MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 46
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Capítulo 46

Los potentes prismáticos ampliaban la imagen de los dos ertzainas, provocando en Endika la inquietante sensación de tenerlos a escasos metros de su posición, cuando, en realidad, se encontraban a más de medio kilómetro.

Azorado, pegó el cuerpo aún más contra el suelo y dejó que la maleza le envolviera por completo.

Apoyó el móvil contra el tronco del árbol en el que reposaba su costado izquierdo y verificó la identidad de los dos policías que avanzaban hacia una depresión pronunciada en el ya de por sí irregular terreno de la floresta.

Guardó los binoculares en el petate y sacó el silenciador casero.

Adoraba fabricar sus propios accesorios, perfeccionar sus armas.

Desde pequeño había soñado con dedicarse a la industria armamentística, ser ingeniero mecánico, diseñar armas, trabajar para una de las grandes empresas del sector.

Sueños de grandeza, sueños de un futuro feliz que pronto se evaporaron ante su incapacidad de permanecer concentrado mientras los profesores recitaban la lección.

Endika fue un niño hiperactivo, un niño incomprendido abocado al fracaso escolar por culpa de un sistema educativo que solo aceptaba lo estándar, que fabricaba estudiantes con el mismo molde.

Acopló el silenciador a la Glock que le había dado Sahagún para la misión.

«Esto te convertirá en un auténtico itzala .

No nos defraudes». Aquella amenaza velada fue acogida con regocijo por Endika.

No en vano su vida se movía en el filo de la navaja, y asumir las consecuencias del fracaso era más que aceptable si a cambio lograba integrarse en una organización en la que por fin encajara.

Un lugar donde podría desarrollar todo su potencial y mostrarle al mundo aquello que llevaba dentro; ese odio inmenso que solo precisaba que se abrieran las esclusas para inundar la sociedad.

Un venado pasó a diez metros de su posición.

Avanzaba con la cabeza gacha, olisqueando el follaje, tomando lo que le resultaba sabroso, dejando el resto.

Endika contuvo la respiración, sus ojos oscilando al compás de los movimientos rítmicos de la cabeza del ciervo.

Algo debió de percibir el animal, porque alzó su testa y miró hacia donde se ocultaba el ertzaina.

Sus ojos castaños atravesaron la espesura hasta encontrarse con la mirada estupefacta de Endika.

Esa conexión le transportó al instante en el que Sahagún le aferró la muñeca con la que sujetaba la Glock que le acababa de dar en su despacho y, afilando la mirada, le preguntó: «¿Estás preparado para el desafío, hijo?

». El jefe debió de quedar satisfecho con lo que percibió, pues soltó la mano sin más y esbozó una sonrisa de aprobación.

Endika estaba más que preparado para abrazar las sombras y sumirse en la oscuridad.

El ciervo olió el peligro y salió trotando entre los árboles.