MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 51
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Capítulo 51

Las imágenes de la cueva le asaltaban en sueños a una velocidad vertiginosa.

Parecía un pasajero de esos trenes de mina que tanto gustan recrear en los parques de atracciones.

Ander iba aferrado al borde del pequeño vagón, tratando de adivinar adónde le llevaría esa vagoneta en su descenso desenfrenado por las galerías subterráneas.

Las antorchas que a izquierda y derecha iluminaban los pasadizos pasaban por su vista como estrellas fugaces, sus llamas sacudidas por la estela de aire levantado por la bajada vertiginosa.

Gritaba hasta quedarse ronco. Rebuscaba entre los trastos del fondo, tratando de encontrar una herramienta o una palanca que pudiera detener ese cascarón infernal que volaba sobre los raíles del tren.

Agotado por la tensión, su voluntad acabó por ceder.

Se recostó sobre el fondo del habitáculo y esperó a que se cumpliera su destino.

Entonces la vagoneta aminoró su marcha de forma gradual hasta detenerse en el centro de la Gran Sala en la que había asistido al rito de la Madre Tierra.

Las luces se encendieron y, ante él, sobre el altar mayor, se mostró su familia.

Enara, su padre y su madre, vestidos con prendas ceremoniales, alargaban sus brazos hacia él, moviendo los labios en una serie de frases que le resultaron ininteligibles.

Se levantó y, de un salto, salió fuera. Su familia se encontraba a apenas diez metros de él.

Su preciosa hermana le esperaba con los brazos abiertos y esa sonrisa de admiración que siempre le había regalado.

Carmelo y Begoña, cogidos de la mano, aguardaban en un segundo plano con expresión de indisimulado orgullo.

Ander corrió hacia ellos. Pero la distancia no parecía disminuir.

No había manera de salvar esos diez metros.

Aceleró hasta que sus pulmones estaban a punto de explotar.

Todo en vano. El espacio no quería aceptar las leyes de la física y continuaba obstinado en no recortar la distancia.

Extenuado, cayó de rodillas empapado en sudor, capturando el oxígeno exiguo a bocanadas.

Su familia seguía esperándole impertérrita, como si el espacio que los separaba no fuera un inconveniente para ellos.

Angustiado, se echó a llorar. Primero fue un llanto apagado, emergente.

Luego la congoja se desató. El dolor por esa adolescencia perdida le dobló en el suelo.

En posición fetal, se abrazó a las rodillas y se abandonó al desconsuelo.

Una sacudida en el hombro le liberó de la pesadilla.

—Inspector Crespo. —El zarandeo aumentó de intensidad—. Inspector Crespo, despierte.

Una rendija de luz blanca se abrió ante él. Una bocanada de alivio.

—Doctor —se limitó a decir el inspector mientras se incorporaba en la butaca y trataba de sacudirse el cansancio restregándose la cara con las palmas de las manos—. ¿Hay noticias?

Horas antes, en plena noche, Ander había acudido al Servicio de Urgencias del Hospital de Galdakao con Miren aún inconsciente.

Tras el triaje, los médicos decidieron ingresarla en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Él se dejó caer en un sillón de la sala de espera y, reventado por los sucesos de las últimas horas, cayó rendido en un sueño profundo.

—No, tranquilo. Todas las pruebas realizadas a su compañera han sido positivas. El golpe sufrido fue fuerte, pero no le ha provocado ningún derrame interno. Hemos suturado la herida y le hemos administrado un sedante para que no se sobresalte al despertar. Sus constantes vitales están estables.

Tomó asiento junto a Ander. Se pasó el dedo índice por las cejas y luego lo utilizó para golpear el portafolio que llevaba en el otro brazo.

—Inspector, necesito que me aclare una duda.

Ander detectó la incomodidad bajo el tono profesional.

—Por supuesto. Dígame.

El doctor abrió el portafolio y sacó un formulario.

—En la hoja de ingreso usted indicó que la agente Zarandona resbaló en el bosque, durante una inspección ocular rutinaria, y que se golpeó la cabeza con una piedra. ¿Es eso cierto?

—Así fue. —Los ojos verdes de Ander se alzaron como un tsunami sobre los del médico.

—Sin embargo, no hemos encontrado rastro de hierba, piedra, barro o cualquier material orgánico propio del campo.

Ander se pinzó la base del tabique nasal para liberar la presión.

—¿Qué quiere que le diga? ¿Será que está siendo un año tan seco que el suelo está árido? —El inspector se reclinó sobre el respaldo con expresión de cansancio—. ¿Por qué iba a mentir?

El doctor sonrió nervioso, cerró el portafolio y se puso en pie tras darse una palmada ruidosa en el muslo. Los pacientes que aguardaban en la sala observaban la escena entre el inspector y el médico con curiosidad indisimulada.

—Por supuesto. Perdóneme la pregunta. Es el final de la guardia; cuando uno lleva tantas horas seguidas trabajando comete alguna torpeza que otra. Le ruego que me disculpe —concluyó tendiéndole la mano en forma de tregua.

Ander se la estrechó con energía, obsequiándole con una sonrisa que ocultaba la desazón por mentir a ese buen hombre. No sería la última mentira que se vería obligado a defender en el futuro.

—¿Puedo pasar a verla?

El médico negó con la cabeza.

—Recuerde que la mantendremos sedada durante unas horas más. Mejor a la tarde.

Ander cogió el móvil y buscó en la agenda.

—Está bien. Llamaré a sus padres para avisarlos.

—Hágalo. —Le palmeó en el hombro—. Adiós.

Ander se despidió con un gesto de la cabeza.

Percibió que el cansancio se abatía sobre él.

Una vez avisados los padres de Miren, que no se tomaron nada bien la noticia del nuevo accidente de su hija, decidió que necesitaba pasar por casa para darse una ducha, comer algo y, de paso, sacar a Gorritxo.

Tenía que digerir todo lo sucedido. Había mucho sobre lo que reflexionar.

Condujo por la autopista como un autómata, siguiendo las indicaciones de forma mecánica.

Un sentimiento de felicidad le asaltó al aparcar el coche frente a la puerta.

«Un hogar es aquel lugar en el que tu corazón encuentra la paz», recordaba haber leído en alguna parte.

Y, en la ladera del monte Cobetas, él la había encontrado.

Entró en la casa anticipando la embestida de Gorritxo, que se mostraría exultante por el reencuentro con su dueño.

Ander le acarició la cabeza y el morro, dejando que el perro le lamiera el rostro tanto como quisiera.

Necesitaba sentir el calor de su cariño incondicional.

Luego se preparó un bocadillo con un sobre de jamón de paleta que guardaba en la nevera y se desplomó pesadamente sobre el sofá.

Masticó con parsimonia el emparedado. El pan de dos días estaba blando como el chicle.

De todos modos, Ander tenía tanta hambre que le supo a manjar de reyes.

Sus ojos recorrieron la sala hasta posarse en el ventanal que daba al jardín.

Perdió la vista en el horizonte azul de la capital vizcaína y dejó que el puzle que había completado las últimas horas tomara forma.

El rompecabezas parecía completo; sin embargo, había algo que lo inquietaba. Una sensación extraña, de punto y aparte, en vez del punto final que debería haber sido. Esas últimas palabras de su madre asegurando que se encontrarían antes de lo que él pensaba seguían resonando en su cabeza.

«¿Qué se me escapa?», pensó mientras digería el bocata.

El reflejo del cristal de la puertaventana le devolvió el parpadeo de un punto rojo. Ander giró rápidamente la cabeza hacia la cocina. Sobre la encimera, el teléfono inalámbrico registraba una llamada perdida.

Se levantó de un salto y alcanzó el aparato. Tenía una llamada de la residencia La Misericordia. Había un mensaje en el contestador. Lo reprodujo.

«Buenos días, señor Crespo. —La grabación le devolvió una voz masculina irritantemente nasal que arrastraba las vocales—.

Soy Gustavo Losada, gerente de la residencia en la que ha estado ingresado su padre, el señor Carmelo Crespo.

Le llamo para disculparme por un lamentable error administrativo.

Me temo que le acabamos de girar un recibo del mes erróneo.

Le hemos cobrado el mes completo, sin tener en cuenta el alta de ayer.

Por favor, rechace ese cargo. La semana que viene le enviaremos uno nuevo.

Reitero mis disculpas. Que tenga un buen día».

Pulsó el botón de rellamada sin pensárselo dos veces.

La voz inequívoca del gerente contestó casi de inmediato.

—Gerencia, ¿sí?

—Señor Losada, soy Ander Crespo. Acabo de escuchar el mensaje que me ha dejado en el contestador —replicó cortante.

—Ah, sí, claro, señor Crespo. Como le he dicho en el mensaje…

—No necesito sus disculpas, señor Losada —atajó Ander—. Necesito aclaraciones. ¿Qué es eso de que mi padre no está en la residencia?

El silencio se adueñó de la línea durante unos segundos.

—Señor Crespo. Su padre cogió el alta voluntaria ayer por la noche.

—Pero ¿¡cómo se les ocurre dejarle marcharse solo!? ¿Qué clase de irresponsables son ustedes? —Ander elevó el tono de tal manera que Gorritxo corrió a sentarse a su lado pensando que la bronca era para él.

—Creo que ha habido un malentendido, señor Crespo. Su padre no se marchó solo. Fue su esposa quien firmó el alta y se lo llevó.

Ander no logró escuchar nada más de lo que le decía el gerente.

Lentamente apartó el auricular del oído y dejó el teléfono sobre la encimera.

De nuevo arreció el zumbido en sus sienes, esa sensación mareante de un estallido inminente de la cabeza.

Tomó asiento con la respiración entrecortada, sufría un auténtico estado de shock.

Gorritxo le movía la mano con el hocico, preocupado por su dueño.

—Todo estaba hablado… —susurró Ander para sí mismo.

Los meses de verano del año anterior, los paseos que daban juntos en la residencia, esos actos aparentemente inconexos, en realidad, encerraban un plan bien urdido entre su madre y su padre.

A la luz de las evidencias nuevas, Ander incluso dudaba de que su padre estuviera tan afectado como hacía ver.

Una congoja irrefrenable le sacudió el cuerpo. Su intuición, esa compañera fiel que rara vez le fallaba, le expuso con claridad el desenlace de esta maravillosa, aunque cruel, historia de amor entre sus progenitores.

Cogió las llaves del coche de la encimera y salió corriendo sin preocuparse por cerrar la puerta de la casa ni de que Gorritxo siguiera sus pasos.

Le abrió la puerta trasera del automóvil para que el perro entrara de un brinco y él se abalanzó hacia la puerta del piloto.

En pocos minutos circulaba por la autopista haciendo saltar todos los radares en su frenética carrera.

Surcó el umbral del valle de Atxondo cuando el sol alumbraba desde el cénit de la cúpula celestial.

Ander abandonó la carretera y entró derrapando en una pista forestal.

Las ruedas patinaban, dejando a su paso una estela de tierra levantada.

El fuerte desnivel de la última rampa exprimió hasta el último caballo del A3.

Cuando la senda llegó a su fin, Ander dio un volantazo hacia la derecha y apagó el motor.

Salió despedido del automóvil como si se dirimiese una carrera contrarreloj en la que su vida estuviera en juego.

En la mente del inspector todo encajaba. Carmelo Crespo había aguardado paciente todos esos años a que su amor, su esposa, finalizase su servicio a la Gran Diosa y, así, volviesen a reunirse por una última vez.

Corrió cuesta arriba precedido por Gorritxo, quien ni siquiera se molestó en comprobar si su dueño le seguía.

El perro fue el primero en sentir la proximidad de la persona que lo trajo a sus vidas.

Ladró varias veces mientras flexionaba los músculos hasta traspasar el límite del dolor.

Ascendió sin descanso hasta el majestuoso roble que presidía la ladera.

El roble milenario desde el que tantos amaneceres había contemplado Ander.

El solemne roble al pie del cual su padre le había pedido matrimonio a su madre.

—¡Gorritxo, quieto! —acertó a gritar Ander entre jadeos.

El perro frenó en seco, alternando, nervioso, su atención entre Ander y la escena que tenía enfrente.

El inspector se lanzó de rodillas junto a su perro y lo abrazó con fuerza, hundiendo la cabeza en su pelambrera castaña, fundiendo su llanto desconsolado con los gemidos de pena del perro.

A dos metros de ellos, sentados en el suelo y reposando la espalda contra el tronco del árbol, Carmelo y Begoña aparecían enlazados en un abrazo infinito, un abrazo que trascendió la vida y les permitió entrar en el reino de los muertos juntos, como siempre habían querido.

A ambos lados, unos recipientes vacíos volcados en el césped mostraban el modo en el que habían decidido afrontar ese instante.

El sol acariciaba sus frentes, la tierra soportaba su peso, el viento los envolvía en un remolino que rendía pleitesía.