Málakor 3 CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

De cobrarse una deuda

N os escabullimos, y aunque afuera no había escupehechizos, sí un montón de gente.

Era día de mercado, así que Ardacia bullía de actividad.

A la puerta de la taberna, con Medora tras mi espalda como si fuera yo un muro tras el que refugiarse, sopesé la situación.

La huida, cuando se trata de uno mismo, supone un riesgo controlado.

De haber estado en la misma situación que Medora, habría sido relativamente fácil llegar a puerto, pero ella no tenía mi experiencia ni mis conocimientos, y un paso en falso podría delatarla.

Tenía que prever los riesgos y trazar un plan.

Evalué el terreno y las posibilidades. Había puestos ubicados en los laterales de la calle y una miríada de gente caminando por la parte central.

Algunos se detenían a comprar viandas o fruslerías.

Vi un par de palanquines cargados por lacayos y custodiados por soldados.

En uno de ellos había un ricachón que miraba simpáticamente a los mercaderes que, aquí y allá, gritaban sus mercancías.

El otro guardaba celosamente su carga, cubiertas las aberturas laterales con cortinas azules.

El aire olía a una mezcla de especias, al perfume de los ardacianos lechuguinos y a pollo frito. Y había otro olor peculiar que penetró en mis narinas y me hizo llevar la vista calle arriba, mientras olisqueaba.

—¿Qué haces oliendo el aire? —preguntó Leyla, a mi lado.

—Hay bardos más arriba. —Señalé con la cabeza a un punto de la calle.

—¿Los reconoces por el olor?

—Huelen igual que cuando Hach limpia las cuerdas del laúd. Usa un licor izeniano, bodqa, creo que se llama. Dice que hace que el laúd suene mejor. Y por aquí cerca andan un montón de bardos con sus cuerdas bien limpitas.

Medora apoyó la frente en el hueco entre mis omóplatos .

—Por favor, vámonos ya —dijo.

El grupo de bardos que esperaba, compuesto por más de una decena, entró al fin en mi campo visual. Eché la mano hacia atrás, cogí a Medora del brazo y la puse delante de mí.

—Conjuritos, tienes que mezclarte con esos cantamañanas.

—¿Mezclarme? —Me miró por encima de su hombro, con extrañeza—. ¿No sería mejor que buscásemos alguna calle más tranquila?

—Para llegar a una, primero hay que salir de esta. Además, cuanto más metes la mano en el enjambre, más se acostumbran a ti las abejas.

Leyla arrugó el entrecejo. Iba a rebatirme, seguramente; pero Medora habló antes.

—No los conozco.

—Eso a ellos les da igual, ¿no ves que hablan hasta con las columnas? Acércate y les dices que acabas de llegar para estudiar, desde Debbast, y que necesitas saber dónde comprar una buena flauta travesera, ¿vale? Eso los tendrá entretenidos un rato.

—¿Y si me preguntan mi nombre? ¿O qué sé tocar?

—Seguro que puedes inventarte algo. —Le di una palmada en la espalda.

—No puedo hacerlo.

—¿Tú no eras la maga más lista de Téramo? ¡Claro que puedes!

—Que no, Málakor, que me van a pillar.

—Conjuritos. —Le di la vuelta y clavé la mirada en la de ella con férrea determinación.

En la suya había pavor—. Te he dicho que no permitiré que acabes en Átnika, aunque tenga que ahogar a todos los maguchos de Téramo en su propia sangre, o ahogarme yo en la mía, así que…

estate tranquila. Te seguiremos a cierta distancia, porque los guardias saben quiénes somos.

Si nos ven, llamaremos la atención sobre ti.

La maga miró a Leyla y esta asintió.

—Andando. —Le di la vuelta de nuevo y luego un pequeño empujón .

Dudó antes de dar el paso, pero al final se coló entre la maraña de gente, no sin echarnos miradas furtivas de vez en cuando, y llegó junto a los bardos. Leyla y yo nos colamos también entre el bullicio, a una distancia prudencial.

Medora golpeó con suaves toques el hombro de uno de los bardos. Debía de tener la misma edad que ella. Su cara me era familiar; por lo que era posible que me lo hubiera cruzado alguna vez, aunque no lo conociera.

—¿Puedes ayudarme, por favor? —La oí decir.

—¡Claro! —respondió él, con una sonrisa jovial como las de Hach.

Medora le soltó la excusa que le había aconsejado y conversaron sin dejar de caminar.

Ella oteaba a ratos entre la multitud, hasta que nos veía.

A veces, el grupo se paraba a curiosear en los puestos de joyería, telas o sombreros.

La maga y su nuevo amigo los adelantaban un poco, animadamente enfrascados en su charla.

Leyla y yo andorreábamos entre los puestos, fingiendo que éramos unos ciudadanos más, cruzando algún comentario sobre este o aquel producto, sin quitar ojos y oídos de la maga.

—¿Cómo te llamas? —escuché preguntar al muchacho—. Yo me llamo Jonah.

Ella me miró de reojo por un segundo. Sonreí para tranquilizarla.

—Me… Medea Piernas Largas.

Casi me da un ataque de risa. A Leyla se le dibujó una sonrisa divertida.

—¿Como el bocadillo del Trovador Sonriente? —dijo el bardo.

—Sí, se lo pusieron en honor a mi hermano mayor.

«Mi hermano mayor». Sonreí.

—Es un honor estar hablando con la hermana del mejor bocadillo de Ardacia. —Rio—. Mi hermana es bardo también. Espera, te la presento. ¡Faaranaz!

Cuando escuché ese nombre, los ojos se me abrieron sobremanera.

Leyla estaba igual. No me había fijado concienzudamente en todos los bardos que componían el grupo, pero, cuando la busqué con la mirada, la reconocí.

A pesar de que el sombrero de ala ancha hacía sombra sobre su rostro, se hubiera cortado el pelo, crecido considerablemente y ya no llevase aquel vestido sucio, sino ropas de bardo.

Recordaba que Háchpirey me había dicho que ella estaba en el norte haciendo un trabajo universitario, y me alegró verla en Ardacia.

El muchacho llevó a Medora del brazo hasta Faaranaz. Tras recibirla con una sonrisa, parlotearon animadas.

—¿Qué hacemos? —me preguntó Leyla—. ¿Quieres saludarla?

—Quiero, pero no es el momento.

—¡Pollo frito! ¡Crujiente pollo frito! —gritó un mercader en las proximidades.

—Pollo frito… —repetí, salivando.

—No vas a pararte a comprar pollo. Acabas de comer, además.

—No he dicho que vaya a comprarlo. Y ¿desde cuándo acabar de comer es un impedimento para volver a comer?

—Málakor… —regañó Leyla.

—Ese tipo es un usurero, vende el pollo por el triple de lo que debería. Y quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, ¿no? Eso dice uno de los libros del bardo.

Le lancé un guiño, mientras ella renegaba, y me acerqué al puesto de pollo.

Eché mano a un buen muslo, sin que el vendedor se percatase de que lo había cogido, y estaba a punto de morderlo cuando me llegó un olor extraño.

Ese pollo no estaba bueno. Con las especias y el rebozado se mezclaba un olor que no ubicaba.

Me lo acerqué a la nariz. Al pollo no le pasaba nada.

Ese olor venía de alguna otra parte. Le di un bocado al muslo mientras miraba arriba y abajo de la calle, en tanto que echaba a andar.

Leyla se colocó a mi lado, sin perder ojo de Medora, que avanzaba ante nosotros charlando con Faaranaz y su hermano.

El pollo se me atragantó, no literalmente por fortuna, cuando vi a un grupo de magos calle arriba, escudriñando el lugar con atención.

—Lameazufres. —Los señalé con la cabeza, disimuladamente—. Una panda de ellos. Allí arriba. Se acercan a toda prisa. Tenemos que sacar a Medora de aquí .

—No podemos salir corriendo o llamaremos la atención. La van a ver.

—No lo harán. —Di otro bocado al pollo y lancé el resto a un chucho que husmeaba entre un montón de cajas. Movió el rabo con entusiasmo y atrapó el pollo con el hocico—. No la verán.

Pero temía que lo hicieran. Si le plantaban los ojos encima, las cosas iban a ponerse feas.

Debíamos entretenerlos para evitar que avanzaran más.

Pensé que si los bardos de la taberna me habían ayudado a sacarla de allí, los que tenía enfrente harían el mismo trabajo.

Aunque aquella vez tendría que ser de forma consciente.

—Pediremos ayuda a Faaranaz. —Cogí del brazo a Leyla y tiré de ella para que caminase conmigo.

—¿Y si sabe de la huida de la maga y nos delata?

—Después de lo que hicimos por ella, lo dudo.

—Pero es una posibilidad, Málakor.

—Y también la única opción que tenemos. A no ser que quieras salir corriendo y que esos magos se den cuenta y nos persigan hasta el puerto. Igual hasta queman el barco con tal de que Medora no huya.

—No se atreverían.

—Son lameazufres, Leyla. Nunca te fíes de uno. Bueno, solo de Medora.

Llegamos junto a la maga, Faaranaz, su hermano y los bardos. La primera nos miró descolocada, la segunda, sorprendida. El tercero con curiosidad. Los demás, como el que oye llover, siguieron a lo suyo.

—¿Málakor? ¿Leyla? —dijo Faaranaz entusiasmada, lanzándose a abrazarnos—. ¡Por todos los dioses! ¡Qué alegría veros!

—Para nosotros también —le dijo la exploradora con cariño.

Correspondí a su abrazo a toda prisa, mientras ella volvía a hablar:

—He preguntado al maestro Háchpirey por vosotros, pero siempre es mejor veros en persona. —Su amplia sonrisa levantó sus mejillas—. He sabido que habéis salvado Ardacia de sus enemigos. ¿Cuántas cosas más tengo que agradeceros?

—Lo hemos hecho gustosamente. ¿Qué tal en el norte? —le preguntó Leyla.

—Bien. Una experiencia maravillosa. ¡He aprendido tantas cosas…! Os las contaré, si queréis, mientras nos tomamos algo. Os presento a mi hermano. —Lo señaló—. Y a esta chica tan simpática que acaba de llegar a la ciudad, Medea.

Leyla y yo los saludamos, y miré de reojo a los magos, a una distancia peligrosa. Me di cuenta de que Medora los había visto. Se puso tan nerviosa que empezó a morderse el labio inferior. Le dirigí una mirada tranquilizadora, pero no la calmó.

—Faaranaz, tengo que pedirte un favor. —La cogí del brazo y la aparté un poco de los demás—. Aunque es necesario que no hagas preguntas. Solo… haz lo que te pido.

—Lo que necesites. Te debo la vida. —Miró a Leyla, que se había quedado dándole conversación al hermano para entretenerlo—. Os debo la vida.