Málakor 3 CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

De la crueldad de algunos

S olté un largo suspiro de alivio. La calle se convirtió en una improvisada fiesta, y sonreí al verlos celebrar.

Noté entonces algo húmedo en la pierna, a la altura del tobillo.

Pensé que me había hecho una herida sin darme cuenta y estaba sangrando; sin embargo, cuando miré hacia abajo, el chucho del pollo estaba ahí, lamiéndome el pantalón con gesto hambriento.

Algún pedacito de grasiento pollo debía de haber salpicado ahí.

—Me estás poniendo perdido de babas, chucho.

Levantó la cabeza. Sus ojos negros, semicubiertos por mechones de pelo grises y mugrientos, me miraron. El pobre era más feo que hecho aposta, pero tenía una mirada sincera y dulce. Soltó un ladrido corto y ronco, como un bufido, aunque en absoluto amenazante.

—¿Qué quieres?

Ladeó la cabeza, levantando las orejas. Eran negras, igual que algunos mechones dispersos; el resto de él iba del gris al blanco; muy sucio, mirase dónde mirase, sobre todo en las patas, que eran larguísimas. El chucho me llegaba casi hasta la cintura.

—Vaya pregunta más tonta, pues lo mismo que todos los que pasan hambre. Anda, ven…

Eché a andar, con él a la zaga, colándonos entre la gente hasta el puesto de pollo frito. El mercader, con su mandil grasiento, nos recibió sonriente.

—¡Ah, el amigo de la princesa! —dijo abriendo los brazos, delgados como palillos—. Coge lo que quieras, muchacho, la casa invita.

Casi me dio pena haberle robado antes, pero la fechoría ya había sido cometida y el pollo ya estaba en mi estómago. Carraspeé y miré al chucho. Sentado sobre sus patas traseras, contemplaba el festín, salivando .

—¿Qué quieres?

Ladró, y vi que los ojos se le iban hacia una canasta con muslos.

—Anda que eres tonto… —Reí—. Mercader, deme tres de esos. Dos para el chucho y uno para mí.

El animal daba penita con solo mirarlo. Seguro que era su estrategia para zampar todo el día.

—¿Es tuyo?

—No, solo… voy a darle de comer.

—Eso he hecho antes. Me ha dado mucha lástima —mientras hablaba, enrollaba un papel formando un cono—.

La del puesto de bollos me ha dicho que su dueño murió hará un par de semanas.

Al parecer, nadie se ha hecho cargo de él.

Y eso que es un buen perro. Un lebrel ardaciano.

Una raza ágil, astuta, rápida… y muy codiciada.

Con muy buen oído. No sé cómo no se lo han llevado ya para usarlo como perro de caza.

—Chasqueó la lengua, en tanto que metía los muslos en el cono—.

Es una lástima lo que hacen con ellos cuando ya no les sirven.

—¿Qué hacen con ellos? —pregunté ceñudo.

—Los cuelgan de los árboles, en un bosque de encinas de por aquí, para no tener que alimentarlos más.

El cuerpo se me cortó de tal manera que ni ganas de comer más me quedaron. Él siguió hablando, ajeno a mi angustia, pero afectado por la suya.

—Y eso que el rey impuso serias prohibiciones al respecto. Largos días de cárcel a quien osase hacer algo así, pero la gente… La gente es mala y punto. —Suspiró y me tendió el cono de papel, grasiento y caliente.

Lo cogí, dándole las gracias, y le di un muslo al chucho. Él lo atrapó al momento y empezó a zampárselo de buena gana.

—¿No conoce a nadie que pueda hacerse cargo de él?

—No. Es mi primer día en este mercado, la verdad, y yo…

no puedo. Solo he hablado con mi vecina.

Ella tampoco puede, tiene gatos y se llevan mal con los perros.

Como perros y gatos, ¿eh? —Rio su propia broma—.

Si no se lo han quedado ya, será porque nadie de aquí puede.

¿Por qué no te lo quedas tú? Parece que os lleváis bien .

—Le he dado de comer, es normal que se lleve bien conmigo.

—No sé, te mira de un modo cariñoso.

Bajé la vista al chucho. Ahí seguía, zampando como si no hubiera un mañana.

—Lo que mira con cariño es al pollo.

Levantó la mirada hacia mí. Con sus ojos de pena, su hocico grasiento. Soltó un ladrido corto, alegre.

—No puedo llevarte conmigo, chucho, estoy siempre viajando, metido en líos. —Suspiré, y saqué dos monedas del saquillo—. Tenga, mercader, por favor, hágase cargo de él hasta que alguien lo haga.

Él dudó, pero luego asintió mientras me apartaba la mano.

—No hace falta el dinero, hijo.

—Sí, sí que hace falta.

«Por el perro y por el robo del pollo», pensé.

—Gracias entonces.

—Tendrá que gastar mucho en él. Traga como si no hubiera un mañana.

Le revolví los sucios mechones de la cabeza al chucho, que casi se me quedaron pegados entre tanta mugre, y luego dejé el cono con el pollo al lado del otro muslo.

—Ten, que aproveche.

Aunque su cara de pena me conmovió, le di las gracias al mercader y me perdí entre la multitud para buscar a mis amigos. Apenas había caminado, noté algo contra mi pierna. Allí estaba el chucho, con el muslo de pollo en la boca, pegado a mí.

—¿No te he dicho que no puedo llevarte conmigo?

Soltó un gruñido disconforme.

—Ah, que te da igual. Pues eres un chucho mugroso, no mandas más que yo.

Apreté el paso; él también.

—Que parte de no, no entiendes, ¿eh? —refunfuñé.

Se paró, soltó el muslo y ladró con tantas ganas que la gente nos miró.

—No es mi perro —dije con cara de circunstancias.

Bufó.

—Me recuerdas a Hach. Cuando no le hago caso, se pone a ladrar.

—Apoyé las manos en las caderas, soltando un resoplido.

Él se sentó sobre las patas traseras, mirándome bien atento—.

Me has hecho perder dos monedas, ¿sabes?

En fin, te vienes conmigo —levanté el dedo índice—, pero solo hasta que te encuentre un hogar.

Se puso a dar saltos a mi alrededor como si, más que un perro, fuera una pulga. Quizá era por las muchas que tenía.

—Anda, pulgoso —reí—, coge el muslo y vamos a buscar a mis amigos.

Soltó un alegre ladrido, atrapó el pollo y, juntos, reanudamos el paso.