MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 52
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Capítulo 52

El zumbido monocorde del robot aspirador le acompañaba mientras leía el periódico. La ausencia de noticias de sucesos en la sección local reafirmaba sus sospechas. Endika había fracasado en su misión.

Rodolfo Sahagún se quitó las gafas de cerca y miró a través del ventanal que daba al jardín.

Al fondo, Miguel, el nuevo jardinero, se afanaba en pasar el cortacésped sobre la superficie del terreno.

Pronto llovería y había que aprovechar la tregua meteorológica para cortar el césped hasta la altura que al policía le gustaba: la de green de campo de golf.

El hombre hizo una pausa, se secó el sudor con un pañuelo mientras sujetaba la máquina que emitía un ronroneo de bestia voraz.

Le saludó con el brazo alzado. Sahagún le devolvió el saludo en la distancia, acompañado de una sonrisa de serpiente.

Conocía bien a Miguel, se había encargado de vigilarle de cerca en cuanto le contrataron.

Sabía dónde vivía, con quién se acostaba, qué marca de ropa interior utilizaba y, lo que era más importante, que era un asalariado de la Mocro Maffia.

Le habían colado en su casa para tenerle vigilado de cerca.

No le importó, lo aceptaría como parte del peaje que pagar por sumergirse en las entrañas de la bestia.

—¿Todo bien, amor? —Su mujer le observaba apoyada en el marco de la puerta de la cocina. En su mano izquierda, un vaso de zumo de naranja; en la derecha, un cigarrillo humeante.

El policía sintió un pinchazo de culpa en el estómago; ella no soportaba la presión con la misma indiferencia que él.

—Sí, genial. Estaba echando una ojeada a la prensa del día, ya sabes, no dicen más que mentiras.

Su risa estridente surtió un efecto balsámico en la mujer, que relajó los hombros y se acercó hacia él con pasos de gata.

Sahagún jamás se cansaría de esa exhibición de porte y elegancia.

Deslizó los pies sobre la moqueta y tomó asiento en la butaca más próxima, sus miradas fundidas en una intensa comunicación no verbal.

—Me extraña que sigas comprando la edición impresa. ¿No sería más cómodo leer la digital? —Se inclinó hacia la mesa, se acercó un cenicero de grandes dimensiones lacado con una amalgama de colores chillones y aplastó la colilla en él.

El policía presenció en silencio sus movimientos, consciente de que debajo de esa pintura estridente se escondía un kilo de oro de veinticuatro kilates, con un valor estimado de cincuenta mil euros.

—Nada supera al tacto del papel ni la sensación que deja su roce al pasar página.

—Eres un romántico. —Se reclinó en la butaca—. ¿Cómo va lo otro? —En esta ocasión, su atención se fijó en la pila de portafolios marrones que descansaba sobre la mesa.

—Muy bien, es divertido, me recuerda muchísimo a la afición de tu padre, ¿te acuerdas?

—¿Las maquetas de barcos?

—Eso mismo.

El silencio se adueñó de la sala mientras ella calibraba la próxima pregunta.

El ruido del cortacésped había cesado, por la puerta entreabierta se filtraba el aroma a hierba recién cortada.

Una fragancia que a Sahagún siempre le había producido un sentimiento de placentero bienestar.

El jardinero los miraba desde la distancia, junto a él reposaba un rastrillo con el que apartar las hojas secas de los árboles frutales que lindaban con las propiedades cercanas.

El policía sonrió. No le había costado mucho detectar los dos micrófonos que el hombre había instalado dentro de su vivienda.

Era lo justo, él habría hecho mucho más de haber planificado la vigilancia.

Por algo se dedicaba a la inteligencia y a la contrainteligencia.

—Mi padre disfrutaba más en la elaboración que en el producto final.

—Sahagún se enterneció al percatarse de que la nostalgia asaltaba a su esposa, que miraba hacia el cielo más allá del ventanal, evocando, con toda probabilidad, algún pasaje de la vida compartida con su padre largo tiempo fallecido—.

Solía decir que el arte cultivaba la paciencia, no la habilidad.

—Sabias palabras. —El policía cogió los informes de los posibles candidatos de los refundados Itzalak.

En el futuro tendría que obrar con mayor prudencia.

Sus patronos le habían forzado a disponer de Endika demasiado pronto.

Fue precipitado y, por lo que parecía, el joven había pagado ese error con su vida—.

Siempre tuve a tu padre por un hombre inteligente. Seguiré su consejo.

—Gracias, cariño. —Su mujer se inclinó sobre él y le besó. Luego volvió a la cocina—. En quince minutos la comida estará preparada.

—Genial.

La siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista.

Se puso en pie, con los informes bajo el brazo, y dejó que su deambular le llevara hasta el jardín.

Miguel continuaba en su afán por adecentar una extensión de terreno a todas luces demasiado grande para las habilidades de Sahagún.

Lo que su axila presionaba, sin embargo, era harina de otro costal.

Acabar con la vida de Ander Crespo había sido petición expresa de sus poderosos patrones.

El primer intento había sido fallido y, con toda probabilidad, habría puesto al inspector de homicidios sobre la pista de los nuevos Itzalak.

Ahora sabría que aún palpitaba el corazón de esa organización.

Por ello, Sahagún era consciente de que debía extremar las precauciones en sus próximos movimientos.

Volver a fallar no era una opción plausible.

El éxito era la única vía. Reconstruiría la organización con la paciencia del orfebre y, cuando la fruta ya estuviera madura, se cobraría la venganza que Moncho Lopategui se merecía.

Caería con todo sobre Crespo. Le borraría de la faz de la tierra costara lo que costara.