CAPÍTULO 1 #3
—Te pondrás malo comiendo así.
—Ya me has puesto malo con tus malas noticias.
—No tengo la culpa —replicó.
—Ya sé que no… —Me disculpé con un gesto—. Pero ¿cómo es que no la has delatado? Tú, la adalid de lo correcto.
—Me salvó la vida, ¿recuerdas? ¿Qué clase de persona sería si pusiese en peligro la suya? O, al menos, su libertad. No creo que nada de lo que hizo fuera por maldad. Fue por el bien común.
—El bien común, mi cosa favorita. —Apreté la jarra entre las manos, con rabia—. ¿Qué pasa con Verne y Palas? ¿Es que no pueden hacer nada?
—Han intentado hacer lo posible, pero los magos han apelado a no sé qué asunto diplomático de no sé qué tratado. El señor secretario podrá decírtelo mejor cuando pueda dejar palacio, porque están los ánimos de un caldeado terrible.
—Anda, como los míos —mascullé—. Sacaré a Medora de Ardacia y la llevaré a un lugar seguro. Nos largaremos a los túneles con ella. Si tienen agallas, que la busquen allí.
—Ya hay guardias y magos buscándola por todas partes.
—Que se haga invisible otra vez.
Jamás pensé que algún día me pondría a hablar de cosas mágicas, como si nada .
—Está agotada, dice que no puede mantenerlo más. Me han dicho que estabas aquí, y…, bueno, he pensado que podrías ayudarnos.
«He agotado bastante la magia como para poder hacer nada tan grande ahora».
Eso mismo me había dicho cuando Ardacia estuvo bajo el asedio de los no muertos y buscamos la forma de llegar a palacio.
Ella había arriesgado su vida cruzando la ciudad para buscarme.
Yo arriesgaría la mía por ella, de igual modo. Pasase lo que pasase.
—Os ayudaré, ya lo sabes. Nadie le hará nada a Medora, no mientras yo viva. Ni tampoco a ti.
Sonrió. Qué bonita era la sonrisa de Leyla. Nunca olvidaré la primera vez que la vi.
—Bien, Flechas, dispara la segunda buena noticia. Y espero que sea muy muy buena.
—Hay un grupo de magos en camino a custodiar la entrada a los túneles. Por si Medora decide, precisamente, hacer eso que has pensado.
Tamborileé nervioso con los dedos en la mesa.
—Has dicho que era una buena noticia…
—Déjame hablar. —Levantó la mano ante ella. Tomé aire y asentí. Dio un trago a su cerveza y luego dijo—: Es una buena noticia, porque da igual lo mucho que se planten delante de esa entrada. No nos adentraremos en los túneles por ella.
—¿Has descubierto otra mientras te tomabas el desayuno?
—Yo no —rio—, pero sí otros exploradores.
Una partida la encontró en los bosques de Knegara hará unos veinte días —dijo en el tono más bajo posible, con gesto de felicidad—.
Han explorado algunas de sus ramificaciones y llegado a la conclusión de que, accediendo desde allí, nos ahorraríamos caminata.
Cogeremos un barco a mi ciudad esta misma noche, y en unos días nos adentraremos en los túneles desde allí.
—Es una muy buena noticia. —Di una alegre palmada—. Aunque igual el pulecoronas se queja del cambio de planes. Él y los conjurapestes podrían sospechar algo.
—Nada podemos hacer con respecto a los magos, pero Hach sabrá cómo convencer al rey. O quizá Élinor.
—¿Está aquí? —Mi sonrisa se estiró.
—Ha regresado de Terhacress, ahora que todo está tranquilo. Sus hermanas se han quedado allí, una de ellas se ha desposado con un gran duque.
—Sí, bueno, asuntos de lechuguinos… —Hice aspavientos con las manos—. Hermanas… A veces se me olvida que las tiene. Aunque supongo que no serán tan simpáticas como mi querida princesita.
—Son muy simpáticas. —Repiqueteó con los dedos en la jarra, pensativa, y luego le dio un trago—. Ahora, pensemos en cómo sacar a Medora del aseo.
El sonido de unos golpes en la madera reclamó nuestra atención. Uno de esos bardos que había estado discutiendo con otro golpeaba la puerta del baño.
—¡Está ocupado! —respondió Medora desde el interior.
—¡Llevas diez minutos ahí dentro! —se quejó él.
—Y estaré una hora más como no dejes de importunarme.
—«De importunarme», qué redicha. —Reí por lo bajo—. Con lo bien que queda decir: «Si no dejas de tocarme las narices». Aun mejor si agregas un: «O te meteré la flauta por el…».
—¡Málakor! —regañó Leyla.
Ahogué una risa en otro trago, en tanto que miraba al bardo.
Él, apretando los puños, se dirigió hacia su asiento.
La luz de la sabiduría de mis años en Ledaria iluminó mi camino.
A ver, sé que a veces la sabiduría no parece uno de mis fuertes, pero que no se diga que no lo intento.
Uno de los mejores mecanismos de distracción siempre es una buena pelea.
Y las tabernas son escenarios más que propicios para ellas.
Aunque por un segundo dudé de si esos bardos remilgados eran capaces de liarse a puñetazos unos con otros, tenía que intentarlo.
Le pedí a Leyla un momento y me acerqué al bardo. Ceñudo, me preguntó qué quería.
—¿Sabes que ha dicho ese de ahí? —Señalé con la cabeza a su compañero de mesa—. Que la otra noche escribió un sonteto metiéndose con tu nariz.
—Dirás un soneto.
—Eso. —Carraspeé.
—¿Y qué decía de mi nariz? —Se la tocó mientras lo miraba receloso.
Traté de acordarme de una de esas historietas que Hach me había contado acerca de su maestro Qvedo. Tenía un enemigo acérrimo llamado Gongor, con el que cruzaba rimas malsonantes.
—Érase un hombre a una nariz pegada… —«¿Por qué no prestaré más atención al bardo, maldita sea?»—. Una nariz… super…
—Superlativa —concluyó él, masticando las palabras—. «Un pez espada muy barbado. Un reloj de sol mal encarado». —Apretó los puños—. ¡Eso ni siquiera es suyo! ¡Es del gran maestro Qvedo! ¿Cómo se atreve a insultarme usando los sonetos de otro? ¡Y mi nariz es perfecta!
A ver, tenía sus cosas, pero ya sabemos que nada es perfecto. Ni siquiera la nariz de un cantamañanas.
—Pues verás cuando te diga lo que ha dicho de tu flauta travesera. —Le miré la entrepierna.
Se puso rojo como la pluma de su sombrero. Masculló un rebuscado insulto, se estiró la elegante levita y fue hacia la mesa con grandes zancadas. De brazos cruzados, aguardé a ver cómo se desarrollaba la cosa.
—¡Tú, fantoche! ¿Cómo te atreves a hablar mal de mi nariz? ¡Cornicantano!
¿Qué narices era un corni…? Tendría que preguntarle a Hach.
El otro arrugó la suya a la par que el grito resonaba por la taberna. Todos callaron y los miraron atentos, Leyla incluida.
—Yo no he hablado mal de tu nariz, pero ¡a mí no me llamas eso, alcornoque! —Se puso en pie.
Cruzaron otra sarta de insultos extraños, soltaron sus trapos sucios.
Se metieron los amigos de unos y otros en medio.
Escasos minutos después, la taberna era un hervidero de acusaciones, gritos, sillas volando y unos cuantos laudes y flautas yendo a parar sobre las cabezas.
Y también de dos bardos tocando una musiquilla animada, para darle ambiente a la situación.
Estos cantamañanas le ponen música a todo.
Bred y Anica observaban desde la barra, boquiabiertos, a media acción de limpiar unas jarras.
—¿Qué has hecho? —Leyla se colocó de pie junto a mí.
—Nada. Estos tocaflautas no están bien de la cabeza —dije con gesto inocente—. Sacaré a Medora del aseo. Distrae a Bred y Anica.
La exploradora cogió aire y asintió.
—Qué remedio… —dijo mientras se marchaba.
A unos pasos, había un bardo en el suelo, con un chichón muy feo. Lo cogí bajo las axilas y lo arrastré hasta el aseo.
—Medora, soy yo —dije, dándole a la madera con la bota.
Aunque apenas se me escuchaba con el griterío, ella abrió. Primero una rendija, luego toda la puerta. Pasé tirando del peso muerto del bardo. Una vez dentro, y en cuanto lo dejé en el suelo, la maga se me echó a los brazos.
—¡Málakor! —sollozó—. ¡Quieren enviarme a Átnika! ¡Me moriré si me encierran allí!
—No dejaré que te encierren en ninguna parte, Conjuritos. —Le di unas palmadas en la espalda—. No llores, haz el favor. Me llenas la camisa de mocos y el verde no me favorece.
—Tonto —dijo tras sorbérselos. Se separó de mí y miró al bardo—. ¿Qué significa esto?
—Te pondrás su ropa. Si hay que llevarte por Ardacia, en esta situación, mejor que no vayas con esas pintas de maga.
Aunque dudó, terminó por asentir. Desnudamos al bardo y me di la vuelta para que se cambiase, apremiándola a que lo hiciera rápidamente. Aún se escuchaba bullicio afuera, pero se cansarían y la pelea terminaría. La necesitábamos también como distracción para salir de allí.
Me dio un toquecito en el hombro. Cuando me giré, y la vi de esa guisa, me entró una risa tremenda.
—No te rías de mí. —Soltó un resoplido que agitó la pluma amarilla que caía del borde del sombrero—. Habría que verte vestido así.
El resto de su vestimenta era también de colores chillones. Por un momento, me vi unos años atrás, en Ardacia.
—Ya he estado vestido así.
—¿Cuándo ?
—Ahora no tengo tiempo para contarte batallitas. —Me fijé en que llevaba algo abultado en el vientre—. ¿Qué demonios llevas ahí?
—Mis ropas. No pretenderás que vaya por los túneles vestida así.
Le metí un mechón de pelo blanco que se le había salido del sombrero.
—Nadie ha dicho que vayas a ir a los túneles. Igual quiero llevarte a otro sitio.
—Igual quieres que me enfade. Recuerda que soy una peligrosa maga en busca y captura.
—Qué miedo… —Reí, mientras dejaba al pobre bardo acomodado contra la pared. Cuando despertase se llevaría tremenda sorpresa; pero eso ya no era asunto mío.
—Salid de una vez. —Leyla llamó con ganas a la puerta—. Anica y Bred están en medio del tumulto. Amenazan con llamar a los guardias. Hay que poner pies en polvorosa.
No nos demoramos en hacerle caso. Recé a todos los dioses conocidos por que no diéramos de bruces con una panda de magos nada más abrir la puerta de la taberna.