MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

—¿Qué sentido tiene eso? ¿Por qué haría algo así? —preguntó Miren incrédula.

Ander se encogió de hombros. Se mesó el cabello, reclinándose en la silla.

—Eso mismo me gustaría saber a mí. Creo que todo está relacionado con mi madre y su desaparición.

Miren se levantó con esfuerzo, movió una pila de expedientes que reposaban sobre la mesa y tomó del fondo una carpeta fina.

—Toma. —Le pasó la carpeta a Ander y guardó silencio.

El inspector no necesitó preguntar nada.

Sabía lo que albergaba esa ligera carpeta de cartón.

La cogió y la posó sobre su regazo. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo.

Le había costado mucho tiempo digerir la muerte de su hermana pequeña.

Asumirlo era una quimera, jamás lo lograría.

Entre otras cosas, porque él no lo permitiría.

El dolor en el corazón, la espina que le atravesaba el alma por la pérdida de su querida Enara debía perdurar, porque solo así mantendría la llama de su recuerdo viva.

Era un sacrificio muy pequeño que él estaba más que dispuesto a afrontar.

Abrió la carpeta.

Contenía dos partidas de nacimiento. La de Enara estaba escrita a mano con una caligrafía preciosa.

Enara Crespo Linaza. Nacida el 7 de agosto de 1980 en A. L. B.

Ander pasó la yema del dedo sobre el nombre de su hermana. Una caricia a un simple trozo de papel que a él le reconfortó como un abrazo fraternal. Dejó la hoja a un lado y sacó la segunda, su propio certificado de nacimiento.

Ander Crespo Linaza. Nacido el 21 de diciembre de 1971 en A. L. B.

—Los dos pertenecéis al grupo de paganos al que se refería el padre Remigio.

Ander arqueó la ceja. ¿Qué significaría ese acrónimo? ¿Sería un nombre y sus apellidos? ¿Un código oculto?

—Tenemos que hablar con la mujer que te mencionó Aterpe por primera vez.

—¿Guillermina Latasa?

—Sí.

—¿Estás seguro de eso? Recuerda que llamó bruja a tu madre. Dijo que era una sorgina .

Ander se puso en pie y le guiñó el ojo.

—A mí no me lo mencionó —dijo Ander con una media sonrisa que creaba una trama de arrugas en la comisura de sus ojos—.

Guillermina sabía más de lo que contó. Si el precio de conocer más sobre Aterpe y, quizá, sobre el significado de A.

L. B. supone tener que escuchar que mi madre era una bruja o algo peor, podré soportarlo.

Miren cogió la chaqueta del respaldo de la silla y se la puso con movimientos lentos, calculados. Ciñó la cartuchera a la cintura y ajustó la visera a la cabeza.

—De acuerdo, pero pasemos antes a comer algo. Tengo un hambre voraz.

Enfilaron rumbo al valle de Atxondo tras dar buena cuenta de sendos pintxos de tortilla, unas pulgas de jamón de bellota y varias raciones de croquetas. La mente acostumbraba a mostrar mayor estabilidad después de recibir un aporte calórico suficiente. O eso pensaba Miren.

La cumbre rocosa de Astxiki les dio la bienvenida cuando aparcaron el coche frente al caserío de Guillermina Latasa.

Ander bajó del coche de un salto y se apresuró a abrir la puerta de su compañera para ayudarla a salir de la cabina.

Miren desistió en su intento de tratar de incorporarse por su cuenta al sentir una punzada aguda en el costado que la detuvo en seco.

Apretó los dientes y se aferró al brazo que le ofrecía su jefe.

—Gracias —dijo la joven una vez que posó el pie en el césped perfectamente segado del terreno de Guillermina.

Los árboles cercanos abrigaban con sus sombras uno de los laterales del elegante caserío—.

Cuando vine con Mikel, ella estaba en el invernadero de allí.

—Señaló la parte trasera de la vivienda.

—Vayamos, entonces.

Avanzaron por la alfombra verde hasta llegar al invernadero.

Miren agradeció el aire puro proveniente de las cimas de las peñas.

Los pulmones no tardaron en apreciar la diferencia con el ambiente viciado del sótano del Registro de Durango.

El sonido de unas cadenas deslizándose sobre la piedra del porche antecedieron los ladridos violentos de un perro de expresión amenazadora.

Las babas le colgaban del hocico y sus ojos se clavaron en los ertzainas como si pudiera despedazarlos con la mirada.

Un joven salió del interior del invernadero y le chilló al perro.

— Isildu zaitez, Saturno ! [11]

El animal bajó las orejas y se apresuró a regresar a su esquina, emitiendo ladridos lastimeros.

El muchacho vestía una camisa a cuadros verdes y blancos, remangada y desabotonada casi hasta el ombligo. Los pantalones de pana estaban manchados de barro y verdín, y en la mano derecha portaba una hoz herrumbrosa apuntando hacia el suelo.

— Egun on! ¿Me he metido en problemas, agentes?

—El chico se apartó el flequillo de la cara, mostrando un rostro de facciones angulosas.

La frente ancha aparecía surcada de arrugas finas, mientras que el mentón pronunciado le dotaba de un aspecto regio, nada coherente con la tarea de agricultor que estaba realizando.

—Buscamos a Guillermina Latasa —se limitó a contestar Ander de forma lacónica.

—Es mi abuela. No está aquí.

—¿Dónde está? —preguntó Miren.

El chico se encogió de hombros y apoyó la hoz en el suelo.

—No lo sabemos. Mi abuela suele hacerlo muy a menudo. Un día está y al otro desaparece durante un mes sin dar señales de vida. Mi padre dice que lo ha hecho desde que él era pequeño.

Ander emitió un gruñido de desaprobación.

Aquella explicación no tenía ni pies ni cabeza.

¿Cómo se entendía, en una sociedad tan machista como aquella, que una mujer abandonara a su familia?

El instante en que esa pregunta surcó su mente, la imagen de su madre penetrando en el bosque le vino a la cabeza.

Ahí tenía la respuesta. En Atxondo ese tipo de desaparición parecía más común de lo que uno pudiera imaginar.

—Bueno, da igual. Quizá tú puedas ayudarnos —resolvió Miren—. ¿Te suena el nombre de Aterpe?

El rostro del chico dejó clara su ignorancia.

—¿Y las siglas A. L. B.? ¿Sabes a qué pueden referirse? —insistió la agente.

—Lo desconozco. Lo siento, no tengo la menor idea de lo que me están hablando. Tal vez deban esperar a que mi abuela regrese para preguntárselo a ella.

—¿Qué hay del caserío Unzurrunzaga? —preguntó Ander.

—¿Qué pasa con él?

—¿Sabes dónde está?

—¿Acaso usted no? —La respuesta insolente del chico cogió desprevenido a Ander, que se lo quedó mirando fijamente, con la esperanza de reconocer sus rasgos de otra ocasión, de un pasado remoto.

—La verdad es que no —terminó por confesar el inspector.

El muchacho se echó la melena hacia atrás y dejó que los rayos de sol acariciaran su cutis atezado.

—Quizá sea porque ha preferido olvidar parte de su pasado, señor Crespo —dijo con una sonrisa irónica.

—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó Ander frunciendo el ceño.

—Vivimos en una comunidad pequeña.

La expresión divertida del joven incomodó aún más a Ander, que comenzaba a sentir que la tierra se movía bajo sus pies. Optó por centrarse en la tarea y dejar los sentimientos a un lado.

—Bueno, da lo mismo. Dime, ¿dónde está ese caserío?

Minutos más tarde, Ander y Miren circulaban por una carretera comarcal en desuso que atravesaba varios terrenos de pasto y desembocaba en una hondonada pegada a la imponente masa rocosa del Amboto.

El chico les había indicado bien el camino.

Al fondo de aquella depresión se erigía una casa cuadrada, al estilo de las casas torre fortificadas de la Edad Media, hecha de una piedra robusta y bien asentada, y con una serie de troneras abiertas a intervalos regulares de tres metros que la circundaban por completo.

El tejado mostraba señales de abandono y falta de mantenimiento.

Desde el exterior daba la sensación de estar deshabitada. Su ubicación la convertía en invisible, solo llegaría hasta ella quien conociera con precisión aquello que buscaba.

—El caserío Unzurrunzaga —anunció Miren con solemnidad.

—Allí dentro están las respuestas a nuestras preguntas —sentenció Ander.

Miren entrecerró los ojos tratando de apreciar movimiento o señales de vida entre las rendijas inescrutables de las ventanas estrechas.

Lo único que parecía dotado de vida en ese entorno eran las ardillas, que saltaban entre las ramas más largas del gran roble que protegía a la casona de la furia del sol.

—Volvamos a Bilbao a pedir una orden judicial. Con un poco de suerte, mañana a primera hora podremos entrar.

Ander expulsó aire sonoramente por la nariz a modo de mofa.

—No vamos a hacer eso. Vuelve tú, llévate el coche. Yo voy a entrar.

Su mirada fría no admitía objeción. Estaba decidido a llevar a término su plan y Miren sabía que cuando eso sucedía no había nada ni nadie que pudiera detenerle.

—Sabes que si allanas el caserío nada de lo que encuentres dentro podrá ser utilizado en un juicio como prueba, ¿verdad?

Ander asintió. Se volvió hacia su compañera y la cogió cariñosamente de los hombros.

—Yo no necesito pruebas, Miren. Necesito respuestas.

La soltó y descendió por la pendiente que conducía a la entrada de la casa.