Capítulo 50
La humedad era intensa dentro de la Gran Sala.
Ander calculó que se habría adentrado más de doscientos metros en el corazón de la montaña.
Ahí dentro, la pequeñez del ser humano quedaba en evidencia.
No eran más que organismos insignificantes presos de una fuerza de la naturaleza sin parangón.
El abrazo de agua, roca y barro sofocaría al más fuerte de los mortales.
La montaña mostraba su solemnidad y fortaleza a través de su quietud.
El silencio delataba su presencia, los minerales que conformaban su riqueza y las aguas subterráneas evocaban reminiscencias de una fuerza creadora sin igual, la más poderosa de las deidades: el útero materno.
Al fin, la esclusa de los recuerdos reprimidos de Ander se liberó; por su mente se derramaron todas las enseñanzas que su madre había sembrado en él durante la infancia.
Su abrazo lamió las viejas heridas, cauterizó las llagas sangrantes, insufló en el corazón del inspector una nueva esperanza.
La certidumbre de que existía una vida mejor.
—Hoy es un gran día. —Su madre alzó el brazo de Ander mientras se dirigía a la congregación—. Mi hijo ha decidido unirse a nosotros.
La sala se llenó de vítores que festejaban las palabras de Begoña Linaza.
—Ha venido por su propio pie. Empujado por esa fuerza silenciosa que habita en cada uno de nosotros, esa conexión única con nuestra Madre Tierra, que nos propulsa en los peores momentos y permite que los sacrificios sean soportables.
Él ha sufrido mucho. —Apretó la mano de su hijo.
Lo miró con ojos acuosos—. Igual que yo.
Ander vio que su madre tragaba saliva antes de continuar.
—Pero la Gran Madre, en su sabiduría y generosidad, lo ha traído en el día más adecuado. Hoy celebramos el solsticio de verano, y hoy el báculo cambiará de manos. Consagraremos a nuestra nueva pastora, que dará voz a la Gran Diosa y permitirá que la llama de su enseñanza nunca se apague.
Ander presenciaba conmocionado la reacción de júbilo de todos los seguidores del culto.
Giró la cabeza hacia su madre. Estaba llorando de alegría.
Dos gruesas lágrimas surcaban su cutis arrugado por el paso del tiempo.
La imagen actual de su madre apenas coincidía con la que él atesoraba en la memoria; sin embargo, el aura de calidez y cariño que desprendía pervivía.
Estar a su lado le hacía sentirse seguro, del mismo modo que le ocurría cuando de niño caminaba por los bosques más oscuros agarrado al extremo de su falda.
Begoña dejó a un lado a su hijo y se agachó fuera del altar para tomar del suelo una vara metálica de gran longitud.
El palo tenía una altura de unos dos metros; el extremo sobresalía claramente por encima de su cabeza.
El color intensamente negro del metal llamó la atención de Ander, que se quedó mirándolo absorto.
Begoña dio tres fuertes golpes en el suelo con su base.
Tres tañidos que sonaron a lamentos prolongados, amplificados por la acústica de la Gran Sala. La audiencia guardó silencio.
—La palabra es lo que nos mantiene unidos —recitó—. Es la palabra lo que alimenta la llama. La palabra hace que la verdad pueda ser transmitida. Porque la palabra da la vida y la vida da la palabra.
Hombre y mujeres al unísono repitieron la última frase como si se tratara de un mantra.
—¡La palabra da la vida y la vida da la palabra!
—Somos todos deudos de la Gran Madre. Venimos de ella y a ella regresamos en un círculo infinito, en un eterno retorno.
Desde que su palabra llegó a estas tierras, honramos a la gran señora que nos mostró el camino, y nosotros, como pueblo, recorremos la senda labrada.
Porque un pueblo sin arraigo es un pueblo perdido.
La réplica volvió desde las cuatro esquinas del recinto.
—¡Un pueblo sin arraigo es un pueblo perdido!
Begoña aferró el báculo con las manos por encima de la cabeza reinstaurando la calma.
—Durante todos estos años, he tenido el privilegio de transmitir la palabra que llegó a nosotros hace miles de años. La palabra fluye como este riachuelo subterráneo que busca su camino en las entrañas del Amboto.
Con un movimiento basculante el báculo trazó un arco que recorrió la corriente de agua antes de retornar a su posición elevada.
—Begoña Linaza dejó de existir el día en el que la Gran Diosa me llamó a su lado para transmitir la buena nueva de que existe esperanza, de que se puede vivir con arreglo al respeto a la naturaleza y a la igualdad del ser humano.
Desde ese día, presté mis labios para convertirme en la heredera de la gran Shibtu, reina de Mari.
Me convertí en Mari. —Hizo una pausa en la que escrutó las caras expectantes de aquellos que tenía más cerca—. Porque solo lo que tiene nombre existe.
Las paredes ancestrales retumbaron cuando la gente gritó a voz en pecho con plena convicción.
—¡Solo lo que tiene nombre existe!
Un movimiento captado por el rabillo del ojo atrajo la atención de Ander.
Desde uno de los rincones de la Gran Sala una mujer ataviada con una vestimenta similar a la que llevaba su madre avanzaba con paso decidido.
La melena castaña de la mujer caía con generosidad sobre sus hombros y espalda.
Un recargado colgante de lapislázuli reposaba sobre su pecho.
Su rostro extático se tensaba en una expresión de absoluta concentración.
Con su atención fija en el báculo que la anciana sostenía en alto, la mujer pasó junto al inspector sin dar muestras de haber notado su presencia.
Ander quedó perplejo al reconocer las facciones de Garbiñe Landeta.
Con porte solemne se situó a la izquierda de la sacerdotisa. Había llegado el momento del traspaso de poderes.
—¡Ella encarnará a Mari a partir de hoy! ¡Larga vida a Mari!
Le entregó el báculo negro y el público prorrumpió en una algarabía.
—¡Larga vida a Mari! ¡Larga vida a Mari!
Ander volvió a experimentar esa sensación de asfixia.
Necesitaba hablar con esa mujer que se había ofrecido a colaborar en la búsqueda de su madre, que había jugado con él como si de un muñeco de trapo se tratara y que había provocado un accidente que casi acaba con la vida Miren y de Alday.
Sin embargo, cuando trató de acercarse a Garbiñe, su madre le detuvo, interponiéndose entre ambos y colocando la mano nervuda en el pecho para impedir su avance.
—Déjala, Ander. Ahora ella es la voz de la Madre. Ha sido llamada a ocupar mi lugar. —Le tomó del brazo y tiró de él—. Acompáñame.
Ander titubeó, su mirada saltaba nerviosa de su madre a Garbiñe. Al final cedió a la fuerza de tracción de su progenitora.
La anciana pareció acusar de golpe el peso de los años.
Con cada paso que la alejaba del altar, su figura parecía encogerse y empequeñecer.
Los presentes abrieron paso y bajaron la cabeza en señal de respeto hacia esa mujer que había sido su luz y la voz del conocimiento durante tantos años.
Ella saludaba a cada uno de ellos, llamándolos por su nombre, dedicándoles a todos una frase de afecto.
Atravesaron la multitud. La mano de su madre continuaba siendo firme; ese agarre que tanta seguridad infundía en Ander.
Él siguió sus pasos sin poder evitar una última mirada hacia el altar.
Garbiñe Landeta, ajena a él, hablaba en voz baja con la madre recién dada a luz, que asentía y sonreía ante sus palabras.
El bebé descansaba relajado al arrullo de sus brazos.
La atmósfera en la Gran Sala era de quietud después de la tormenta.
El rito presenciado había resultado una experiencia catártica para todos ellos.
Una renovación de sus votos. Se sentían parte de un mundo mejor en el que el amor por la Madre Tierra y la creencia en el eterno retorno se erigían como pilares claves de su edificio existencial.
—Coge una antorcha, hijo. —Su madre señaló una de las pilas en las que estas se amontonaban.
Ander obedeció. Dejó que el fuego lamiera la brea y el trapo hasta que surgió una llama danzante. Permitió que su madre le guiara. Avanzaron por el terraplén dejando atrás la Gran Sala. La voz lejana de Garbiñe Landeta, recitando una letanía, les llegó amortiguada.
Ander comenzaba a comprenderlo todo. Como siempre sucedía, las piezas, al final, encajaban.
Después de tantos años, por fin entendió esa actitud apática y derrotista de su padre. Esa inoperancia en la búsqueda de su madre poco después de su desaparición. Esa obsesión por huir lejos del valle que los había visto crecer a su hermana y a él.
Su padre lo supo todo desde el principio.
Fue una decisión consensuada, un sacrificio conjunto.
Carmelo Crespo vivió más de treinta años sin poder compartir su vida con la persona que más amaba, con su media naranja.
Ander sintió que su corazón se encogía al pensar en el dolor inmenso que tuvo que padecer su padre criando a dos hijos solo, consciente de que su mujer estaba llevando a cabo lo que ellos consideraban una obra superior.
Su madre. Begoña Linaza. La diosa Mari. Las palabras reveladoras que indicaron que Ander guardaba en su interior la solución al misterio de su desaparición cobraban significado.
Nunca fue ajeno a la decisión de sus padres.
La verdad estaba en su interior, pero su cerebro había optado por enterrarla en el olvido para que la vida no le resultara insoportable.
El mecanismo de defensa se activó, sumiendo en la oscuridad los hechos anteriores a la desaparición de su madre.
El policía aguzó la vista. La respiración pesada de la anciana acompasaba el balanceo de la llama, que alumbraba con sus olas de luz los corredores inescrutables que atravesaban el corazón del monte Amboto.
Continuaron caminando por un laberinto de pasadizos y galerías de distintos anchos y alturas.
Ander marchaba irremediablemente desorientado, pero su madre conocía el lugar como la palma de la mano.