CAPÍTULO 2 #2
—Quiero que le digas a tus amigos los bardos que monten un espectáculo improvisado, que ocupéis la calle. Necesito que esa panda de magos que viene hacia aquí quede atrapada en el sitio un buen rato.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—¿Qué te he dicho de las preguntas? —Me crucé de brazos.
—Ya, pero es que… —Paseó la mirada entre la multitud—. Es que he oído cosas. Están buscando a una maga muy peligrosa. —Volvió a mirarme—. No tendrás nada que ver, ¿no? No quiero tener líos con las autoridades. Y menos si vienen de Téramo.
No iba a discutir sobre la peligrosidad de Medora ni sobre lo imbéciles que me parecían en Téramo, no tenía tiempo, aunque sí muchas ganas.
—Yo tampoco quería líos con los asesinos e hice lo posible por salvarte de sus garras, ¿recuerdas?
Faaranaz torció el gesto.
—Cuando uno hace las cosas de buena voluntad, no es justo que luego lo eche en cara, ¿sabes? Está muy feo.
—Sí, ya sé que está feo. Pero también lo está que un viejo amigo te pida un favor y te andes con remilgos. —Casi tenía un ojo en ella y otro en los magos. Su cercanía era ya perentoria—. Además, has dicho: «Lo que necesites».
Boqueó, atrapada por sus propias palabras.
—A-antes de saber lo que era —se excusó—. Si lo llego a saber…
Me rasqué el cuello. Empezaba a pensar que no me iba a quedar más remedio que cargarme a Medora al hombro y correr como si no hubiera un mañana.
—Faaranaz, por favor, es cuestión de vida o muerte.
«O de encierro en una maldita y lúgubre prisión en la quinta puñeta».
—¿De vida o muerte? —dijo asustada.
—Sí. Muerte. Defunción. Fallecimiento. Hach podría decirte un montón de sinónimos más. Morirá alguien si no nos ayudas.
Miró de reojo a sus amigos, detenidos en un puesto de plumas y otros adornos. Luego clavó la vista en Leyla, después en su hermano y en la chica que ella conocía como Medea.
—Es ella, ¿no? La maga peligrosa.
Yo miraba al grupo de magos. Eran ocho. Dos jóvenes pelinegros, un castaño de mediana edad, cuatro más mayores, con canas, y un rubio espigado que debía rondar los veinte.
Todos con túnicas grises y púrpuras. Aunque la mayoría no tenían cara de malas pulgas, el rubito me provocó una sensación incómoda.
Oteaba entre la multitud como un perro rabioso buscando a su presa, a unos cuarenta pasos de nosotros.
—No es ella —contesté sin dejar de mirarlo. No la expondría al riesgo de que Faaranaz, en un arranque de lealtad a Ardacia y a la justicia, o en un arranque de miedo a Téramo, la delatase.
—Sí lo es. No me mientas.
—No lo es. —Volví a mirar a la bardo mientras negaba con la cabeza—. Pero, si lo fuera, quieren llevarla a un lugar horrible, en contra de su voluntad, igual que iban a hacer contigo.
El gesto de la muchacha se tornó adolecido. Los malos recuerdos debían de seguir clavados en lo más hondo de su ser.
—Y te juro por los dioses que no se lo merece, como tú tampoco te lo merecías.
Todo lo que hizo fue para salvarnos a Leyla y a mí.
—Ya no tenía más tiempo para explicaciones ni súplicas.
Los magos estaban parados preguntando a unos y a otros, pero había perdido de vista al rubio con cara de lobo hambriento, y temía que anduviese cerca—.
Si no quieres ayudarme, no pasa nada, Faara.
Igualmente me alegro de haberte visto de nuevo. Cuídate.
Caminaba ya hacia Medora cuando la bardo dijo:
—Os ayudaré. Pero, si se dan cuenta, no me callaré. Les diré la verdad.
—Me parece correcto. Ahora, haz algo de una vez. Esos magos están tan cerca que les huelo hasta el último pelo del culo.
Arrugó la nariz con desagrado, tomó aire y se dirigió a los demás cantamañanas.
—¡Toquemos algo, amigos! ¡Hay que animar a las buenas gentes de esta ciudad después de lo mal que lo han pasado!
No hizo falta que lo pidiera dos veces. Los bardos siempre tienen ganas de dos cosas: tocar las narices y darle al laúd. Ocuparon la calle, tan ancha como era. Quedó un breve espacio tras los tenderetes, que pronto fue tomado también por curiosos que se arremolinaron a oírlos cantar.
—Gracias, Faaranaz —dije, mientras ella sacaba su flauta travesera.
Sonrió y comenzó a tocar. Los magos quedaron al otro lado, taponado el camino por una multitud entregada a la música. El sonido de los instrumentos y las palmadas de los presentes lo llenó todo. Algunos ciudadanos se asomaron a ventanas y balcones para no perderse el espectáculo.
—¡Málakor! —Medora corrió hasta mí—, están muy cerca.
—Mira, Conjuritos, me parece bien que le tengas miedo a la oscuridad y a las alturas, pero no le puedes tener tanto miedo a esos chupamandrágoras. Eres mucho más lista y fuerte que ellos.
Abrió la boca para responder, mirándome como un cachorrillo; sin embargo, una voz a mi espalda irrumpió con brusquedad en nuestra conversación.
—Así que aquí estás, Medora Drummond.
Me giré de golpe, con la carne de gallina. Esa voz había salido del rubito, de la misma garganta de la que podría salir un conjuro que me dejase como el pollo frito que el perro se había llevado. Medora se pegó contra mi espalda, usándola de nuevo como muro de protección.
—No conozco a ninguna Medora. Lárgate por donde has venido, escupeconjuros.
El tipejo miró de reojo a sus amigotes, supongo que con intención de avisarlos; sin embargo, estaban al otro lado de la empalizada de personas, y habrían tenido que volar para llegar hasta nosotros.
Leyla se situó a unos pasos. Una mano en el arco, la otra tocando con disimulo una flecha. Le gustaba ese mago tan poco como a mí.
—No me iré sin ella. Ya le dije un día que nunca se libraría de mí. Así que será mejor que deje de esconderse, venga conmigo y acabemos con esto cuanto antes.
La animada música de los bardos se mezcló con la escalofriante voz del mago.