Capítulo 44
El trajín diurno de los talleres del palacio, tan molesto en ocasiones, pero que tanta compañía proporcionaba a las almas reflexivas, se había evaporado como la bruma del alba.
Las dependencias en las que se encontraban los aposentos reales habían sido devoradas por el silencio en aquella jornada en la que la vida de tantas personas cambiaría para siempre.
«Con un rostro hermoso y unas caderas estrechas podrás vencer algunas batallas, pero la guerra no la ganarás si a esas virtudes no las acompaña una mente sagaz y analítica».
Ese fue el consejo que le dio su madre el día en el que la vio contraer matrimonio, poco antes de partir de Yamhad.
Desde entonces muchas mujeres compartieron el lecho del monarca, de un vigor sexual irrefrenable, pero ninguna obtuvo jamás mando en plaza.
Salvo Shibtu. Ella gobernaba en la sombra.
En teoría, el monarca la había confiado el cargo de responsable del almacenamiento de los víveres a gran escala; en la práctica, sin embargo, no había ninguna decisión de calado en el reino que no llevara la huella visible o invisible de la gran reina.
Alguien llamó a la imponente puerta de madera de nogal.
—¡Adelante!
Shibtu se giró con la esperanza de que la identidad de la visitante coincidiera con la persona a la que llevaba esperando toda la tarde.
La puerta se abrió lentamente a su orden.
La cálida luz de las lámparas de aceite del corredor fue penetrando paulatinamente, a modo de cuña, extendiéndose por toda la habitación a medida que la puerta cedía.
La luz tenue de la luna iluminaba el semblante de la monarca. Una expresión de genuina alegría invadió su rostro y la impulsó a abalanzarse hacia la figura que aparecía recortada en el umbral de la puerta de sus aposentos.
—¡Adad-duri, por fin has venido! Pensé que la espera acabaría por consumirme. —Shibtu tomó por los hombros a una mujer de avanzada edad que se sostenía con el apoyo de un gran báculo de metal negro como la noche—. Pasa, por favor. No te demores en contarme las nuevas.
Adad-duri se adentró en la estancia y aguardó a que la reina cerrara la puerta para avanzar hacia un estilizado banco de madera que reposaba a los pies del lecho real.
Los reyes de Yamhad, los padres de Shibtu, habían encomendado la educación de su hija a esta sabia mujer.
Desde entonces nunca se habían separado.
El cuerpo en apariencia frágil de la chamana encerraba, en realidad, una voluntad poderosa, receptáculo de un saber ancestral que hundía sus raíces en los tiempos lejanos en los que la especie humana caminó erguida sobre la tierra por primera vez.
Milenios de acopio de acervo natural, de conocimiento del mundo vegetal y animal, de sus medicinas, de sus venenos, del arte de traer a la vida los nuevos brotes de su pueblo y de otorgarle sentido a la existencia, incluso cuando esta parecía carente de él.
Todo lo que sabía Shibtu se lo debía a ella, a Adad-duri, a quien llamaba «mi luz en la oscuridad».
—El rey está convencido, pequeña. La rueda no dejará de girar. Seguimos adelante. —Las palabras quebradas de la mujer provocaron en la reina un chillido de alegría que trató de sofocar al instante.
—¿Resultó complicado, madre? —Shibtu se dirigía a la chamana habitualmente en esos términos. La llamaba madre, pues como tal la sentía.
Adad-duri sonrió, exponiendo una dentadura a la que apenas le quedaban ocho piezas sanas.
—Nuestro señor está demasiado condicionado por los augurios y las premoniciones.
Shibtu se enderezó en el banco y tomó las manos de la mujer con firmeza.
—Precisamente ese ha sido el problema. Un sueño de última hora que le mostraba su muerte en un país extraño. ¿Cómo has conseguido conjurar sus miedos, sabia madre?
La anciana se echó la cabeza hacia atrás para poder ver mejor a su discípula. Engalanada con esa vestimenta regia parecía una auténtica diosa.
—El antídoto siempre se fabrica a partir del veneno, querida.
No tuve más que revertir el origen de su miedo a la muerte.
Donde él pensaba que moriría si huía, yo le hice ver que lo que sus dioses trataban de advertirle a través del sueño era que su reino sería un territorio extraño una vez que Hammurabi viniera a reclamarlo.
Que Adad, [10] el señor de las artes adivinatorias, le avisaba de que el rey babilonio en persona vendría a invadir nuestro reino y acabaría con su vida.
Shibtu se dio una palmada en el muslo y se puso en pie. Estaba exultante.
—¡Alabada sea la Gran Madre! Entonces todo está dispuesto. —Ofreció el brazo a la anciana para que entre ese apoyo y su báculo se incorporara—. Es hora de acudir al gran banquete.
Adad-duri negó con la cabeza. La chamana había rehuido desde siempre los actos multitudinarios, prefiriendo mantenerse en un discreto segundo plano.
El gran convite al que hacía referencia Shibtu no era más que un nuevo eslabón en el plan trazado meses atrás.
Un acto que pretendía mostrar a súbditos y enviados extranjeros por igual que el reino gozaba de plena salud y que sus monarcas se mantenían firmes a cargo de sus riendas.
Pero esa mascarada ejecutada al amparo de la noche ocultaba una realidad bien distinta. Necesitaban unos días de ventaja, y el banquete se los proporcionaría.
—Ese no es mi lugar, pequeña. Ve tú, que yo aún tengo muchos preparativos que ultimar.
Las mujeres se fundieron en un sentido abrazo.
Maestra y discípula paladeando los momentos previos a ejecutar un plan de evasión como no se había visto jamás.
Deshicieron el abrazo y se quedaron mirándose la una a la otra con emoción durante unos segundos.
Luego cada cual tomó su camino a través de los laberínticos corredores del inmenso palacio.
La gran marcha hacia lo desconocido estaba a punto de comenzar.