MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 49
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Capítulo 49

La lluvia azotaba con fuerza su cuerpo exhausto. Torrentes de agua caían de un cielo inclemente que parecía disfrutar del sufrimiento de un pueblo tan acostumbrado a las yermas extensiones de la estepa como lo era el rebaño que pastoreaba Shibtu.

Tres años completos. Ese era el tiempo transcurrido desde que iniciaran una aventura hacia lo desconocido, un viaje hacia un futuro que se presumía mejor.

Atravesaron desiertos de arena ardiente, pedregales que reventaban las firmes patas de los animales de carga y embarcaron en cinco naves mercantes con las que cruzaron el ancho mar siguiendo los augurios de Adad-duri.

La anciana se había acomodado en la popa del buque insignia y había escrutado las estrellas en busca de la señal que les indicara la tierra prometida a la que debían arribar.

La tierra en la que podría cultivar la palabra de la Gran Diosa, lejos del marasmo de los dioses destructores, que trataban de silenciar la plácida voz de la Madre pasando el frío metal por la garganta de aquellos que la predicaban.

Inmersa en el corazón de la tormenta y en el fragor de una batalla cuyo desenlace parecía anunciar la derrota, Shibtu recordó el momento en el que un rayo marcó el destino de su éxodo.

Un único impacto luminoso en un cerro que dominaba una ensenada sirvió para que la chamana saltara de su asiento e implorara a Zimri-Lim que se dirigieran hacia aquella amplia bahía.

Luego remontaron el río hasta que este dejó de ser navegable.

Allí encontraron su nuevo hogar, a la orilla de ese torrente nervioso que en nada se asemejaba al caudal parsimonioso de su añorado Purattu.

Sobre esas riberas se asentaron. Pero no todos llegaron; muchos quedaron en el camino, víctimas de enfermedades en una odisea inmisericorde.

Los vivos desembarcaron los animales que habían sobrevivido, gracias a las raciones abundantes de forraje y cebada que transportaban las naves, y desmontaron los navíos para levantar las construcciones en las que refugiarse ante un clima mucho más inclemente que el de su patria.

El primer contacto con los habitantes del nuevo hogar no tardó en llegar. Un tímido acercamiento que, al cabo del tiempo, culminó en una colaboración franca, sostenida por el intercambio de bienes entre ambas culturas.

Mas la melancolía acabó con el rey Zimri-Lim.

El monarca nunca se adaptó al nuevo hogar.

Su corazón albergaba la esperanza de regresar a su reino, de negociar un nuevo marco de convivencia con Hammurabi, de revertir lo hecho.

Pero el tiempo demostró ser una vía de sentido único que no permitía la vuelta atrás.

El monarca falleció un año después. Le enterraron en la tumba que Shibtu había ordenado erigir cuando apreció las primeras señales de deterioro en su esposo.

Muchos decidieron acompañar al rey en su vida en el más allá.

Le servirían en la tierra de los dioses, donde el árbol siempre da fruto y el prado está preñado de nuevas cosechas.

Tras depositar el cuerpo de Zimri-Lim en su sepulcro, su séquito tomó asiento a su lado.

Bebieron de sus copas de celebración el veneno que les había preparado Adad-duri y aguardaron su muerte henchidos de felicidad.

Después de aquello, tan solo quedaba con vida una de cada cinco personas de las que habían iniciado el viaje.

«Hija mía, este no es el lugar que nos tenía reservado la Gran Madre.

Hemos de movernos y encontrar su morada.

Solo entonces habremos alcanzado nuestro destino».

Las palabras de Adad-duri aún resonaban en su mente.

La habían penetrado como puntas de lanza afiladas.

Había sentido el vértigo y el pavor ante una nueva marcha hacia lo desconocido.

No obstante, por encima de cualquier sentimiento de aprensión, estaba la confianza ciega que Shibtu había depositado en la anciana chamana.

Una confianza que de un plumazo disipó cualquier atisbo de duda.

Empacaron los pertrechos, los cargaron sobre animales y carros, y se adentraron por los densos bosques en busca de la visión que había tenido Adad-duri.

Una visión en la que se le aparecía la «gran montaña de la Madre: un templo de piedra desnuda, en cuyo seno descansa Ella y a cuya vera nuestro pueblo medrará».

Así llegaron al verde valle a los pies de la montaña divina. «Esta es», dijo la anciana arrodillándose en el suelo e incapaz de contener las lágrimas de emoción que le brotaban a raudales.

Por segunda vez, se asentaron en una tierra húmeda y hostil. Solo que, en esta ocasión, sus vecinos no albergaban buenas intenciones. Ofendidos por la llegada de tamaño grupo de intrusos, los nativos del valle se levantaron en armas y atacaron el nuevo asentamiento.

La batalla tuvo lugar esa misma tarde, en medio de una tormenta despiadada. La sangre de atacantes y defensores se mezcló sobre la hierba, tiñendo la tierra de rojo carmesí.

—¡Sígueme!

El grito de Adad-duri arrancó a Shibtu del ensimismamiento y la devolvió a la realidad. El enemigo avanzaba, pronto romperían la línea de contención formada por los valerosos guerreros de Mesopotamia.

—Ascendamos hasta lo alto de la loma —ordenó la anciana mientras subía la cuesta escarpada con asombrosa facilidad. Apoyada en su bastón metálico, alcanzó el punto señalado en un suspiro. Miró al cielo, luego a Shibtu, y la apremió con gestos de impaciencia.

—Vamos, pequeña. Está a punto de descargar.

La reina alzó la vista en el momento en el que una masa ominosa de nubes negras se afincaba sobre sus cabezas.

Sentía el corazón estallar, las sienes le martilleaban como si tuviera dentro al herrero mayor, los pulmones se le vaciaban incapaces de retener el oxígeno necesario para mover el cuerpo.

Shibtu apretó los dientes y, con dos zancadas, se colocó junto a la chamana.

Esta sacó de su bandolera de cuero un guantelete hecho de placas de madera y un par de zuecos de ese mismo material.

«Póntelo todo, ¡rápido!». Hipnotizada ante el devenir de los acontecimientos, la reina obedeció.

Se calzó los zuecos y se ajustó el extraño guantelete en la mano derecha.

—Este secreto se ha pasado de generación en generación en mi estirpe —dijo la anciana apartándose la lluvia de la cara.

Su rostro surcado de arrugas parecía agostado; sus ojos, sin embargo, refulgían de vitalidad—.

Este báculo fue forjado con el mismo material con el que se hizo la daga que enterramos junto a tu marido.

Los herreros de las altas montañas, poseedores de un saber arcano que los de las planicies desconocen, moldearon una piedra caída del cielo, un mineral de una dureza increíble y una tonalidad oscura que aterraba incluso a los mismos artesanos.

El nubarrón que se elevaba sobre sus cabezas comenzó a rugir con violencia.

—Este bastón poderoso tiene la cualidad de atrapar los rayos que descarga la tormenta.

Mis antecesoras lo comprobaron en sus propias carnes.

Sabias como eran, supieron sacar provecho de esa magia.

Idearon estas protecciones —indicó los zuecos y el guante que vestía Shibtu— y lograron mitigar el impacto de la descarga.

Estás a punto de presenciar su poder. Toma.

La anciana le tendió el báculo y señaló hacia las nubes.

—Extiéndelo hacia el cielo y aprieta los dientes, hija mía. Pase lo que pase, aguanta en pie. El futuro de nuestro pueblo está en tus manos.

Tras pronunciar esas palabras, la chamana se apresuró a descender la ladera del cerro en dirección a la batalla.

Shibtu miró por turnos al cielo, al bastón y a la anciana que bajaba a saltos cortos por la hierba enlodada.

El miedo y el frío la aterían, pero el recuerdo ejerce una fuerza motivadora sin igual.

Por su mente pasaron los rostros de todos aquellos que quedaron por el camino, incluidas sus hijas, que permanecieron con sus maridos en Mesopotamia, y el de su propio esposo, el gran rey Zimri-Lim.

No era momento de remilgos ni de evitar actuar por miedo a la muerte.

«Todos empezamos a morir al nacer», pensó tratando de insuflar valor a sus actos.

Lentamente, la reina alzó el bastón negro al aire e inspiró hasta llenar los pulmones y el diafragma.

Acto seguido, liberó un grito que atravesó el valle, paralizando a todos los combatientes.

Como si de un movimiento coreografiado por el destino se tratara, del cielo surgió un rayo blanco, zigzagueante, que impactó en la tierra atravesando el artefacto arcano.

Shibtu tenía la boca abierta, gritaba a pleno pulmón, aunque era incapaz de escuchar nada.

La realidad había adquirido una dimensión nueva.

Todo a su alrededor se había convertido en una luminosidad cegadora, unos haces lechosos que saturaban su visión y la sumergían en un refugio de blancura inmaculada y de silencio.

— Shibtu, sharratum Mari! [16] —exclamó la chamana con los brazos en alto, dirigiendo con gestos la atención de los combatientes hacia el cerro en el que la reina recibía un impacto de rayo tras otro—. Shibtu, sharratum Mari!

Los nativos permanecían boquiabiertos, sus ojos desorbitados, incapaces de asimilar el prodigio que estaban presenciando.

No hizo falta más que una chispa para que el fuego prendiera.

Un guerrero lanzó sus armas al suelo y se postergó junto a ellas con los brazos extendidos hacia Shibtu.

Pronto sus compañeros siguieron su ejemplo y se inclinaron ante la reina como juncos tumbados por el viento.

Cientos de voces prorrumpieron en una salve unánime.

— Mari! Mari! Mari!

Una época de paz y armonía estaba a punto de comenzar en ese pequeño rincón del mundo. Una comunidad mixta de pobladores autóctonos y extranjeros nacería, unida por el culto a la Gran Diosa Madre como nexo sagrado.

La reina Shibtu forjó una leyenda que penetraría en los hogares de esa tierra, saltando de clan en clan, de tribu en tribu. La veneración a Mari, señora de las tempestades, había comenzado.