MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

La silla la estaba matando.

No importaba cuántos cojines le hubieran proporcionado para acomodarse a ella; llegaba un momento en el que el cuerpo, simplemente, se negaba a permanecer en esa postura durante más tiempo.

Su espalda se burlaba del parapeto almohadillado formado a su alrededor y comenzaba a castigarla con agudos pinchazos por todo el torso.

Miren trataba de mantener una respiración superficial para no inflar los pulmones en exceso y así evitar recordarles a las costillas lo magulladas que estaban.

Todo en vano. Llegados a ese punto, la disyuntiva radicaba en ponerse en pie o morir de dolor.

Se levantó con esfuerzo, apoyándose con mucho tiento en los brazos de la silla.

Las costillas flotantes crepitaron como beicon al fuego al dirigir los primeros pasos hacia el largo pasillo que comunicaba el almacén del Registro de Durango con las escaleras de acceso a la planta baja.

Unos metros escasos que se conocía como la palma de la mano.

Había dedicado las últimas horas a cribar las partidas de nacimiento y, a pesar del árido comienzo, parecía que la imagen que el padre Remigio quiso mostrarles comenzaba a tomar forma.

En el fondo, Miren había llegado a comprender al cura.

Arraigado en la comunidad desde su más tierna juventud, el clérigo se movía entre la rabia por no haber podido evangelizar el valle al completo y su rechazo a la delación de los actos cometidos por esa misma gente a la que, en última instancia, consideraba ovejas descarriadas de su rebaño.

Se negaba, pues, a echar piedras contra su propio tejado.

Un dilema con el que Miren era capaz de empatizar.

Aunque también había temor. Algo o alguien parecía refrenar la lengua del sacerdote. La comunidad ejercía una ascendencia asfixiante en el párroco que la agente no podía pasar por alto. La sombra del miedo era demasiado alargada en el caso de Remigio.

Miren se estiró en el rellano de la escalera y procedió a realizar los ejercicios de rehabilitación que le habían enseñado en el hospital.

Resultaban más dolorosos que no hacer nada; sin embargo, la agente sabía muy bien que el camino hacia el éxito estaba minado con pruebas que exigían dar lo mejor de uno mismo.

Esa máxima de que «no hay beneficio sin dolor» se le ajustaba como anillo al dedo en ese momento.

Pero no era el dolor físico lo que la tenía sumida en un estado de ansiedad desde primera hora de la mañana.

Un mensaje en el contestador había tenido la culpa.

A altas horas de la noche, mientras su cuerpo reposaba ayudado por un potente relajante muscular, Miren había recibido una llamada de Ander.

El inspector había encontrado una pista «relevante», utilizando sus propias palabras, sobre la autoría de la colisión intencionada en Mekatzeta.

Le inquietó su voz. Conocía bien el tono que adoptaba su jefe cuando un caso avanzaba hacia su desenlace.

Supuraba adrenalina. En esta ocasión, para su sorpresa, las palabras del inspector denotaban hastío y decepción.

Al final le avanzó que se pasaría por Durango a primera hora de la mañana.

Ese fue el motivo por el que Miren decidió levantarse mucho antes de que rayara el alba.

Quería sumergirse en los últimos expedientes del registro que le quedaban por comprobar.

Tenía la intuición de que, cuando Ander se presentase en el lugar, su trabajo ahí habría llegado a su fin.

A las seis de la mañana, armada con un termo a rebosar de café, se personó ante el vigilante de seguridad del Registro de Durango.

Envió su ubicación al móvil de Ander y se adentró en el sótano del edificio.

Llevó a término el último ejercicio dirigido a la rehabilitación pulmonar y regresó a su asiento de torturas.

El tenue zumbido del aire acondicionado se convirtió en la banda sonora de la búsqueda.

Había hallado una correlación que podía ser relevante, una tipología de nacimientos.

Todas las criaturas dadas a luz en el valle de Atxondo en los últimos cuarenta años lo habían hecho, o bien en un hospital o clínica, o bien en su propio caserío.

En este segundo grupo, que presentaba una incidencia asombrosamente alta del treinta por ciento, Miren descubrió un patrón: algunos certificados indicaban el domicilio en el que se produjo el nacimiento, mientras que otros simplemente consignaban un acrónimo en la casilla de lugar de nacimiento: A. L. B.

—¡Joder! No, no, no, no…

En uno de sus movimientos robóticos, Miren había desplazado con el codo el termo de café al tratar de llegar hasta un expediente distante en la mesa.

La caída acabó de soltar la tapa a medio enroscar, liberando el líquido marrón que aún quedaba dentro sobre la pila de documentos pendientes de revisión.

El agobio actuó como un potente analgésico. Miren saltó con agilidad hacia el desastre y, sin perder tiempo, secó el café con las mangas. El tufo que desprendía era horrible, pero, al menos, había logrado salvar los expedientes.

De pronto lo vio.

Poco menos que una esquina que sobresalía del montón. Para un ojo entrenado como el de Miren y una mente que ya había escrutado cientos de certificados de nacimiento, la evidencia refulgía como dos haces de luces en una noche cerrada.

Miren tiró del documento.

Jon Iñaki Arredondo Martín. Nacido el 14 de marzo de 1985 en A. L. B. Caserío de Unzurrunzaga.

Allí estaba, delante de sus narices, la llave que desbloqueaba el enigma.

La piedra de Roseta que necesitaba para cuadrar el puzle.

Algún padre, embriagado por la emoción o devastado por la escasez de horas de sueño, había cometido el desliz de indicar la ubicación exacta del lugar al que todos, incluso él mismo, habían identificado enigmáticamente como A. L. B.

—¿Es tan importante?

Miren se giró de golpe, sintiendo un latigazo de dolor que le abrazaba todo el costado. La presión de las costillas le generaba una sensación de ahogo absoluta. No podía respirar.

—Perdóname, Miren. No quería asustarte. —Ander sujetó con cuidado los brazos de la agente y los elevó para facilitar la entrada de aire en los pulmones—. Estabas tan enfrascada en tu tarea que no me has sentido llegar.

Miren trató de articular palabra, pero el intenso dolor se lo impedía.

—No te esfuerces. Tranquila. Concéntrate en respirar.

Poco a poco, los puntos luminosos que poblaban su visión fueron desapareciendo, aclarando el campo visual. El dolor también remitió, permitiéndole esbozar una tímida sonrisa y mirar a su jefe a los ojos.

—Esta ha sido fuerte. —La agente sacudió la cabeza.

—No te tenías que haber cogido el alta voluntaria. —Ander la señaló con el dedo índice—. Te lo advertí.

—¿Acaso tú no habrías hecho lo mismo?

—¿Es eso lo que quieres? ¿Repetir todos mis errores? ¿O aprender de ellos?

Miren inspiró suavemente dejando que el aire insuflara sus pulmones y pasara después a hinchar el diafragma. La primera respiración profunda en muchas horas.

—Supongo que tienes razón.

—No lo dudes. —El policía posó la mano en el hombro de su compañera—. Dime, ¿qué has encontrado?

Miren pasó a relatarle lo averiguado, sin dejar de mencionar la distinción a la que se refirió el padre Remigio al hablar de la tipología de los nacimientos en el valle. Ander frunció el ceño al escuchar eso último, aunque no comentó nada al respecto. Se limitó a guardar silencio.

Miren se percató de ello y recordó cuál era el motivo por el que su jefe había acudido a Durango. No era su investigación particular del registro, sino algo aparentemente más relevante. Al menos lo suficiente para empujarle a llamar a su subordinada a altas horas de la noche.

—¿Y tú, Ander? —La agente perdió la mirada en los inmensos ojos verdes de su jefe—. ¿Por qué has venido?

El rostro del inspector arrastraba horas de desvelo. Unas ojeras profundas que amenazaban con sepultar sus ojos en un pozo sin fondo. Derrotado, cogió una silla por el respaldo y se dejó caer sobre ella pesadamente.

—Sé quién causó el accidente que casi os mata a Alday y a ti.

Miren abrió mucho los ojos y tomó asiento frente a su superior.

—¿Quién? —preguntó con un hilo de voz.

—Fue Garbiñe Landeta.

—Espera. —Miren posó los codos en los brazos de la silla y se sentó sobre el borde del asiento—. ¿Me estás diciendo que la persona que nos sacó de la carretera fue aquella a la que tu madre suplantó la identidad?

—Así es.

Miren soltó una carcajada que le costó cinco minutos de intenso dolor. Cuando se hubo recuperado, negó con la cabeza de un modo enfático.

—Eso es imposible.

Ander sacó el móvil del bolsillo. Accedió a la galería de imágenes y le pasó el dispositivo a su compañera.

—Pasa estas fotos hacia delante. Hay unas cuantas.

Miren enmudeció al comprobar que los daños en el vehículo bien podrían haber sido causados por el impacto que lanzó su coche patrulla ladera abajo en el valle.

—¿Es el coche de Garbiñe? —acertó a decir.

Ander negó con la cabeza.

—El de su padre.

Un destello alumbró los ojos de Miren.

—Entonces quizá fuera él.

Ander volvió a hacer gestos de negación.

—Murió hace años. Fue ella, Miren. Lo sé.

Mi cuerpo, mi mente, me lo está gritando a cada paso que doy, a cada pensamiento exculpatorio, a cada requiebro de la realidad.

—Ander inspiró y soltó el aire con fuerza—.

Fue ella. ¡Maldita sea! La tuve así de cerca.

—Estiró el brazo hasta tocar a su compañera—.

Logró engañarme por completo, hacer que confiara en su ingenuidad y en su disposición a colaborar. Me lo tenía que haber imaginado.

Miren guardó silencio durante un instante. El zumbido del aire acondicionado desgranaba el tiempo como un reloj de arena.

—¿Has contactado con ella?

Ander negó con la cabeza.

—Por lo visto lleva unos días desaparecida. En el trabajo dicen que cogió vacaciones. He pasado por la que pensaba que era su casa, solo para descubrir que se trataba de una tapadera, un piso fantasma.