MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 50 #3
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Capítulo 50 #3

El policía se la quedó mirando con emoción muda, capturando los aromas entremezclamos en el recinto, como el imborrable olor de su madre que tanta paz y sosiego le procuraba.

—Te quiero, ama . —Las palabras de Ander salieron cristalinas y reverberaron por los muros.

Begoña suspiró en profundidad emitiendo unos sonidos sibilantes al forzar sus pulmones.

—Yo también, hijo. Más que a mi vida. Nunca lo olvides.

Una idea cruzó la mente del inspector.

—¿Qué es A. L. B.? Aparece en mi certificado de nacimiento, en el de Enara y en el de muchos vecinos de Atxondo.

Begoña sonrió. Soltó el rostro de su hijo y levantó los brazos abiertos, tratando de abarcar todo el espacio.

—Es la marca de los fieles de la Gran Diosa. Significa Ama Lurraren Baitan , «en el seno de la Madre». Señala a todos aquellos nacidos respetando los ritos de iniciación al culto de la Gran Madre. Es nuestro censo secreto. —Le dirigió una mirada cargada de sentido—. Espero que lo siga siendo.

Ander asintió.

—No has de preocuparte por mí, ama . —Una pregunta le quemaba los labios desde hacía un buen rato queriendo emerger de su garganta—. ¿Quién es Garbiñe Landeta?

El tono de resentimiento en las palabras de su hijo no pasó inadvertido a la anciana.

—Garbiñe nació en el caserío Unzurrunzaga.

El lugar que nosotros denominábamos Aterpe, un refugio donde esconder a las mujeres maltratadas, ignoradas por las instituciones y cuyas vidas corrían auténtico peligro.

—Begoña Linaza se arrellanó en el asiento.

El cansancio marcaba sus facciones, pero no parecía dispuesta a permitir que el agotamiento arruinara el reencuentro con su hijo—.

La madre de Garbiñe cometió el error de creer en el arrepentimiento de su marido.

Una tarde dejó a su hija en el refugio y fue a reunirse con él.

Desafortunadamente, no avisó a ninguna de nosotras de sus intenciones porque, de haberlo hecho, la hubiéramos detenido.

Ya no volvió. Y aquel malnacido acabó también con su propia vida lanzándose al vacío desde un octavo piso.

—La tristeza volvió a anidar en la mirada de la anciana—.

Tras superar el golpe inicial, actuamos sin dilación.

Un matrimonio de creyentes adoptó a Garbiñe y, desde entonces, fue mi alumna.

Su toma del báculo de Shibtu no ha sido más que la culminación de un ciclo.

Me hubiera gustado que fuese Enara la agraciada, pero, por desgracia, eso no pudo ser.

El destino no lo permitió. Regresó al seno de la Madre antes de lo que le correspondía.

Begoña guardó un largo silencio. Parecía sondear el fondo de su memoria, como los grandes pesqueros hacen en las profundidades marítimas.

Pero, al igual que sucedía con estas, las redes de arrastre de Begoña Linaza parecieron llevarse recuerdos que no debían aflorar.

Su rostro se tensó en una terrible mueca de dolor.

—¿Por qué se acercó a mí? —Ander sentía lástima por su madre, pero sabía que el tiempo que le quedaba con ella era escaso y debía aprovecharlo. La imagen de Miren, inconsciente en el sofá del caserío Unzurrunzaga, lo golpeaba con insistencia. La emergencia siempre era superior a la urgencia.

La anciana se puso en pie con lentitud y tomó la antorcha.

—No debemos permanecer aquí durante más tiempo. Es la antesala de la tumba de Shibtu. ¿Por dónde entraste?

—Por el caserío Unzurrunzaga. Por Aterpe.

Su madre asintió. Caminaron en silencio hasta salir del recinto. Luego avanzaron por una galería angosta que a Ander no le resultó familiar. Estaba realmente desorientado.

—Garbiñe tenía que ser el vínculo entre tú y yo.

La vía a través de la cual enviarte mis mensajes.

Por eso utilicé su nombre al registrarme en La Misericordia.

Sabía que tú la investigarías. Su misión consistía en vigilar tus pasos, que no te acercaras demasiado a nosotros.

Cuando vi que eso resultaría imposible, decidí acercarme a ti.

Tu compañera hizo un gran trabajo. Fueron sus acciones las que me convencieron para dar este paso.

—Garbiñe hizo una cosa horrible; casi mata a dos de mis compañeros. —El inspector no pudo ocultar la rabia en su voz.

—Lo sé y lo siento. Actuó de modo precipitado. La reprendí por ello. Aprendió la lección.

—¿Estás segura?

—Sí. Ahora dispondrá de mucho tiempo para reflexionar sobre los actos pasados y redimirse de sus pecados a través del servicio a la Gran Diosa.

La anciana se detuvo y alumbró con la antorcha un hueco lateral.

Las llamas vacilantes revelaron los primeros peldaños de una escalera de piedra que subía hacia el caserío.

Habían llegado a su destino. Ander sintió un nerviosismo creciente.

No quería separarse de su madre. Pero había desatendido a Miren durante demasiado tiempo. Tenía que hacer lo correcto.

—Hay una cosa que has de saber, ama . He matado a un hombre en el caserío. Un asesino que venía a por mí. Tenéis que deshaceros de su cadáver y del coche en el que ha venido, que no estará aparcado lejos de aquí.

La anciana asintió con cara de preocupación.

—¿Te volveré a ver? —La pregunta sonó a súplica y los ojos húmedos de Ander así lo confirmaban.

Su madre le abrazó con fuerza y le dio dos besos en la mejilla y uno en la frente.

—Antes de lo que crees, hijo. —Las lágrimas volvían a inundar su rostro—. Ahora, marcha. No quiero revivir el dolor de nuestra última despedida.

La montaña pareció sumarse a la pesadumbre al emitir un crujido que resonó sobre sus cabezas.

Ander se encogió instintivamente, temiendo el derrumbe de la galería.

Por un momento, le vinieron a la mente las escenas vividas en la mina Malaespera.

Pero nada sucedió. Su madre, acostumbrada a los sonidos de la roca, ni se inmutó.

Giró sobre sus talones y se adentró poco a poco en la negrura de la galería, hasta que todo lo que quedó de ella fue un lejano punto de luz vibrante deslizándose hacia las entrañas de la tierra.

Ander permaneció inmóvil, atenazado por la emoción. La sorpresa de la gran revelación fue remitiendo, dando paso a la preocupación por la salud de Miren. La adrenalina regresó. Encendió su linterna y subió los peldaños.

Cuando entró en el salón del caserío Unzurrunzaga todo seguía tal cual lo había dejado, como si el tiempo transcurrido bajo tierra no contara.

Pero la oscuridad del exterior no mentía: las agujas del reloj no se habían detenido en el valle de Atxondo.

Ander se apresuró a mover el armario hasta la posición inicial y se acercó a Miren en el mismo instante en el que esta abría los ojos tras un lento parpadeo.

—¿Dónde estoy? —Emitió un lastimero quejido al tratar de incorporarse.

—No intentes levantarte —instó Ander sujetándola por los hombros y acomodando su cabeza sobre el brazo del sofá—. Estate quieta, voy a llevarte a un hospital para que examinen tus heridas.

Tocó la venda empapada de sangre seca. La hemorragia se había detenido, era buena señal.

Miren estaba muy pálida. El golpe y la pérdida de sangre la habían dejado fuera de combate. A pesar de su pundonor, abandonó el empeño de incorporarse por su propio pie y cedió ante los consejos de su jefe.

—¿Qué me ha pasado? No recuerdo nada.

Ander la volvió a alzar entre los brazos y caminó hacia la puerta de entrada con mucho tiento, evitando cualquier sacudida que pudiera empeorar su estado.

—Estábamos registrando el caserío y tropezaste. Perdiste el pie en la oscuridad cuando bajabas las escaleras. Te diste un buen golpe contra un peldaño.

La mueca de dolor de Miren reafirmó la versión de Ander.

—¿Y encontraste… algo? ¿Alguna pista sobre tu madre? ¿O sobre A. L. B.? —acertó a preguntar con un hilo de voz. Los ojos se le movían como si entrara en fase REM.

—No he encontrado nada —respondió Ander, rotundo—. No te esfuerces más. Cierra los ojos, pronto llegaremos al hospital.

Miren relajó la expresión. La flacidez de su cuerpo le indicó a Ander que había vuelto a perder el conocimiento. El inspector la estrechó aún más contra el pecho y cerró la puerta del caserío tras de sí.

El sudor le empapaba perneras y camisa por igual cuando alcanzó el lugar en el que habían aparcado el coche.

En la oscuridad de la noche, y con el ulular de la lechuza como testigo único, acomodó a Miren en el asiento de copiloto, lo reclinó con cuidado y la aseguró con el cinturón.

Luego rodeó el vehículo y abrió su puerta, dispuesto a partir a toda velocidad rumbo al Hospital de Galdakao.

Pero una imagen en la distancia lo frenó en seco.

En las crestas de los montes Amboto y Astxiki, unas luces oscilaban de izquierda a derecha.

Ander giró sobre los talones y miró hacia los bosques al otro lado del valle.

Entre su espesura, multitud de diminutas luces parecían devolver el saludo a las luces provenientes de lo alto del valle.

De pronto se detuvieron y un clamor llenó el vacío del valle.

Eran irrintzis expulsados a pleno pulmón que provenían de los altos picos y de la profundidad del valle.

De los barrios de Irazola, Sagasta, Axpe, Olazabal, Santiago, San Pedro, Goyerria, Marzana…

Todo el valle de Atxondo se unía en aquel alarido coral.

Llamadas ancestrales que celebraban el solsticio de verano, el día en que la Madre Tierra celebraba sus frutos y el ciclo de agostamiento y regeneración se mostraba en su mayor esplendor.

Ander sintió un burbujeo en su interior.

Como si todos los malos humores —la rabia, el odio, el miedo, la culpa, los remordimientos— avanzaran hacia su laringe como una manada de reses desbocadas.

Posó las manos sobre el techo del coche y, alzando la cabeza al firmamento estrellado, soltó un irrintzi que partió la noche como un trueno.

Por primera vez en más de treinta años, se sintió en paz.