CAPÍTULO 2 #3
Sus ojos, de un azul cristalino, estaban tan clavados en los míos que me pareció observaban el pasar de mis pensamientos por el cerebro. Pero si quería asustarme, iba a tener que esforzarse un poco más.
—¿Quién es este imbécil, Medora? —le pregunté a la maga.
—Pelnor, un antiguo compañero de clase.
Dijo su nombre de la misma manera que yo habría dicho el de Roan cuando tenía su edad: con miedo. Ese Pelnor le había hecho algo por lo que ella aún temblaba.
—¿Y qué te hizo?
—Nada.
«N» de «No te estoy diciendo la verdad». «A» de «Ayúdame». «D» por «Deberías matarlo» y «A» de «Ahora». Eso entendí yo.
El tipo la miró esbozando una sonrisa torva.
—Apártate —me dijo—, ya me he cansado de hablar contigo, ¿quién eres tú para interponerte así en los asuntos de Téramo?
—Málakor Arben —respondí—. Experto en interponerme en los asuntos de imbéciles como tú.
Levantó el labio superior, como si viese comida podrida .
—Ah, el famoso Málakor. He oído hablar de ti. Mi madrina te conoce.
Oí a Leyla suspirar cansada.
—¿Quién es tu madrina? —quise saber, más por conocer si la estupidez le venía de familia que por interés genuino.
—Carena Dothir, la embajadora de Harbin.
—Vaya, qué grata sorpresa. Pues la embajadora no se anda con tonterías, si se entera de que eres un abusón, te cogerá de las orejas.
—¿Un abusón? No soy nada de eso.
—Si no lo fueras, Medora no te tendría miedo.
—¡Me robó! —La señaló—. Se merece todo lo que le hice.
—¡No te robé! ¡Era mío! —defendió ella.
—Cállate, Medora. —Él soltó un gruñido de indignación.
Leyla respondió con otro, y apretó la mano en torno a la empuñadura del arco.
—Deberías empezar a comportarte educadamente —le dije a Pelnor—. O mi amiga te meterá la educación en forma de flecha.
—Sería un placer —dijo la exploradora.
—Me importa una mierda. ¡Y tú también, Málakor Arben! Solo eres un mercenario con suerte. No me creo eso que dicen de que eres un héroe, de que estás bendecido por los dioses.
—Yo tampoco, y eso es lo único en lo que estaremos de acuerdo en toda nuestra existencia. Y ahora, lárgate, Medora está bajo mi protección.
—¿Tu protección? —Dio un paso hacia mí—. Apártate de una vez.
Di un paso hacia él, la mano sobre el pomo de la daga. El mago dio otro más. Llevaba la amenaza de un conjuro grabada en las pupilas.
—He dicho que te apartes.
Avancé un paso más.
—No le pondrás una mano encima, escupeconjuros.
Los bardos llegaron al punto álgido de la musiquilla que tocaban, pues la gente rompió a cantar y a aplaudir, eufóricos, ajenos a nuestros asuntos.
Un grupo, al que vi por el rabillo del ojo, se puso a bailar, rompiendo en parte el bloqueo que impedía al resto de magos llegar hasta nosotros.
Los vi moverse. No tardarían en encontrarnos.
—Leyla, llévate a Medora.
—Si da un paso será lo último que haga —amenazó Pelnor.
—Rubito, no tienes delante a cualquier exploradora. Es Leyla Aderwyn, una tía importante, y no le tiene miedo a los vomitarrayos.
—Sé quién es. —La miró altivo—. La tonta que se dejó engañar por el traidor. Qué fácil es burlar a las mujeres cuando se enamoran, ¿verdad?
—Es mucho más fácil matar a un mago con una sola flecha —respondió Leyla.
Apreté los dientes. Los de Pelnor iban a estar en el suelo en aproximadamente cinco segundos.
Rio, y dijo:
—Mis compañeros vienen hacia aquí…
Uno.
—…y no vais a poder…
Dos.
—…hacer nada contra…
Tres.
—nosotros. Desde luego que no.
Cuatro.
—Somos…
Cinco.
Le estampé con fuerza el puño en la cara.
Mi intención era desorientarlo para ganar tiempo y que mis amigas pudieran huir.
Y lo logré, al menos lo primero, porque se tambaleó unos pasos atrás, aturdido, y se cubrió la nariz con la mano.
La sangre le brotó tan brutalmente que, en pocos segundos, los labios, la barbilla y el cuello se le tiñeron de rojo.
—¡Leyla, Medora, largaos de aquí! —Desenvainé la daga.
—No te dejaré solo, Málakor —dijo la maga.
—He dicho que te largues. Ya os alcanzaré.
La exploradora tiró de ella, pero Medora se zafó y se colocó a mi lado, sacando de repente todo el coraje que llevaba rato callando.
—¡Maldito seas, Pelnor! ¡Te odio! ¡Te odio!
Los ojos de él ardieron de furia. Miró a Medora de tal forma, que sentí el deseo de arrancárselos.
Extendió una mano hacia nosotros, y como yo había visto a unos cuantos magos obrar sus trucos, sabía que de esa palma saldría algo potencialmente peligroso.
Y tenía que evitarlo. Antes de que expeliera conjuro alguno, le clavé la daga en la carne.
La punta se hendió como mantequilla entre huesos y tendones, y lo que fuera a salir de ella dio un chasquido y nos tiró a los dos de espaldas, como un golpe de aire.
Pelnor soltó un alarido de dolor, doblado sobre su estómago, mientras se sujetaba la mano y la sangre manaba a goterones.
Saqué fuerzas para no palidecer, pues recordé cuando Derian me cortó el dedo.
Cuando Azskar amenazó con seguir cortando.
Medora ahogó un grito. Los otros magos, que habían llegado ya, exclamaron también. Me puse en pie, frotándome el trasero, mientras oía a Leyla rezar una plegaria a Azani.
Y era lo correcto: solo un milagro podría sacarnos de esa.