MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 48
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Capítulo 48

Ander dirigió la luz de la linterna a la pared más próxima.

Allí, apuntalado contra el techo, se adentraba en la oscuridad el grueso cable negro que le quedaba por localizar.

Siguió su recorrido con la linterna hasta que este desapareció, repentinamente, en un recodo a los pies de la escalera.

Ander bajó los peldaños hasta llegar a una estrecha galería que se bifurcaba a izquierda y derecha.

A esa profundidad, la respiración se volvía más pesada.

Aguzó el oído. Creyó percibir un rumor en la lejanía, aunque no supo distinguir en qué dirección. El cable le dio la respuesta.

Las antorchas apagadas, dispuestas cada diez metros a lo largo de los muros, no le habían pasado inadvertidas.

Pero el hecho de que la electricidad tomara el camino de la izquierda acabó por decantar su decisión.

Avanzó siguiendo el trayecto del cable. Notó un zumbido en los oídos: la galería descendía ligeramente hacia abajo, y la presión era cada vez mayor.

«Respira hondo, hijo». La frase de su madre le vino a la mente al pasar los dedos por la roca fría que marcaba los límites del pasadizo.

Respira hondo.

Ander cerró los ojos e hizo caso a ese consejo venido del pasado.

Aquel lugar despertaba en él recuerdos largo tiempo olvidados.

Recuerdos que, como había previsto Julia Romero, llevaban ocultos en la madera durante demasiado tiempo, como el clavo de Zweig, a la espera de un desencadenante que los sacara a flote.

El caserío de Unzurrunzaga y sus secretos eran ese detonante.

La piedra, alisada por la humedad del agua filtrada de las corrientes internas, resplandecía cada vez que la luz de la linterna rozaba su superficie.

Tras varios minutos vagando por las entrañas de la montaña, llegó a una auténtica encrucijada.

Un nudo en el que convergía su galería con otras tres similares.

Se pasó la palma de la mano por la frente para retirar el sudor que le caía a chorros.

La falta de oxígeno era cada vez más evidente.

Empezaban a manifestarse los síntomas de asfixia claustrofóbica.

«Respira hondo».

La voz de su madre volvió a recorrer los rincones recónditos de su memoria para asistirle cuando más lo necesitaba.

Sonrió y siguió el consejo de su subconsciente.

El sonido apagado que había oído al bajar a la galería retornó con más fuerza.

Ander escuchó con atención. Era una voz humana, sin duda.

Alguien recitaba o cantaba a voz en grito.

Aceleró el paso, con el cable negro como guía.

Pasó por varias aberturas que, desde la galería, se adentraban en otros lugares de la montaña, y comenzó a correr al vislumbrar destellos de luz amarilla al final del pasadizo.

De no haber sido por sus reflejos, habría caído de cabeza por el terraplén que salvaba la distancia existente entre la galería de la que provenía y la gran sala que se extendía ante sus ojos.

En el último instante, sus pies resbalaron sobre el suelo húmedo y Ander cayó de culo sobre la piedra.

La Gran Sala era, en sí misma, un espectáculo capaz de subyugar los sentidos de cualquiera.

De una grandeza descomunal, su techo estaba repleto de estalactitas que continuaban su camino hacia el suelo con la paciencia que solo poseen las montañas.

Unos focos dispuestos en todo el perímetro iluminaban desde el suelo hasta lo más alto, generando la reconfortante sensación de que la luz emanaba del corazón de la tierra, como si se tratara de una luz que bendecía a sus hijos y a sus hijas como un maná frente a la maligna oscuridad.

A ambos extremos de los congregados, sendos pebeteros soportaban unas llamas danzarinas que parecían bascular al son del murmullo de los presentes.

Varias pilas de antorchas apagadas descansaban a sus pies.

Sintió un vértigo irrefrenable al ver la cantidad de personas allí reunidas.

Se trataba de una verdadera congregación que asistía extasiada a las palabras que recitaba una mujer que, ataviada con una vestimenta llamativa, sujetaba sobre su cabeza un bebé recién nacido al que aún le colgaba un pedazo del cordón umbilical.

Ander comprendió que el nacimiento de esa criatura habría tenido lugar poco antes en el paritorio del caserío.

Los trapos empapados de sangre que había visto debieron de utilizarse en su parto.

El inspector sacó la pistola y se dispuso a terminar con todo aquello.

No pensaba permitir que la criatura sufriera ningún daño.

Bajó por el terraplén, pero, cuando iba a detener la ceremonia, el poderoso timbre de aquella mujer le detuvo en seco.

Ander abrió los ojos atónito.

—¡Madre Tierra! Misericordiosa madre que gobiernas el universo. La que camina delante del perdido, la que ama a sus hijos, la que imparte justicia a los que sufren. Sin ti, el río no fluirá con fuerza. Sin ti, los prados no alimentarán a los hambrientos rebaños.

La criatura recién traída al mundo extendía piernas y brazos en un intento de abrazar algo más consistente que el aire.

—¡Oh, Madre Tierra! —continuó la mujer—. De ti venimos y a ti volvemos. Concede a esta nueva vida tu fuerza ancestral.

Pronunciadas esas palabras, la sacerdotisa posó al niño sobre el suelo desnudo.

Al sentir el contacto con la piedra fría, comenzó a llorar desconsolado.

En contraste con ese llanto, la congregación manifestó su alegría mediante exclamaciones e irrintzis .

[14] La acústica de la Gran Sala actuó como una caja de resonancia que devolvía el sonido multiplicado.

Pronto el estallido de júbilo lo inundó todo.

Pero Ander no parecía escucharlo. Su mirada se había quedado enredada en los ojos de la anciana sacerdotisa; uno negro, otro verde esmeralda.

Bajó los brazos y avanzó hasta mezclarse entre la gente, que le dejaba pasar sin oponer resistencia.

Reconocía muchas de esas caras que le mostraban sus respetos con una leve inclinación de la cabeza.

Eran habitantes del valle. Ancianos, jóvenes, mujeres, hombres; todos unidos por igual, sin distinción.

La sacerdotisa alzó de nuevo al bebé y se lo pasó a una mujer de una palidez evidente, que llevaba sobre sus hombros una gruesa manta bermeja.

Esta tomó al niño con dulzura y siguió a la sacerdotisa hasta un pequeño arroyo que partía la Gran Sala en dos.

La anciana tomó un recipiente de barro cocido del suelo y lo introdujo en el agua cristalina.

Luego se incorporó y se situó junto a la madre y el niño.

—¡Gran Madre! Esta es el agua primordial.

El líquido que fluye de tu vientre generoso.

Por el poder de este, concédele a tu nuevo hijo una vida larga y próspera.

Permite que crezca con vigor y generosidad, que ayude al necesitado como tú lo haces, que guíe al perdido como tú lo haces, que alimente al hambriento como tú lo haces.

¡Madre Tierra! Permite que viva y aguarda gozosa al día en que vuelvas a abrazarle en tu seno.

Vertió el agua sobre el cuerpo del bebé, que volvió a llorar con fuerza. Luego dejó el recipiente en el suelo y besó la cabeza del niño. La madre se agachó respetuosamente ante ella y se apresuró a envolver al recién nacido en su mantita.

La gente comenzó a abrazarse, contagiada por la emoción. Ander alcanzó el altar ceremonial, poco más que un terraplén artificial de apenas cinco centímetros de grosor levantado en el centro de la Gran Sala.

Le temblaba el cuerpo entero. Su turbación no le permitía articular palabra alguna. Se limitó a quedarse quieto detrás de la anciana sacerdotisa, aguardando a que esta terminara de felicitar a la madre y al padre, que se había incorporado al acto en el altar en el último momento.

Las miradas furtivas de la pareja llamaron la atención de la anciana, que giró levemente la cara, lo suficiente para que Ander pudiera ver una sonrisa formándose en sus labios. Completó el giro y quedó frente a él.

El inspector sintió que el corazón se le detenía.

— Banekien etorriko zinela, seme. [15]

Avanzó hacia Ander con paso lento y le envolvió entre los brazos.

Treinta y seis años después, madre e hijo volvían a fundirse en un abrazo.