Capítulo 47
Bajaron hacia el caserío de Unzurrunzaga, atravesando el mar de hierba y flores silvestres de tallo alto.
Las corolas multicolores de los pocos brotes que seguían indemnes a esas alturas del mes de junio rozaban sus piernas.
Ander inspiró la fragancia, y el olor le transportó a ese mismo lugar, pero en un momento lejano en el tiempo.
Bastó la esencia de las flores del prado para hacer saltar las cinchas que mantenían el recuerdo prisionero en un rincón inaccesible de su memoria.
En ese momento, comprendió el significado de las palabras de Julia: su memoria cautiva emergía del pozo del olvido.
Ander se entregó a la reminiscencia del pasado, se aferró a ella como si de una silla de montar se tratara y cabalgó hacia su tierna infancia.
—Yo he estado aquí —susurró el inspector, volviendo a la realidad.
Miren asintió en silencio. Por el momento, bastante tenía con sus propios padecimientos y con la lucha interna entre su devoción por los procedimientos policiales y la fe inquebrantable en su jefe. La lid era intensa y su ceño fruncido así lo atestiguaba.
—¿Soportas bien el dolor? —preguntó Ander, a quien no le había pasado desapercibida su expresión de sufrimiento.
—No te preocupes por mí —le tranquilizó.
—De acuerdo. —Ander volvió a echar mano del juego de ganzúas y se agachó frente a la cerradura oxidada del caserío—. Recuerda, no estás obligada a seguirme. Yo asumo toda la responsabilidad de lo que suceda a partir de ahora. Si quieres, quédate aquí fuera y vigila por si alguien se acerca.
Miren sacó una linterna y su arma reglamentaria, e introdujo una bala en la recámara.
—Ni hablar. ¿Recuerdas lo que le dijo Nekane a Garde de su relación con Arregui? Eran un equipo, y los equipos ganan y pierden juntos. Pues lo mismo pasa con el Grupo 4, jefe. Somos uno, y ganamos y perdemos juntos.
Un brillo en la comisura del ojo de Ander delató la presencia de una lágrima. Sonrió a su compañera durante un intenso instante, orgulloso de tenerla a su lado. Luego se giró y empezó a manipular la cerradura.
Costó más de lo habitual, pero, al final, lograron entrar.
Un fuerte olor a desinfectante les dio la bienvenida.
Encendieron las linternas y avanzaron con las armas en alto por el amplio recibidor, que daba a una escalera central que conducía a la única planta.
Esta se desplegaba en una doble galería desde la que se veía el zaguán.
Más arriba únicamente se atisbaba un techo elevado surcado de multitud de vigas a la vista, como el esqueleto de un pecio hundido en el fondo del mar.
Aguzaron el oído. Nada. El silencio y la oscuridad dominaban la antigua casa torre.
Los haces de sus linternas barrían el espacio desde distintas direcciones, creando una danza lumínica absorbente.
Registraron la planta baja, ocupada por completo por el vestíbulo, una gran sala con un imponente sofá cubierto con sábanas blancas enfrentado a una antigua librería vacía de grandes dimensiones.
Una cocina mostraba signos de actividad reciente.
En el fregadero, un cubo rebosaba de paños ensangrentados.
—Sangre fresca —susurró Miren señalando uno de los trapos empapados.
Ander lo observó preocupado. ¿De dónde había salido toda esa sangre?
Quitó el seguro de su arma y dirigió sus pasos hacia la escalera.
Una vez en el primer peldaño, tocó el codo de su compañera y le hizo un gesto con la cabeza para que subiera hacia la galería de la derecha.
Él se adentraría en la opuesta. Las galerías cruzaban la planta de la casa de este a oeste, albergando tres estancias a cada lado en una perfecta simetría.
Miren empujó la manilla de la primera puerta y, sintiendo las costillas como cuchillas afiladas que atravesaban sus pulmones, entró apretando la mandíbula, con el arma en alto.
La linterna alumbró las paredes desnudas de una estancia totalmente vacía.
Las marcas en el parqué denotaban que, una vez, esa habitación había albergado muebles.
Se acercó a la pared y pasó la mano por el papel desconchado de la superficie.
También mostraba hendiduras donde, probablemente, colgaron cuadros o estantes.
Continuó con la inspección de la siguiente habitación.
Ander ya había registrado las dos primeras estancias con el mismo resultado que Miren, cuya luz veía oscilar por la galería de enfrente.
El inspector sentía una presión creciente en el pecho.
Era evidente que él había estado en esa casa, pero, por más que lo intentara, no lograba recordar el instante preciso.
Su memoria no conseguía devolverle imagen alguna.
Tan solo la silueta fugaz de su madre llamándole desde el vano de la puerta de entrada le aseguraba que años atrás él pisó ese mismo suelo.
Caminaba escrutando el área con tiento. Con todos sus sentidos puestos en la oscuridad que se abría paso a la luz delante de él. Sentía la adrenalina a flor de piel. Empujó la última puerta y se quedó perplejo al observar lo que esa habitación albergaba.
Miren salió de la tercera habitación vacía y vio cómo su compañero se quedaba paralizado en el umbral de la última estancia.
Intrigada, se precipitó al rellano de la escalera.
No se percató de la sombra a su espalda hasta que fue demasiado tarde.
El instinto de supervivencia le envió un aviso del peligro inminente en forma de escalofrío recorriéndole la espalda.
Se giró y trató de alzar el arma, pero un fuerte golpe en la cabeza la dejó inconsciente en el suelo.
Ander no podía creerse lo que estaba viendo.
La habitación había sido acondicionada en su totalidad como un pequeño paritorio.
En el techo, una enorme lámpara circular, articulada por un brazo metálico, dirigía su ojo luminoso a una silla obstétrica cubierta por unas sábanas manchadas de sangre.
La luz de la linterna bajó por la silla hasta llegar al suelo repleto de gasas y restos orgánicos propios de un parto.
A la izquierda, una mesa auxiliar metálica con ruedas contenía, sobre su superficie cromada, instrumental quirúrgico y material de protección.
La pared trasera estaba repleta de enchufes y tomas diversas de las que sobresalían tubos y cables.
Mareado, Ander salió y apoyó los brazos en la barandilla de la galería. Inspiró tres veces en profundidad y alzó la cabeza.
—¡Miren, tienes que ver esto!
Las últimas palabras aún cruzaban el espacio que las separaba de la galería enfrentada cuando Ander percibió una luz extraña al otro lado. Instintivamente, echó el cuerpo al suelo una décima de segundo antes de que la bala impactara en el lugar que había ocupado su cabeza hacía unos instantes.
El cerebro del inspector comenzó a procesar la información a toda velocidad.
No había oído la detonación. El arma había sido disparada con silenciador.
«¿Un sicario? ¿Qué ha sido de Miren?». Los pensamientos se le agolpaban atropellados como una pila de contenedores en un buque de mercancías.
El murete que sostenía la balaustrada le ofrecía una buena cobertura.
Sin embargo, Ander sabía que el tirador era un hombre experimentado, no un novato alocado.
Se había limitado a disparar una sola vez, con un tiro certero.
Ahora aguardaba paciente a que el inspector cometiera un error.
Giró el cuello hacia arriba y habló a pleno pulmón.
—¿Sabes quiénes somos?
Silencio.
—Somos policías.
—Lo sé. —La voz de Endika no pudo ocultar su excitación. Lo tenía acorralado, como a un zorro en una batida—. Inspector Ander Crespo y agente Miren Zarandona, del Grupo 4 de Homicidios de la Ertzaintza.
Ander sintió un vuelco en el corazón. El hombre estaba llevando a cabo un encargo.
—¿Qué le has hecho a Miren?
El silencio que sucedió a la pregunta no hizo más que aumentar la sensación de opresión en el pecho de Ander.
Notaba la respiración agitada, superficial.
Poco a poco, revertió la situación mediante la aplicación de técnicas de relajación.
No lograría salir de aquel atolladero si no conseguía pensar con claridad.
—Ella está bien. No he querido matarla, tan solo está inconsciente. Es una preciosidad, habría sido una pena que muriera. Sobre todo, teniendo en cuenta que el objetivo eres tú.
El origen de la voz provenía de un punto diferente. Se estaba moviendo.
El sicario debía de llevar unas gafas de visión nocturna, ya que la oscuridad lo cubría todo y nadie podía disparar con esa precisión sin ver el blanco. La luz extraña que Ander había visto sobre la balaustrada contraria habría sido el reflejo de las lentes del dispositivo.
El tiempo apremiaba. Tuvo una idea. Peregrina, como todas las que se tienen cuando la muerte viene a por ti. Un requiebro al destino con pocos visos de salir bien, con una probabilidad ínfima de prosperar. Pero a esa probabilidad nimia era a la que se tenía que aferrar para seguir con vida.
Situó la linterna bocabajo, apoyada contra el suelo, y la encendió.
El viejo parqué absorbió toda la luminiscencia.
Luego se colocó de rodillas sin asomar la cabeza por encima del antepecho, aferró la pistola con fuerza y respiró la que podía ser su última bocanada de aire.
Tiró los dados y esperó a que la jugada saliera bien.
Con un movimiento fugaz, lanzó la linterna cinco metros hacia un lado, en dirección a las escaleras.
Al mismo tiempo, abandonó su posición segura y se irguió sobre la balaustrada para tener una buena visual de la galería de enfrente.
Apretó la mandíbula esperando el impacto de la bala en cualquier momento.