Capítulo 50 #2
—¿Adónde me llevas, ama ? —preguntó cuando habían recorrido una gran distancia. Se sentía como si estuvieran jugando a la gallinita ciega con él.
—Queda poco, hijo. Casi hemos llegado. —El hilo de voz denotaba que Begoña estaba al límite de sus fuerzas. Hablar no haría más que fatigarla aún más, por lo que el inspector optó por guardar silencio.
Llegaron a otro espacio de menor tamaño que aquel en el que se realizaba el rito bautismal, pero mucho más impresionante.
Había sido habilitado para que fuera confortable.
Se había instalado una cama oculta entre biombos de madera.
Dos grandes lámparas de gas alumbraban un inmenso escritorio abarrotado de documentos antiguos.
Diversos objetos, que Ander fue incapaz de identificar, conformaban una colección exótica que recordaba a la mesa de trabajo de un erudito.
Aunque, por llamativo que fuera todo ello, nada podía superar el impacto que causó en el inspector la visión de los murales que adornaban los muros.
Ander pasó la antorcha frente a las pinturas.
Parecían narrar una historia; el relato de un gran viaje que terminaba con una mujer en un cerro recibiendo el impacto de un rayo mientras sostenía en alto un báculo que le resultó familiar: el largo bastón de metal negro que había aferrado su madre en la Gran Sala.
—Es la historia de una gran mujer, Shibtu, la monarca de Mari, y de aquellos que la siguieron en el viaje de sus vidas sorteando penurias y dificultades.
Muchos fueron los peligros y sufrimientos vividos, muchos los seres queridos caídos en el camino, hasta que encontraron su hogar aquí, al abrigo de nuestra gran montaña.
—¿Esto es lo que querías decirme cuando de niño me hablabas del mito de Mari? —preguntó Ander sin perder detalle de la sucesión de escenas que relataban los muros.
La mujer tomó asiento en un butacón mullido, tapizado en colores alegres.
—No podía introducirte en nuestro credo de golpe. Durante siglos, la aparición de religiones y creencias nuevas nos obligó a actuar con cautela para evitar llamar la atención de aquellos que ansían destruir nuestro mensaje. La llama ha de arder siempre. El mensaje no puede morir.
Ander alcanzó un recodo y caminó hasta el centro, donde una puerta roja cerrada lo observaba impasible.
Atraído por ella, colocó la palma sobre la capa desconchada de pintura.
Un hondo sentimiento de respeto recorrió su cuerpo.
Tiempo después, al rememorar ese instante vivido bajo tierra, achacaría a la falta de oxígeno la emoción que le invadió en esos segundos; una sensación de plenitud, de felicidad absoluta.
—Detrás de esa puerta sellada descansa Shibtu.
—Su madre se reclinó en la butaca—. Dicen que las leyendas y los mitos son la historia de los perdedores.
Relatos que han de pasar de generación en generación amparados por el abrigo de la clandestinidad.
Este es el caso del mito de Mari. Un cuento surgido de la fortuna y de la oportunidad, dos aliadas que, cuando vienen de la mano, logran lo imposible.
—Un acceso de tos interrumpió el relato de la anciana, que levantó el brazo ante la expresión de preocupación de su hijo.
Respiró hondo un par de veces antes de continuar hablando—: Shibtu estaba tocada con un don.
De niña, bajo la tutela de una antigua chamana del reino de Yamhad, del que ella era oriunda, mamó la verdadera religión.
El conjunto de conocimientos que se remontaba a la era en la que el hombre primigenio sobrevivía en un entorno hostil y salvaje.
Es curioso cómo menospreciamos el saber de esa gente cuando, en realidad, ellos lograron conocer el sentido de la vida de un modo más puro que nosotros, continuamente mediatizados por las convenciones sociales y por los mensajes que buscan subyugar nuestra voluntad en favor de un poder despiadado, carente de empatía.
—Se detuvo. Sus ojos recorrían los muros y brillaban febriles, como si fuera víctima de una ensoñación.
La presencia de su hijo la devolvió a la realidad—.
Los primeros seres humanos que vivieron en comunidad, que compartieron sus vidas en clanes en los que la igualdad no era objeto de discusión, sabían que los mayores misterios de la vida eran la creación y la muerte.
—¿El nacimiento y la muerte?
—Sí, hijo. Ambos enigmas estaban encarnados en la Gran Diosa Madre, nuestra Madre Tierra, cuyo vientre generoso ofrecía el agua y la tierra que permitían la floración de los frutos silvestres, que engordaban los animales que servirían de sustento para el clan.
La reverenciaban a ella y a todo aquello que había surgido de ella, como los árboles, los montes, los ríos, los animales que poblaban las amplias praderas y los umbríos bosques. A todos ellos les rendían pleitesía.
Ander continuaba pasando frente a los frescos alzando la antorcha o acercándola cuando quería profundizar en algún detalle. Su madre, mientras tanto, proseguía con el relato, con la mirada cansada perdida en el techo de la sala.
—Pero, extrañas como eran todas estas incógnitas para el primitivo, ninguna obtuvo mayor veneración que el de la fecundidad de la mujer.
El gran misterio de la vida anidaba en el cuerpo de la mujer.
Por ello, fue a ella a la que se la honró en representación de la Gran Diosa porque ambas eran dadoras de vida.
Ambas germinaban en su seno la semilla que un día vería la luz en el mundo.
La semilla de la vida y del progreso. —Una expresión sombría le atravesó el rostro, marcándole una honda arruga que partía la frente en dos—.
Pero cuando el ser humano comenzó a dominar la naturaleza, cuando pensó que tenía el poder para modelar el mundo, entonces creyeron que eran ellos, y no la Gran Madre, los recipientes del poder creador.
Idearon dioses sanguinarios y crueles, los impusieron a todas las comunidades fieles a la fe verdadera mediante una ola de sangre y fuego que arrasó todos los rincones del mundo.
Un nuevo orden había llegado. Uno cuyo fin primordial era sojuzgar y erradicar todo recuerdo del poder auténtico de la Gran Madre.
—Dio una palmada en la mesa que hizo que un libro cayera al suelo.
Lo ignoró, estaba demasiada sumergida en la historia que tenía que transmitir a su hijo.
El tiempo era un bien que se consumía con demasiada rapidez—.
Shibtu llegó aquí siguiendo los pasos de una profecía.
Buscaba un lugar en el que su pueblo pudiera vivir en paz bajo el manto de la Gran Madre.
Luchó por ello y lo halló aquí, en nuestro valle sagrado, bajo nuestra adorada montaña de Amboto.
—Se frotó las manos, aplicándose en masajearse los dorsos y nudillos.
La humedad era muy elevada en la sala—. Las mujeres que ayudaban a alumbrar a los niños que luego recibirían el bautismo de la Gran Madre eran auténticas sacerdotisas imbuidas de la sacralidad de nuestra diosa.
Se nos conoció por el nombre de sorgina , porque nosotros ayudábamos en el acto de creación suprema, el parto.
Luego esa palabra fue vilipendiada y utilizada por la iglesia cristiana con un sentido peyorativo.
Se nos tildó de heréticas, reservándonos la quema en la hoguera como único modo de redención.
—Abandonó el masaje de las manos y las crispó hasta formar dos puños amenazantes—.
De nuevo la espada quería cercenar la voz de la Madre.
Pero nuestro pueblo resistió. Nuestra palabra se transmitió encubierta bajo diversos mantos.
Los seguidores de la Gran Diosa buscaron cobijo en todos los rincones de nuestra tierra.
Aprovechando las coincidencias para pasar inadvertidos.
Allá donde veas una iglesia o parroquia consagrada a Andramari, [17] ahí encontrarás a los seguidores de la palabra de Shibtu.
Porque, en ocasiones, la mejor manera de ocultar un secreto es colocándolo a la vista de todos.
Ander terminó de revisar las pinturas. Apoyó la antorcha en un soporte anclado en el muro y se agachó frente a su madre.
—Entonces ¿Shibtu era Mari?
Begoña sonrió con tristeza. Sus ojos acuosos, velados por la edad, aún mantenían un brillo de viveza en esa coloración tan anómala.
—Shibtu fue lo que su pueblo necesitaba que fuera.
En realidad era lo que entonces llamaban una pastora de pueblos.
La madre que lleva a su hijo de la mano y le protege del peligro que le rodea.
Ella era el pebetero en el que ardía la llama de la fe verdadera, del conocimiento primigenio.
Nosotras tan solo tratamos de mantener esa llama viva.
Aunque para ello pagamos un alto precio.
—Se apoyó en el borde del asiento. Cogió la cara de Ander con las manos y la acarició con ternura—.
Sé que os hice mucho daño. —Las lágrimas brotaron de sus ojos con generosidad—.
No merezco el perdón porque no existe perdón para lo que hice.
Un fuerte nudo tomó forma en la garganta de Ander, impidiéndole articular palabra alguna.
Notó que los sentimientos pretendían salir disparados al exterior, reivindicar la angustia, la rabia y el miedo sufridos.
También entendió que su madre había padecido tanto como ellos en esos años de confinamiento y reclusión.
—Nuestras vidas saltaron por los aires.
—Lo sé, hijo. No ha pasado un solo día en el que no me haya acordado de vosotros.
El sacrificio fue indescriptible. Solo quien pierde a un hijo conoce el vacío que he vivido durante toda mi vida, Ander.
Pero yo estaba preparada para dar mi vida por vosotros y por la comunidad.
No podía dejar que la llama se extinguiera.
—Se detuvo para secar las lágrimas que anegaban sus mejillas.