CAPÍTULO 1 #2
—Nada importante. A veces adorna los diálogos de las cosas que sueña, ¿sabes? —respondió nerviosa—. Es un poco teatral.
Algo callaba, pero sentí que, por más que lo preguntase, no obtendría respuesta.
—Está bien. —Sonreí amable, y la noté aliviada.
—Lo que dijiste no es importante, pero sí el hecho de que luego estabas a mi lado en el trono. Triunfantes los dos.
—Espera, espera. —Levanté las manos—. ¿El trono? Sabía que eras una lechuguina, pero… ¿es que eres una pulecoronas?
—¿Pulecoronas?
—Una reina.
—Algo parecido. —Esbozó otra sonrisa nostálgica—. Erisias es un ducado independiente, como un reino a todos los efectos. Y soy su Heredera.
Me rasqué el cogote mientras la miraba de arriba abajo.
Ciertamente, desprendía cierto aire a realeza, pero no esa altivez de los de su especie, y sus ropajes, aunque adornados, no eran recargados como los de otros nobles que había visto.
Quizá era como Élinor y Carena, diferente.
Quizá me reservaba tantas sorpresas como ellas.
—Seguiré llamándote pelirroja, así que no esperes ningún «señora heredera» o algo así. Y ni mucho menos una reverencia.
Ella soltó una leve risa.
—Pelirroja está bien.
—Y solo yo te llamo así.
—Solo tú.
Hubo un silencio en el que cruzamos una larga mirada.
Quise romperlo diciéndole alguna de mis tonterías, pero no me salió.
Solo podía estar callado, callando también el tonto deseo de que fuera de carne y hueso para irme con ella de tabernas mientras me contaba las cosas que había visto en su vida y las que estaba dispuesta a ver.
Como cuando conocí al bardo y me habló de sus experiencias.
—Málakor —rompió el silencio con mi nombre.
Sacudí la cabeza. Me había quedado un poco obnubilado.
—Sus sueños nunca yerran —indicó—. Si te vio tomando Erisias conmigo es porque has de estar allí, por algo que aún no sé, pero has de estarlo. Tienes que venir a ayudarme.
Carraspeé nervioso. Sentía cosas muy raras, como si una mano invisible me estuviera pellizcando el estómago. Hasta miré el bocadillo, preguntándome si no estaría en mal estado.
—Anamkha…, verás, cogería las armas y caminaría por encima de los mares, lo suelo hacer habitualmente.
—Rio mi broma, y su risa me gustó. Más en ese momento tan tenso—.
Pero es que ni siquiera sé si caminando encima de los mares llegaría donde estás.
No tengo la menor idea de dónde se encuentra…
¿Hérenthor? —Asintió, y continué—: Hasta hace nada no sabía que existía.
Y aunque la maga diga que hay vida allende los mares, y aunque haya mil leyendas al respecto, no hay barcos que lleguen hasta allí.
Además, tengo que adentrarme en unos túneles de los que no sé si saldré, en busca de un asesino y de unos seres que manejan peligrosos venenos.
—¿Adónde conducen esos túneles? —Su imagen se hizo algo difusa y comprendí que estábamos agotando el momento, así que le puse la jarra en las manos.
Ella bebió mientras yo hablaba.
—No tengo la más remota idea, pero… —Como un haz brillante de luz que se prendiese en mi cabeza, recordé las palabras de Darcy, las mismas que ella pronunció una vez—.
Viartha-darú. Es lo que dijiste, lo que dijo un amigo.
Me comentó que lo decían los seres de los túneles cuando querían desear suerte.
Han de venir del mismo lugar que tú si conoces su lengua.
Anamkha dejó muy despacio la jarra sobre la mesa. Su rostro se puso blanco como clara de huevo pasada por agua. El mío se contrajo en extrañeza.
—¿Qué sucede?
—No vayas tras ellos, Málakor —advirtió—. No lo hagas. Solo encontrarás la muerte allá donde ellos moran.
—¿Los conoces?
—Los conozco. —Sus manos aferraban el faldón de su saya, crispadas—. Empareda la salida de esos túneles hacia Luara. Si los elfos oscuros llegan a tu mundo, querrán destruirlo. Por favor —la voz le tembló—, aléjate de ellos cuanto puedas.
Una gota de sudor frío nació en mi nuca y me recorrió la espalda. Ella estaba tan preocupada, que sentí su angustia. Me humedecí los labios, secos por la tensión, y sentí un impulso tan extraño en mí que me descolocó. Pero fue inevitable. Cogí sus manos y las cobijé entre las mías.
—No temas por mí —le dije con una sonrisa sincera.
—¿Cómo no voy a temer por ti si vas directo a un nido de oscuridad y serpientes? —Sus ojos estaban hondamente clavados en los míos.
—No me dan miedo las bichuchas. No me gustan, desde luego, pero son fáciles de matar y puedo vender la piel en Ardacia. Se llevan las carteras de piel de serpiente, o eso dice el bardo.
Ella negó con la cabeza; en sus labios, una incipiente sonrisa.
—Y, con respecto a la oscuridad, llevaré una maga. Sabes que hacen luz, ¿verdad? Como luciérnagas, aunque bastante más molestas.
—¿Intentas quitarle importancia al asunto haciendo bromas? —Levantó las cejas; sus dedos acariciaron los míos.
—Acostúmbrate, pelirroja. —Guiado por otra necesidad que no comprendí, pero que me gustó, coloqué un mechón de su cabello tras la oreja.
Luego, regresé la mano junto a las suyas—.
Iré a esos túneles, y si esos elfos saben cómo llegar a Hérenthor, me lo dirán.
Aunque tenga que abrirles la cabeza para leerlo en su…
lo que sea que tengan ahí. Y entonces iré a buscarte y recuperaremos juntos tu hogar.
Porque tú no lo sabes, pero la diosa me dijo que éramos como dos partes de una misma cosa.
—¿Dos partes de una misma cosa? —Esbozó una sonrisa bonita y curiosa.
—Eso dijo. Dos partes de un mismo destino, supongo.
—Es todo tan extraño… —musitó—. Tú y yo… somos algo extraño.
—Mira a tu alrededor, Anamkha, estamos en una taberna llena de bardos, somos lo menos extraño que hay aquí. Además, estaremos bien .
Su sonrisa creció.
—Estaremos bien.
—¿Quién eres en realidad? —le pregunté entonces—. Y no me refiero a quién eres en el ámbito común de las cosas. Si no a quién eres para que seamos parte de una misma cosa. Para que podamos hablar así, aun no estando en el mismo lugar. Quién eres para haber aparecido en mi vida de esta manera.
—Málakor, ¿con quién hablas? —Una tercera voz se coló en la conversación, a la par que el bullicio de la taberna.
La imagen de Anamkha se barrió como cuando Azani desaparece convirtiéndose en brillante polvo.
Llevé la mirada a mi derecha y vi, al cabo de la mesa, a Leyla.
Ni siquiera había pensado en que la gente, aunque no pudiera ver a la pelirroja, me habría visto hablando solo.
Pero me di cuenta de que estaban a lo suyo, y si alguno me había visto hablándole al aire, habría pensado que llevaba unas cervezas de más. Algo normal en un lugar como ese.
—Conmigo mismo. —Enfoqué la atención en el momento presente, porque la ausencia repentina de Anamkha me había dejado descolocado—. ¿Quieres una cerveza?
Flechas se acomodó donde había estado la pelirroja.
—Sí, gracias.
Miré la jarra de la que había estado bebiendo Anamkha: apenas quedaba un trago. Pedí a Bred dos cervezas, rubia para mí y negra para ella.
—¿Sabes algo de Medora? —le pregunté a Leyla después.
—Bueno… —Miró nerviosa hacia la puerta del aseo. Llevé la vista hacia allí, sin advertir nada extraño—. Tengo… tres noticias. Dos buenas y una mala. ¿Cuál quieres escuchar primero?
Resoplé.
Esa pregunta siempre despertaba en mí contradicción.
¿Es mejor saber la mala primero y la buena después para que la mala no lo parezca tanto? ¿O, en realidad, por fantástica que sea la buena, conocer la mala lo estropea todo?
—La que te dé la gana, Flechas .
Se inclinó hacia mí. La nariz se me llenó de su aroma a lavanda.
—Hueles bien —dije—. Me alegro de que ese maldito olor del veneno de Azskar se haya esfumado.
—No como su recuerdo… —musitó.
Verla así me encogía el alma. Lo haría, pasase el tiempo que pasase. Porque ella me importaba, aunque las cosas entre nosotros hubieran salido peor que darse cabezazos contra la pared. No, quizás eso era menos doloroso.
—Leyla…
—Es igual. —Sacudió la cabeza—. Iré al grano. La buena es que Medora está bien. La mala: se ha escapado de palacio. Está… encerrada en el aseo.
—¿Qué? —Miré hacia allí, ceñudo—. ¿En ese aseo? ¿Cómo demonios ha entrado? No la he visto.
—Detrás de mí, amparada en un hechizo de invisibilidad. Hemos venido así desde palacio.
Recordé que ya había usado ese hechizo tiempo atrás, cuando fue a buscarme a esa casa donde Poldar ordenó que me quedase a esperar ayuda.
—Los magos: no puedes hacer esa clase de hechizos. Medora: sujétame la jarra de cerveza. —Resoplé volviendo la mirada hacia Leyla—. Está como un cencerro. ¿Por qué se ha escapado?
—Quieren ponerle un Torques Anti-Magia y recluirla en Átnika.
—¡¿Cómo van a llevársela a ese sitio como si fuera una vulgar criminal?! —Con las palmas de las manos sobre la mesa, clamé al cielo, atrayendo las miradas de los bardos—. Antes de que hagan eso, les pongo los huevos por sombrero y los mando a Átnika de una patada.
—Málakor… —regañó Leyla entre dientes, disculpándose con la mirada ante el resto.
Dos bardos, sentados en una mesa cercana, fueron los primeros en volver a lo suyo: una discusión sobre lo bueno y lo malo del talento del otro, dicho de forma elegante. Casi me hicieron reír, en medio de la tensión, con sus rimbombantes diatribas, al estilo Hach.
Bred llegó con las jarras de cerveza, las puso sobre la mesa y me miró preocupado.
—Muchacho, cálmate, hace un día muy hermoso como para estar enfadado. ¿Quieres otro Piernas Largas? —Me palmeó el hombro—. Ese se te habrá quedado frío.
Para mi desgracia, había ignorado la comida, salvo para pensar que se había echado a perder. Pero ¿cómo iba a estar mal un bocadillo de una taberna ardaciana? Ni que fuera Ledaria. El único que se estaba echando a perder, definitivamente, era yo.
—Me lo comeré así. —Me zampé de una lo que quedaba.
Bred y Leyla me miraron ojipláticos, pero luego él se echó a reír. Dijo que estaba feliz de vernos allí juntos, después de todo. Cuando volvió a sus quehaceres, y conseguí tragar la ingente bola de comida, di un trago a la cerveza.