje acaba de comenzar, Conjuritos. Es pronto para decir que ha salido bien y, además, cuando uno dice que algo ha salido bien, termina por conjurar al infortunio.
—¡Paparruchas! —farfulló, y se asomó, con el vientre encima de la balaustrada.
—Te vas a caer. —Agarré de un puñado sus ropas.
La capa azul que Élinor le había dado resplandecía bajo el sol. Se notaba que era una prenda hecha para ricachones.
—Me encanta la forma en la que el barco corta las olas. Es como un buen cuchillo separando mantequilla. ¡Mira cuánta espuma! Parece un vestido blanco.
Cuando estuve a punto de perecer en el mar, la dama de vestido blanco hecho diamantes y espuma me salvó. Seguía pensando que había sido mi madre. Que su espíritu aún perduraba en las aguas de las que había sido benefactora. Ni siquiera el Olvido la apartaba de ellas del todo.
Me asomé para ver lo que ella señalaba.
—Es hermoso, pero no te inclines tanto.
—Si me caigo, te tiras a salvarme.
—¿Salvar a una lameazufres? Dejaré que te ahogues.
Me miró de reojo. Al verme la cara de guasa, volvió a reír.
—Igual te caes tú y dejo que te ahogues. Y eso que sé hacer el boca a boca. Pones tu boca contra la de alguien que se ha ahogado y le insuflas aire. —Sopló hacia fuera, con los labios en forma de «o», varias veces.
Una imagen de Brianna, inclinada sobre un muchacho, llegó de golpe a mi cabeza.
Él se aventuró a cruzar un lago helado, la superficie se resquebrajó y se lo tragó.
Cuando lo sacamos, no respiraba. Pero la mercenaria puso los labios helados contra los de él y le insufló aire hasta que soltó el agua y respiró con imperante necesidad.
—Y si alguien traga humo, pues igual. Le limpias el hollín de la boca y de la nariz, y le das aire hasta que pueda respirar, además de golpecitos en el pecho.
—Muy bien, pero deja de arriesgarte y mete el cuerpo.
Me hizo caso, soltó un suspiro y cerró los ojos. No pude regañarla más, porque parecía inmensamente feliz.
—¿No te parece el mar la cosa más hermosa del mundo?
—Me parece que, cuando estoy en él, siento una paz asombrosa. —Cerré los ojos y aspiré el aire salado—. No temo a las aguas bravas, a las tormentas ni a los contratiempos, porque formo parte de ese lugar tanto como mi madre .
No debía de haber dicho eso en voz alta, pero me dejé llevar por el momento.
—¿Tu madre? Creía que ella era… ya sabes.
La voz de Medora me hizo separar los párpados y mirarla.
—Sí, bueno.
Conjuritos merecía saber algún día la verdad sobre mí. Toda la verdad. Sin embargo, no estaba preparado aún para decírselo.
Ella me miró con un gesto misterioso. Pareció que fuera a comentar algo al respecto; en cambio, dijo:
—¿Sabes qué? En Las Lejanas aprendí muchas cosas sobre el mar… Es fascinante. ¡Increíble! —Separó mucho los párpados—. Hay un montón de animales marinos, ahí abajo, que ven sin ojos, caminan sin extremidades y que incluso ¡no tienen cerebro!
—De esos últimos también hay en tierra firme.
Soltó otra risotada.
—¿En qué pensarán los animales que no tienen cerebro?
—Pregúntale a Hach, tiene experiencia en eso. Se junta con un montón de bardos y lechuguinos descerebrados.
—¿Preguntarme el qué? —Él, con andares risueños, se acercó.
—Nada, tonterías de Málakor. —Medora se aguantó la risa—.
¿Sabes, Háchpirey, que a mil metros de profundidad la oscuridad es absoluta?
Hubo un mago que se aprestó a inventar un artilugio que bajase al fondo del mar para medir su negrura.
Y aunque hizo interesantes mediciones, llegó un punto en el que el artilugio no soportó lo que él llamó la «presión marina».
Al parecer, si un ser humano bajase a las profundidades, sería como si lo aplastasen dos manos gigantes.
—Podría haberse metido él y tendríamos un mago menos.
—¡Málakor! —regañaron los dos a la vez.
—¿Qué? —Levanté las palmas de las manos, aunque no por mucho tiempo, porque si no me agarraba difícilmente mantendría el equilibrio—. Solo vigilo por la limpieza de Luara.
El bardo se apostó también junto a la balaustrada.
—Me preguntaba qué hacéis tan cerca del borde con estas olas, os vais a caer —dijo, sujetándose bien—. Pero ahora sé por qué. Es maravilloso estar aquí. El aire salado es vivificante .
—Sí que lo es. —Medora asintió con firmeza.
—Ya estás inventándote otra palabra, bardo.
—Vi-vi-fi-can-te —silabeó con mucho brío, el dedo índice bien arriba, como un profesor dando una lección—. Que vivifica. Es decir, que conforta y anima, que da vida.
—¿Como cuando me zampo un buen bocadillo?
Hach asintió. El ladrido emocionado del chucho nos hizo mirar a nuestra espalda.
Entre mi amigo y yo le habíamos dado un buen baño antes de subirlo, y parecía otro.
Aunque todavía se rascaba a veces bajo las orejas, más por costumbre que porque quedase pulga alguna en él.
Medora las había aniquilado con un ungüento que encontró en una tienda ardaciana.
Corría de arriba abajo en cubierta, saltando, haciéndole fiestas a los marineros.
Siempre que podían, le daban algo de comer.
—¿Te lo quieres quedar? —le grité a uno que le hacía carantoñas.
Negó con la cabeza, como todos.
—No sé por qué no podemos quedárnoslo—se quejó Medora.
—Ciertamente, los lebreles ardacianos tienen muy buen oído. Podría sernos útil en los túneles —comentó Hach.
—No tendremos tiempo de cuidarlo. Además, sumaríamos una boca más que alimentar. Chucho zampa más que yo.
—Tienes que ponerle un nombre, no puedes llamarlo chucho —dijo el bardo.
—Chucho es un nombre. Y no voy a ponerle uno si no me lo voy a quedar. Además, ya debe de tenerlo, aunque no lo sepamos.
El perro mordió un cabo y tiró de él, ayudando a un marinero a deshacer un nudo. Era listísimo.
—Es muy triste. —La maga se apostó de nuevo mirando al mar. Soltó un suspiro sin perder de vista el agua—. Había alguien que lo quería y ya nunca más estarán juntos.
—O su dueño era de los que lo colgaría de un árbol cuando ya no lo necesitase. Quizá lo mejor que le ha podido pasar a Chucho es que ese tipo esté muerto.
—Quiero que nos lo quedemos —insistió la maga .
—Y yo quiero tumbarme en alguna playa, a rascarme la barriga, mientras me bebo las reservas de cerveza de Luara, me como unos bocadillos de panceta y mi mayor preocupación es elegir si quiero las patatas cocidas o fritas, pero, ya ves, estoy en un barco de camino a la ciudad de los comehierbas, mi lugar favorito del mundo.
Hach y ella me miraron como si quisieran regañarme, pero al final se echaron a reír.
—Me ha dicho Leyla que cerca de la costa de Knegara hay delfines —comentó la maga—. Como estamos a punto de llegar, me pregunto si los veremos. Son tan bonitos.
—Y tienen bastante mala leche cuando quieren —dije oteando la superficie marina.
—Como tú —se burló Hach.
Puse los ojos en blanco, y ellos se lanzaron a señalar sobre las aguas, creyendo haber visto un delfín, aunque en realidad no era más que la cresta de alguna ola traviesa.
El bardo estaba feliz de estar sobre un barco, como la maga, sobre todo por los ratos que compartía con el capitán Meriod en su camarote, en los que se bebían unos cuantos lingotazos de licor de caña, tan famoso entre las gentes de mar.
No sé si os acordáis del capitán, pero me sacó de Ledaria aquel día de marras en el que mi existencia dio otro giro monumental. Tanto como para acabar en Knegara. Era curioso volver a estar en un barco bajo su bandera, de camino de nuevo a la verde ciudad, después de haber vivido tantas cosas.
¿Qué habría sido de mí si Azani no me hubiera sacado de la isla? ¿Y si Meriod no hubiera estado cerca como para llegar a su barco sin perecer en el intento? ¿Qué hubiera pasado si no nos hubiera rescatado también a Élinor, Griselda y a mí, después de la batalla de Ledaria?
Me giré para observar al capitán. Estaba, una vez más, junto al timón, con su sombrero y la enorme pluma, oteando el horizonte.
—Meriod debe sentirse el amo del mundo —dije, hipnotizado por su magnética figura.
—Y lo es, porque tiene un barco y libertad —Hach se giró para mirarme—. Como en el poema de Epronced.
Medora, entusiasmada, le instó a recitarlo. Supe que nada podía hacer por detenerlo. Tampoco quería. Curiosamente, tenía ganas de escucharlo.
—«¡Con diez balistas por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín!» —recitó con entrega, haciendo aspavientos, dándole dramatismo al asunto.