MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 47 #2
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Capítulo 47 #2

El destino quiso guiñarle el ojo. En una de esas combinaciones de suerte y planificación que raras veces suceden, la acción se desarrolló según lo previsto por el inspector.

Endika mordió el señuelo y disparó tres veces hacia el lugar por donde volaba la linterna del inspector.

Todo sucedió demasiado deprisa. El agente se percató de su error fatal al instante de apretar el gatillo.

Pero la orden había volado hacia el cerebro y ya no había marcha atrás.

El silenciador ocultaba el sonido. Pero los destellos de las deflagraciones expusieron su posición. A esa distancia Ander no fallaba nunca.

La bala de Ander atravesó el cuello de Endika, que cayó pesadamente hacia atrás, golpeándose contra la pared.

Ander corrió hacia él, recuperando la linterna en el camino. El haz redondo de luz blanca mostraba a Endika recostado, apoyado contra la pared y con las gafas de visión nocturna aún puestas. De su boca abierta manaba sangre a borbotones. Había recibido un impacto letal.

Ander se agachó y le quitó las gafas. No tendría más de treinta años. Era un muchacho. Sus ojos bizqueaban cegados por la luz de la linterna. Ander la apartó ligeramente. El chico movía la cabeza como si quisiera decirle algo.

Se acercó a su cara. Entre estertores, Ander logró oír, sin ningún atisbo de duda, las palabras del sicario.

— Iluntasunean itzalik ez . [13]

La boca se quedó abierta en una mueca despectiva al terminar la frase. La sangre seguía manando, pero con menor intensidad. Los ojos se quedaron fijos, mirando a la nada, a la oscuridad que se cernía desde las vigas del caserío Unzurrunzaga.

Estaba muerto.

Ander le registró la chaqueta en busca de su documentación. Deseaba que su sospecha no se confirmara. En un bolsillo interior encontró la cartera. La iluminó y allí estaba. La credencial que le acreditaba como miembro de la policía autónoma.

—¡No! —Le vino a la cabeza la imagen de Moncho Lopategui sin vida, caído del mismo modo que Endika.

Ander se golpeó con el mango de la linterna en la frente.

Creía haber cortado la cabeza a la serpiente, pero había medido mal el alcance de la organización. No era una sierpe cualquiera, sino una hidra que se regeneraba tras cada golpe.

Se guardó la identificación de Endika en el bolsillo del pantalón y corrió hacia el lugar en el que yacía Miren. Le tomó el pulso con el alma en vilo. El corazón de la agente latía de forma regular. Tan solo estaba inconsciente, como había dicho el itzala .

Ander la alzó en brazos y se dirigió hacia las escaleras.

Recordó el sofá del salón y, con sumo cuidado, descendió los peldaños iluminando el camino con la linterna.

Miren se quejaba a cada paso, todavía inconsciente.

Al llegar, apartó la sábana que cubría el mueble y la depositó con delicadeza sobre él.

Después se dirigió hacia la cocina. Encontró un juego de vasos en una alacena.

Antes de llenar uno, dejó que el agua corriera por el fregadero atestado de trapos ensangrentados.

Se acercó a Miren y humedeció sus labios con un pañuelo empapado.

La agente reaccionó, pero no volvió en sí.

Ander se acuclilló frente a ella, con la cabeza entre las manos, sopesando la situación.

Era consciente de que tenía que llamar a una ambulancia, pero también sabía que en esa casa se escondía la respuesta a las preguntas que le habían atormentado durante toda la vida.

Angustiado ante el dilema, comenzó a dar vueltas por la sala.

Entre zancada y zancada, un destello percibido por el rabillo del ojo llamó su atención.

Provenía de la tronera por la que se filtraba la escasa luz solar de la estancia.

Ander se acercó intrigado. La rendija dejaba entrever una máquina que le resultaba familiar.

Salió corriendo del caserío y rodeó la esquina.

Un pequeño cobertizo adosado a la fachada norte ocultaba un grupo electrógeno de grandes dimensiones, propulsado por motor diésel.

Debía de ser un aparato de última generación porque estaba funcionando sin apenas hacer ruido.

Ander siguió con la mirada las dos conexiones que salían de la máquina.

Un cable grueso trepaba por el muro hasta entrar por una hendidura en la sillería a la altura de la primera planta.

El inspector dedujo que alimentaría el paritorio.

Un segundo cable recorría el pie de la pared norte hasta entrar en la casa a través de otro agujero perforado en el muro a la altura del salón. Regresó a toda prisa al interior del caserío.

Lo recibió la atmósfera opresiva de la estancia en la que Miren se retorcía de dolor.

Ander acarició el móvil en el bolsillo. Los párpados de su compañera se movían agitados, libraba una lucha titánica.

El inspector se mordió el labio inferior.

La situación era difícil, pero confiaba plenamente en la fortaleza de la agente.

Negó con firmeza. Tenía que seguir la pista. Ya aclararía sus diferencias con la ética profesional en el futuro.

Pegó la cabeza al rodapié y recorrió toda la pared en busca del orificio que se había practicado desde el exterior. Llegó a la esquina sin apreciar señal alguna. Desesperado, descargó un puñetazo sobre el rugoso papel pintado de la pared.

Sonó a hueco.

Ander se desplazó dos metros hacia la derecha y repitió el golpe.

Hueco.

Barrió con la linterna el resto de la pared hasta llegar a la librería. Enfocó al suelo, y entonces lo vio. Camuflados con el color del parqué, dos largos raíles partían desde la librería hasta donde él se encontraba.

El tiempo se ralentizó en el interior de la casona.

Ander percibía cada latido, cada bombeo de su corazón.

Notaba la sangre circulando por las venas y los pulmones portando el aire viciado a los bronquiolos.

Caminó hacia el extremo opuesto de la librería y empujó con todas sus fuerzas.

Lentamente al principio, pero con ligereza después, el mueble se desplazó por la pared, dejando a la vista el vano negro de una puerta.

Al otro lado, la oscuridad le observaba.

Se quedó paralizado frente a esa boca de lobo.

Durante un segundo, sopesó dar la vuelta y huir.

Pero no podía hacerlo. Había llegado muy lejos para abandonar ahora.

Alumbró la negritud que se extendía ante él y atravesó el dintel. Una escalera de piedra tallada se internaba en el abismo. Ander cerró los ojos, inspiró el aire que emanaba del hueco de la escalera y sonrió.

Ese olor también le era familiar. El aroma de las entrañas de la tierra.

Comenzó a descender los peldaños.