Málakor 3 CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

De un milagro de azul

L os magos se disponían a conjurar cuando los soldados que custodiaban el palanquín de celestes cortinajes que había visto antes, y que hacía rato había perdido de vista, irrumpieron y se posicionaron entre ellos y nosotros.

Al fijarme mejor en ellos, vi que eran de la guardia real.

Eso frenó a los magos, porque solo podía significar que en ese palanquín había alguien importante.

El transporte se detuvo también, a un lado.

La turba seguía pendiente de la música. Salvo algunas personas que estaban en las filas traseras, el resto ni se dio cuenta de lo que sucedía. Unos cuantos ojos curiosos nos miraron con miedo. Apiadándose la mayoría del pobre mago que sangraba a mares.

Una mano, repleta de hermosos anillos, echó a un lado uno de los cortinajes del palanquín, y un criado colocó unas escalerillas. Quien viajaba en aquel bello transporte se dejó ver. Bajó de él. Y casi me caí de espaldas. Otra vez.

Era un milagro. Un milagro de azul.

—Élinor —musité.

—Princesa —dijo Leyla, la primera en inclinar la cabeza y luego en hincar la rodilla en tierra.

El resto de los que miraban, lo hicieron también. Alguien alertó de la presencia de Élinor; la música cesó de golpe y todos prestaron atención, rodillas en tierra y gestos de asombro.

Tras la princesa salió una doncella que se quedó unos pasos tras ella. Era la misma que había visto tiempo atrás, cuando me reencontré con Élinor después de tres años en aquel pasillo de palacio. Aunque la notaba algo cambiada. Quizá era la ropa. O esa capa azul tan elegante.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó Élinor, que posó sus radiantes ojos en mí y luego en el rubito .

—¡Me ha rajado la mano! ¡A un representante de Téramo! ¡Está protegiendo a una fugitiva! —gritó Pelnor.

Los magos alabaron sus palabras. Se levantó un fuerte murmullo que se extendió entre todos los presentes.

—Te he dicho que no ibas a ponerle una mano encima. Yo nunca hablo en vano, lameazufres.

La princesa esbozó media sonrisa cariñosa mientras me miraba de reojo. Llenaba el lugar con su sola presencia, con el brillo apaciguador de su mirada.

—Eres Medora Drummond, ¿no? —Clavó la vista en ella.

—Sí, Alteza.

—¡Tenemos que llevarla a Téramo! ¡Ha de ser recluida en Átnika! ¡Es peligrosa! —gritó uno de los magos más jóvenes.

—No te he dado permiso para hablar, hechicero —le dijo Élinor, muy seria, a lo que el otro agachó la cabeza.

Se me llenó el pecho de tanto orgullo que me iba a explotar.

Pelnor gruñó mientras cogía su capa para vendarse la mano. Estaba más pálido, al contrario que el suelo bajo sus pies, horriblemente rojo.

—Medora, levántate, por favor. —Élinor extendió la mano hacia ella, que obedeció al punto—. Escuché que tu intervención fue vital para liberar a esta ciudad de la oscuridad que la amenazó. ¿Por qué querrían los magos llevarte a Átnika?

—Conjuró magia prohibida —contestó el rubito—. ¡Es…!

Una severa mirada de Élinor lo silenció.

—Habla, Medora, por favor —dijo volviendo a mirarla.

—Es verdad que conjuré magia prohibida, pero, como ya he explicado cientos de veces, lo hice por ayudar.

Nunca en mi propio beneficio. Solo quería socorrer Ardacia, salvar a cuantas personas fuera posible.

Solo quería… —Me miró, y supe que lo que iba a decir solo la pondría en mayores problemas delante de los magos—.

Solo quería salvar a Málakor. Es como un hermano para mí, no podría soportar perderlo.

—¿Un hermano? ¡Como algo más, diría yo! —masculló el rubito.

—Te fumas la mandrágora, ¿no? —bufé.

Algunos rieron; el mago gruñó:

—Medora avergüenza a Téramo con su indecoroso comportamiento.

—Cállate, Pelnor —dijo ella, con el odio oscureciéndole la voz—. Eres veneno puro. Málakor y yo somos amigos, nada más.

—¿Y por qué ibas a jugártelo todo para salvarlo?

—Es difícil que tú entiendas que se pueden hacer cosas buenas por los demás. Nunca has hecho nada por nadie. Solo por ti mismo, por tu egoísmo. Solo por hacer daño.

Todos seguíamos la conversación sin perder puntada. Hasta los guardias tenían las orejas puestas en ella, se les notaba en la cara. Volvió a levantarse un murmullo generalizado de opiniones contrarias.

Creo que ya os dije un día que la magia en Luara es un asunto complejo.

Es odiada y amada a partes iguales. Es tan útil como destructiva.

Hay quienes la condenan y abogan por su destrucción.

Otros, la alaban. Al principio de esta historia, me bastaba con que esos lanzadores de conjuros no estuvieran cerca.

Ahora que empezaba a tener un poco más de idea sobre magia, más que temerla quería comprenderla.

Aunque los escupehechizos siguieran dándome repelús.

Lo que estaba sucediendo despertó también contradicciones en los ciudadanos.

Algunos clamaban a gritos que se la llevasen de allí, que era un peligro; pero otros la habían visto luchar junto a nosotros para salvar Ardacia.

Sus voces se alzaron con más fuerza que las demás; ser conocedores de lo que querían hacer con ella, los indignó.

Hasta abuchearon a los magos. Algunos incluso les tiraron desperdicios de verduras.

Ellos se las quitaron de encima mientras los miraban con gesto amenazante.

Si no se calmaban los ánimos, aquello terminaría peor de lo que me temía.

—Eres una niña desagradecida. —La voz de Pelnor se alzó sobre los abucheos—. ¡Te lo han dado todo en Téramo y lo has despreciado incumpliendo las normas! ¡Quizá puedas escapar, pero destruirán tu esencia y acabarán contigo!

Mierda. No había pensado en esa posibilidad. En esa maldita y dolorosa posibilidad.

—¡No te saldrás con la tuya! —siguió gritando Pelnor. Ç

Fue a decir algo más, pero debió de darle un mareo, porque se tambaleó y se llevó la mano a la frente.

Élinor lo miró por un instante y se dirigió a uno de sus guardias.

—Lleváoslo de aquí, ha de verlo un médico.

Él y uno de sus compañeros cogieron a Pelnor, forzándolo a caminar.

—¡No! ¡No me iré sin Medora! ¡He de llevarla a Téramo!

—Son órdenes de la princesa Élinor de Ardacia. Claro que te irás sin ella —le dijo uno de los guardias—. ¿O prefieres ir de cabeza a las mazmorras por resistencia a la autoridad?

—También podéis llevar su cabeza a las mazmorras. Sin el resto del cuerpo —dije.

Surgieron algunas risas entre los asistentes. A los magos, claro está, no les hizo gracia. Si las miradas matasen, las de ellos habrían sido ya gusanos devorando mi cadáver.

—Málakor, por los dioses… —regañó Leyla—. No empeores las cosas.

—Cortarle la cabeza las mejoraría, Flechas.

Negó con la suya varias veces. El magucho gritó como un energúmeno, pero su voz se perdió en la lejanía y en el murmullo que lo rodeaba.

Élinor volvió a dirigirse a Medora.

—¿Es verdad que salvaste a Málakor?

—Y a mí —dijo Leyla—. Estoy viva gracias a ella.

La maga asintió mientras nos miraba.

—Sí, Alteza, y lo haría cien veces más, aunque me juzgasen por ello. Aunque echasen mi esencia a los lobos y la viera morir entre sus dentelladas. Volvería a hacer lo que fuera necesario para salvarlos. Para salvar a esta ciudad, y cualquier otra, de la oscuridad.

La sonrisa que se dibujó en el rostro de Élinor fue tan hermosa como sincera. Volví a sentirme orgulloso de ella y de Medora.

—Acércate, por favor —le pidió Élinor.

Medora obedeció al momento .

—Has sido valiente por todos —le dijo la princesa—. Es injusto que no se te recompense por ello. Que quieran llevarte a esa prisión oscura, amenazarte con destruir tu esencia. ¿Puede haber algo más horrible? Que los dioses se queden ciegos si permito tamaña injusticia.

—Vuestro padre no ha podido hacer nada por mí, y es el rey, ¿qué podréis hacer vos, mi señora, por más firme y buena que sea vuestra voluntad?

—Medora suspiró, al borde de las lágrimas—.

Estaba dispuesta a huir, pero ahora entiendo que mi huida solo traerá problemas a las personas a las que quiero. Así que debo entregarme. Detener esto.

—¡Por fin hablas con propiedad! —gritó uno de los magos—. Acabemos de una vez con esta pantomima y llevémosla donde debe estar.

—¡Cállate, magucho! —espetó un ciudadano envalentonado, desde su ventana, y le lanzó una patata directa a la cabeza—. La muchacha no irá a ninguna parte.

El patateado (sí, me acabo de inventar una palabra, ni que fuera la primera vez) lo miró como si fuera a calcinarlo, mientras se frotaba la testa, pero otro mago lo frenó.

La mayoría de la turbamulta apoyó las palabras del patateador, entregados a defender a Medora; en cambio, otros se dispusieron en su contra.

Se armó tal revuelo, pequeñas peleas incluso, que la guardia tuvo que intervenir.

Los magos cuchichearon entre ellos. Me pareció que andaban pensando en qué conjuro soltar para avivar el desastre, así que me acerqué un poco más a Élinor, para protegerla si la cosa se ponía fea.

—¡Basta ya! ¡No toleraré disturbios en mi presencia! —Ella alzó tanto la voz que retumbó con fuerza en la calle. No me explicaba cómo podía una muchacha de su edad tener tanta potencia de voz, pero fue tan firme que el tumulto cesó y volvieron a prestarle atención.

Se hizo un denso silencio, roto solo por el canto de algún pájaro o por un ladrido en la lejanía. Igual era el perro que se había comido mi pollo. Si la cosa acababa bien, iría a robar otro. La tensión me estaba dando hambre.