Málakor 3 CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Medora —Élinor posó la mano en su hombro—, no consentiré que la persona que ha salvado a quienes me importan sufra tamaña injusticia.

Los magos deberían entender que las situaciones desesperadas no exigen prudencia ni mesura.

Que han de emplearse métodos que no a todos gustan.

Que, a veces, usar las armas del enemigo es la única forma de vencerlo.

Sé que debemos mucho a Téramo, a la magia.

—Miró a los magos, que tornaron su agrio semblante en un gesto atento—.

Sé que estaremos en deuda por siempre con ellos a causa del gran sacrificio que hacen por mantener nuestras comodidades; nuestras ciudades llenas de prodigios. Pero ellos también nos deben respeto.

—Y os respetamos, Alteza —dijo uno de ellos, de los más mayores—. Pero las normas son las normas y ella las ha incumplido. No podemos destruir a Mórqhanor o a Drálagor, por saltarse todas las de Téramo, y a ella dejarla libre. Hemos de ser imparciales.

—¿Vas a comparar lo que hizo Medora con lo que ellos hicieron? —solté.

—Comparo la transgresión de las normas, sir Málakor, de los límites, independientemente del grado en el que se transgredan y de la magnitud de las consecuencias.

—Pues tienes un problema, lanzaconjuros, porque rajándole la mano a tu amigo he transgredido un límite, pero si le hubiera cortado la cabeza no estaríamos hablando de lo mismo. Hay una diferencia enorme entre llevar una venda un tiempo y estar muerto, ¿sabes?

Me miró pensativo, y me pareció que iba a darme la razón, pero otro le dio un codazo. Al final, con educada franqueza, dijo:

—Medora ha de ser castigada, y ni el rey ni Verne ni vos podéis evitarlo.

—Pero yo sí —declaró Élinor con firmeza.

Levanté las cejas. No sabía qué secretito guardaba mi querida princesita como para afirmar algo tan categóricamente.

—¿Y cómo, Alteza? —dijo el mago—. Ni siquiera vuestro padre…

—Eso ya lo sé —interrumpió ella—. Pero supongo que no conoces todas las tradiciones de Ardacia.

Se levantó un murmullo de conjeturas. Algunas descabelladas, como que Medora fuera hija secreta del rey y, por tanto, llevase sangre Tríanor, lo que le confería algún tipo de inmunidad. Sin embargo, una vendedora, apostada cerca de mí, mencionó algo que me pareció interesante: La Elección.

—¿Qué es eso de La Elección, Flechas?

—Al cumplir los catorce años, puede elegir ella misma a sus tres doncellas principales, las de mayor confianza, casi como unas hermanas.

Las Electas, las llaman. Y las Electas, en Ardacia, gozan de inmunidad.

Esa inmunidad se extiende por ende a todos los reinos o estados que tengan tratado de colaboración vigente con Ardacia, lo que es el caso.

—Pero Élinor tiene trece.

—No, cumplió los catorce cuando todo este asunto del ataque de Mórqhanor —dijo, como ofendida por mi desconocimiento.

—Perdona por no saberme los cumpleaños de los lechuguinos de Ardacia. ¿Y por qué nadie ha dicho nada de esto antes? —Casi puse el grito en el cielo—. Habríamos solucionado este maldito problema dándole inmunidad a Medora.

—Cálmate. Nadie puede sugerir la elección de sus doncellas a la princesa. No se consideraría válido entonces. Ha de salir de ella.

Iba a replicar indignado, una vez más, cuando la princesa dijo:

—Que alguien traiga unas tijeras.

Ni dos segundos pasaron y alguien surgió de entre la multitud para prestarle unas. Un guardia las tomó y las puso en la mano de Élinor.

Ella sonrió amable, dio las gracias y se dirigió a la maga.

—Medora, cortaré un mechón de tu cabello y luego uno del mío, y los trenzaremos ambos.

—¿No os meteréis en un lío por mí?

—Tú solo hazme caso. Todo irá bien. Confía.

Medora tragó saliva y asintió con decisión.

Los magos dijeron que aquello era un despropósito, un engaño. Pero la guardia los mandó callar, así como los ciudadanos. Vi a Faaranaz gritarle a uno de ellos mientras levantaba el laúd, amenazante. Su hermano le puso la flauta en el cuello a otro .

—Estos bardos… —Me reí por lo bajo.

La princesa retiró el sombrero de la cabeza de Conjuritos y su brillante cabello blanco quedó a la vista.

—Qué bonito —dijo una chiquilla que andaba por allí—. ¿Puedo tener el pelo así cuando sea mayor, mamá?

La madre la miró con ternura y le dijo que sí, seguramente pensando en las canas que platearían las sienes de su hija, porque lo del cabello de Medora era una cosa bastante inusual.

Élinor, entretanto, cortó un mechón de Medora.

Luego, uno de ella. Devolvió las tijeras a los guardias y trenzó ambos mechones mientras pronunciaba una oración a los dioses.

El dorado y el blanco se fundieron, y me recordó a cuando los rayos del sol cruzan una nube de esas algodonosas.

Qué bonitos colores. Lo mucho que simbolizaban en ese instante.

El milagro ya no era solo azul, también era blanco y dorado.

Élinor tomó la mano de Medora y le pidió que le mostrase la palma. Puso la trenza en ella y la cerró posando su mano sobre la de la maga.

—Te nombro mi Segunda Electa, Medora Drummond. Ahora, repite conmigo: Tus ojos serán mis ojos. Tu voz será la mía. Todo cuanto veas y digas será como si yo misma lo hubiera visto o dicho. Si alguien osa hacerte daño, será como si me lo hiciera a mí.

Medora repitió con solemnidad sus palabras, emocionada. La gente miraba pasmada aquello, con igual sentimiento. Hasta yo sentía cosquillas en el estómago. No me podía creer que, después de todo, las cosas salieran bien.

Élinor le hizo un gesto a su otra doncella.

—Préstame tu capa, por favor. Te daré otra luego.

Al punto, la muchacha retiró el broche que la cerraba y se la dio. Me fijé que en él había una pequeña trenza.

La princesa puso la prenda en los hombros de Medora.

—De ahora en adelante, ante los ojos de dioses y mortales, quedas vinculada a mí hasta el final de tus días. —Soltó una de las horquillas de su cabello para prender la trenza en la prenda—. Y nada ni nadie quebrará este juramento.

—Lo juro —declaró la maga, y se puso de rodillas ante ella .

Élinor sonrió y se inclinó para besar su frente. Luego, se acercó a los magos solemnemente y les dijo:

—Volved a Téramo y decid que Medora Drummond es mi Segunda Electa; que si osan seguir perjurándola, si osan seguir persiguiéndola, toda la furia de mi nombre caerá sobre ellos.

Ellos inclinaron la cabeza, sumisos, y Ardacia entera rompió en vítores.

Los bardos cantaron una Salve en honor a la princesa.

Leyla aplaudió entusiasmada. Medora rompió a llorar mientras se ponía en pie.

La exploradora y ella se abrazaron, y sonreí tan ampliamente que me dolieron las mejillas.

Cuando le contase al bardo lo que había pasado, alucinaría.

Se tiraría de los pelos por habérselo perdido, antes de lanzarse a escribirlo para sus Crónicas.

Élinor se acercó a mí y extendió la mano. La tomé entre las mías.

—¿Recuerdas cuando preguntaste si podrías ser una heroína algún día, princesita?

—Creo que sí… —dijo con cariño—. Después de lo de Ledaria.

Asentí.

—Pues hoy has sido nuestra heroína. Nos has salvado el pellejo.

Sonrió de oreja a oreja.

—Ha sido divertido, la verdad.

—¿No te regañará papá coronitas?

—No he hecho nada que pueda ser reprobado. Todo está conforme a la ley, y ya sabes que a mi padre le encantan las leyes.

—Sí, casi tanto como la Hierba de Terhacress.

—Shhh —dijo entre risas.

—Estoy muy orgulloso de ti, Élinor de Ardacia.

—Y yo de ti. Y… esto lo he hecho por ti también, Málakor, porque eres mi salvador, mi amigo. Más que eso, te considero parte de mi familia.

—Si otra lechuguina me dijera eso, bufaría, ya sabes que no quiero tener nada que ver con la realeza, pero eres tú, y solo por eso me siento afortunado. Para mí también eres familia, Élinor. —Le apreté las manos con cariño—. Como mi hermana pequeña.

—Como tu hermana pequeña —repitió feliz.

—No lo olvides nunca. Siempre que me necesites, estaré ahí.

—Lo mismo digo.

Élinor me espachurró con fuerza. La abracé también, porque era mi princesita y nada podía negarle.

—¿Te llevarás a Medora contigo? —le pregunté cuando nos separamos—. La verdad es que la necesito.

—Tendría que hacerlo. Aunque no pasa nada si le doy unos días libres.

—Meses. Seguramente sean meses.

La miró, dudando.

—¿Me la devolverás sana y salva?

—Haría por devolvértela así, pero es que no sabe estarse quietecita.

—Sea como sea, cuídala. Es mi Segunda Electa.

—Lo haré.

—Muy bien. Va siendo hora de que regrese a palacio. Es mejor que le cuente esto a su majestad antes de que nadie más lo haga.

—Ve. —Solté su mano con delicadeza—. Volveremos a vernos.

—Lo haremos —afirmó con una sonrisa.

Luego echó a andar hacia el palanquín, seguida de su doncella, mientras los guardias se movían para escoltarlas.

Mi milagro azul, dorado y blanco, ya desde su transporte, me dijo «hasta pronto», con sus brillantes ojos clavados en los míos, para luego desaparecer tras el cortinaje.