Málakor 3
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CAPÍTULO 1
De magas que se meten en líos
L a puerta de la taberna se abrió de forma brusca, pero sus goznes ni eran viejos ni chirriaron porque era ardaciana.
Las hacen con madera de la que cagan los dioses y engrasan sus bisagras con ese aceite que toma Hach con las tostadas.
Oro líquido, lo llama. No es oro, os lo aseguro, aunque es tan caro que lo parece.
Por la bella y engrasada puerta, restaurada tras los sucesos oscuros que asolaron Ardacia, apareció un tropel de cantamañanas armando escándalo.
A juzgar por el número, y por la hora que era, estaban en ese descanso entre periodos lectivos en el que el local de Bred se pone hasta los topes de bardos ruidosos.
Ocuparon varias mesas y pidieron a Anica sus almuerzos, a voces o cantando.
¿Cómo aguanta Hach tremendo jaleo sin volverse loco?
Ah, sí: a menudo es partícipe e instigador.
Sentí ganas de largarme; sin embargo, no me había acabado la cerveza ni el bocata de panceta con pimientos verdes fritos, una especialidad que Bred había incluido en su carta, a la que había llamado Piernas Largas en mi honor.
El pan estaba crujiente, calentito, y la panceta y los pimientos bien fritos.
Que no diga Leyla que no incluyo verdura en el menú.
Os preguntaréis qué hago en El Trovador Sonriente cuando debería estar metido en esos túneles desconocidos rumbo a la aventura.
Pues bien, surgió cierto incidente diplomático, cuando estábamos a punto de irnos, que Háchpirey tuvo que resolver.
Me habría dado igual lo que esos lechuguinos se trajesen entre manos de no ser porque involucraba a Medora.
Mi amiga, la maga. Nunca pensé que juntaría esas palabras en la misma frase, pero, ya veis, la vida le pega a uno en las narices con lo que menos se lo espera.
Como cuando pescas una buena trucha y te da un coletazo en la cara.
Me gustaba pescarlas en los ríos de Paltia, en primavera.
Ver a Brianna bañarse desnuda en ellos. Supongo que nunca volveré a hacer ninguna de esas cosas. O, al menos, no la segunda.
A lo que iba. Sabéis que Medora conjuró hechizos prohibidos por Téramo, y aunque Verne hizo lo posible para que dieran manga ancha a aquello, alegando que sucedió en tiempos difíciles, los más estrictos del Tribunal no aceptaron sus excusas y exigieron que la maga regresase a Téramo en menos de lo que un mago lanza un hechizo.
Palas argumentó que su presencia era vital en una misión de Ardacia.
Y vital también para sus partes íntimas, pues le dije que, si se la llevaban, se las pondría en la corona.
Imaginaos la cara de Hach cuando dije eso. Todavía me río si pienso en ella.
Después de que el rey me mirase con cara de boniato y de que, seguramente, se callase las ganas de mandarme a las mazmorras, aguardamos noticias de Téramo sin poder abandonar Ardacia.
Hach se negaba a hacerlo hasta que no resolviéramos el asunto.
Y en esas estábamos cuando llegó una comitiva de magos dejando su tufo a chupamandrágoras por toda la ciudad.
Llamaron a Medora a personarse en el Salón del Trono.
Quise acompañarla, pero el bardo me disuadió.
Levantó la cabeza de los legajos que estaba estudiando, algo que tenía que ver con magia musical vinculada al agua, y dijo:
—Será peor si te implicas, Málakor. Podrían pensar que Medora te ha revelado asuntos privados de la magia, que estáis comprometidos sentimentalmente incluso.
—Es Medora. —Arrugué la nariz—. Sería como liarme con mi hermana pequeña. ¿Esos magos están enfermos? Bueno, sí, lo están.
—Intentarán comprender por qué se ha arriesgado tanto.
Puede que se les pase por la cabeza que ha sido por amor.
Si vas a defenderla como su caballero de brillante armadura, complicarás las cosas.
Así que —puso la mano en mi hombro—, ve a la taberna de Bred, cómete un Piernas Largas y espera a que los mayores resolvamos esto.
—Los mayores imbéciles, dices.
Hach me miró con un regaño.
—No es por ti —anoté aprisa—. Sino por esos maguchos y por tu rey.
—También es tu rey, sir Málakor Arben.
Por si no os acordáis, el lumbreras del puletronos me nombró caballero honorífico de Ardacia, en reconocimiento a mi afán defendiéndola.
—Puede meterse el título por…
—¡Málakor! —reprendió entrecerrando los ojos.
—Está bieeen, iré a comerme un Piernas Largas. Cuida de Medora, por favor.
Y eso hice, mientras él se iba a ayudarla.
A ella, por cierto, no la veíamos desde la noche anterior.
Dijo que reflexionaría en soledad sobre qué decir y cómo.
Yo podría haberle dado una pista: quémalos a todos.
El fuego es muy efectivo para quitarse problemas de encima.
¿Chinches en el colchón? Le metes fuego.
¿Grillos molestando a altas horas de la noche?
Fuego. ¿Magos queriendo juzgarte por tonterías? ¡Fuego!
Sonreí pensando en eso e hinqué el diente a mi bocadillo, con el soniquete de los bardos a mi alrededor.
Traté de no darle demasiadas vueltas al asunto de Medora, para no acabar perdiendo la paciencia (mi gran desconocida), presentarme en palacio con todo lo que eso implicaría (cadáveres de magos) y centrarme (ignorar las ganas de matarlos a todos) en seguir disfrutando de mi almuerzo.
Andaba dándole otro bocado cuando escuché una voz bien familiar.
—Es un espectáculo verte comer, Málakor.
Levanté la vista mientras masticaba y vi ante mí a la pelirroja.
Supongo que os acordareis de ella. Esa mujer a la que veo en sueños, y ya no tan sueños.
Llevaba unos días sin verla, y que se plantara así, delante de mí, me descolocó.
Sobre todo porque parecía tan real que pensé que fuera ella en carne y hueso.
Sin embargo, al mirar de reojo a los parroquianos, tuve claro que solo era cosa mía.
Si semejante mujer hubiera aparecido en una taberna llena de bardos, ya habría ido más de uno a cantarle al oído.
—¿Vas a regañarme por comer con las manos? —dije con la boca llena.
—No, es uno de los placeres de la vida. Se ve que lo disfrutas .
Tragué, perplejo, más acostumbrado a los regaños por aquello que a lo contrario.
—¿Coméis con las manos en el lugar del que vienes? —Dejé el bocadillo en el plato—. Para irme ahora mismo, digo.
—Depende de dónde, sería de mala educación no hacerlo —respondió amablemente—. Pero no he venido a hablar contigo de las costumbres de Hérenthor, hay algo importante que tengo que decirte.
Señalé con la cabeza una butaca a mi lado mientras me limpiaba la grasa de las manos en la maldita servilleta. Hach me había conseguido ropa nueva, y no precisamente barata. No quería tenerlo gritándome que era un gorrino.
—Bebe —le ofrecí la cerveza mientras ella tomaba asiento—, así tendremos más tiempo para hablar.
—En mi tierra, solo las personas de la misma familia, aunque no sea de sangre, comparten la jarra.
—En la mía, probablemente quieran envenenarte.
Anamkha rio y fue a coger el recipiente.
Sus dedos rozaron los míos, lo que me provocó un cosquilleo que, obviamente, achaqué a la magia de nuestro encuentro.
Magia literalmente, no estoy hablando en un sentido figurado, como diría el bardo.
Al pensar en eso me acordé de Medora, lo que me hizo fruncir el ceño.
—Pareces preocupado —dijo tras dar un trago y dejar el recipiente sobre la mesa.
—Unos magos quieren hacerle la puñeta a mi amiga Medora. Ha hecho cosas con la magia que no debería.
—¿Ynsheran? —Su voz encerraba un lúgubre recuerdo.
—Si volverse invisible o curarme cuando estaba al borde de la muerte lo es… Curarnos, más bien. A Leyla y a mí.
—Lo es. Y no sé allí, pero donde yo vivo nos tomamos muy en serio esas cosas, no sé si ya te lo dije. —Frunció los labios, y me pareció que sabía más de aquello de lo que me podía contar en una pequeña reunión—. Por cierto, tu semblante adquiere un gesto particular cuando mencionas a Leyla.
No había que ser catedrático en la Universidad de Ardacia para adivinar lo que estaba sugiriendo .
—¿No decías que tenías algo importante de lo que hablarme? —bufé.
Ella se echó a reír.
—Está bien, ya me lo contarás cuando te dé la gana. —Tras acomodarse mejor en la butaca, echó un vistazo a nuestro alrededor antes de hablar—. Mi hermano ha soñado contigo.
—Vaya, parece que despierto pasiones. Tú sueñas conmigo, él también… —dije socarrón—. ¿Algo que queráis confesarme?
Me dio un pellizco en el costado que me hizo saltar del asiento. Era tan extraño que pareciera tan real… Igual que el hecho de que, aun rodeados de gente, se me antojase que estábamos solos.
—Ay —dije entre risas—, solo bromeaba. ¿Y qué ha soñado conmigo? ¿Y por qué? Creía que lo nuestro era único.
—Esto es diferente. Sus sueños son premonitorios.
Ve cosas que están sucediendo, o que sucederán, pronto o tarde.
—Se estiró el filo de las mangas de la saya que lucía, verde, decorada con esos bordados que siempre pensé le gustarían al bardo—.
Te ha visto en un sueño ayudándome a recuperar mi hogar.
—Tu hogar. Erisias. —Recordé cuando lo mencionó, y aquello que dijo de «no estoy allí ahora». Di un trago corto a la cerveza, antes de pasársela—. No sabía que lo habías perdido.
—Me lo arrebataron.
La tristeza que veló su voz me conmovió, y teniendo en cuenta todo lo que me habían arrebatado a lo largo de mi vida, empaticé con ella.
—¿Y dices que en el sueño te ayudo a recuperarlo?
Asintió de una sola vez, con determinación.
—Ante las murallas, me tomabas de la mano. —Posó la mirada sobre la que Derian había mutilado. Despacio, sonrió con nostalgia—. Me miraste a los ojos y dijiste: «Recuperaré Erisias, aunque sea lo último que haga». Y también que…
Sentí un estremecimiento, tan profundo, tan largo, que tragué saliva.
—¿Qué? —Apreté el filo de la mesa, mirándola impaciente.
Levantó la mirada, sin perder esa sonrisa, y luego negó con la cabeza.
—Da igual.
—Por tu cara diría que no. ¿Qué dije?