Capítulo 43
La tetera comenzó a pitar como un tren en un paso a nivel.
Vestido con su pijama de franela azul marino favorito, que se empeñaba en utilizar incluso en los días más calurosos de primavera, Iker Arteaga giró el portátil para poder ver su pantalla desde la cocina americana y se apresuró a apagar el fuego.
La paz regresó al salón de su coqueto apartamento.
Llevaba dos horas con el alma en vilo. Dos horas de un estrés insoportable que trató de paliar observando las nubes que el viento sur arrastraba por la bóveda azul bilbaína.
Aquella tarde, para su sorpresa, no se desató una de esas tormentas eléctricas veraniegas que durante las últimas semanas tenían a todos los habitantes de la urbe maravillados y aterrados por igual.
Observar desde la seguridad del hogar los rayos que partían el aire y arremetían cual martillo pilón sobre la tierra era un deleite.
Sin embargo, miles de años de programación genética no podían ser borrados de un plumazo.
El ser humano temía las tormentas desde tiempos ancestrales.
Por ello, cada resplandor en el cielo acarreaba una combinación contradictoria de gozo y dolor, disfrute y temor.
El aviso de un nuevo mensaje en el buzón de entrada de su correo electrónico iluminó el monitor.
Iker dejó el té a medio preparar y se aproximó trastabillando al portátil.
Había llegado el momento esperado. Su corazón latía desbocado.
Podía estar ante el momento más importante de su vida: le iban a desvelar el contenido del sello cilíndrico.
Tal y como esperaba, el emisor del mensaje era el profesor Jacob Feldman. En el cuerpo del correo electrónico, un enlace le invitaba a unirse a una sesión de videoconferencia.
Iker hizo sonar los nudillos, como acostumbraba antes de encarar algún evento importante, y clicó en la invitación. Para su sorpresa no estaban solos.
—¡Hola, querido Iker! —La entusiasta bienvenida del anciano le descolocó tanto como los ilustres nombres de las personas que los acompañaban en la reunión virtual.
Iker trató de centrarse. Debía escuchar con atención lo que Feldman tenía que decirle. Una inmensa revelación, como le había anticipado en el correo electrónico de la tarde, que le había dejado subiéndose por las paredes durante dos horas enteras.
—Sé que te debo una disculpa por haber involucrado a estos colegas en nuestra investigación clandestina, amigo mío —continuó el norteamericano reprimiendo una sonrisa—.
Pero hay un índice muy alto de probabilidad de que lo que habéis hallado en Bilbao transcienda al ámbito confidencial, Iker.
Porque, si se confirman los rumores que nos han llegado de colegas vascos, creo que estamos ante un descubrimiento equiparable al de Schliemann en Troya o al de Carter en el Valle de los Reyes.
—¿Qué? —El asombro no le permitió articular ninguna otra palabra. Escuchaba, en pleno estado de shock, el discurso de su ilustre colega, aterido por la emoción de estar protagonizando un hito histórico—. ¿De qué rumores hablas?
—Luego llegaremos a ese punto, querido. Hablemos ahora de la imagen que me hiciste llegar.
—Del cilindro. —Las palabras de Iker sonaron pastosas. Sentía que la boca se le secaba por momentos.
—Eso es. Para agilizar su transcripción correcta del acadio, me vi en la obligación de crear un grupo de eficacia contrastada y enorme prestigio académico.
Sé que los conoces a todos ellos, aunque ninguno de ellos te conoce a ti.
Esa es la medida de su prestigio. —La sonrisa, ya indisimulada, atravesó el rostro de Feldman—.
Me temo que esto os queda demasiado grande a ti y al resto de los colegas vascos.
—Tampoco creo que sea momento de discutir cuestiones de prestigio ahora que…
—Déjelo, Arteaga. —El melifluo acento francés del profesor Diderot, prestigioso asiriólogo de la Escuela de Estudios en Ciencias Sociales de París, interrumpió la frase de Iker—.
La decisión ya está tomada. A finales de semana un comité se desplazará a Bilbao con el fin de hablar con los responsables de la excavación del yacimiento.
Iker se llevó las manos a la cabeza incapaz de controlar el pánico ante el cariz que estaban tomando los acontecimientos.
Lo que inició como una consulta confidencial, aparentemente sin importancia, a un antiguo profesor había derivado en todo un abordaje pirata por parte del mundo académico de la asiriología.
Si, como parecía inevitable, todo se hacía público, sería francamente imposible eludir el hecho de que Ander había sustraído de forma irregular esa prueba.
—No entiendo, Jacob. ¿Qué me estoy perdiendo en todo esto? ¿De qué yacimiento estamos hablando? ¿Qué decía el cilindro?
—Quizá me esté excediendo en mi deber de confidencialidad, pero creo que te lo debo.
—El anciano hizo una pausa. Parecía reflexionar sobre las palabras que diría a continuación—.
Hace unas horas han encontrado en las entrañas del monte Miribilla de Bilbao un yacimiento que, si se confirma, bien podría resultar la fuente primaria de donde sustrajeron el cilindro en cuestión.
—Restos de escritura mesopotámica en el corazón de Bilbao, tiene que estar de broma. ¿Acaso no se da cuenta de que eso es un fraude? —Iker se mostraba exaltado, agitado e incapaz de detener el movimiento de pedaleo de su pie.
—Que sea o no un fraude ya se probará en el futuro, lo que ahora nos ocupa es esto. —El anciano profesor tomó un cuaderno que tenía en la mesa y lo abrió en el punto que le indicaba un marcapáginas—. El cilindro dice lo siguiente:
Zimri-Lim constructor de grandes canales, protector del gran palacio, hijo de Yahdunlim, sirviente del gran dios Dagán.
—¿¡Zimri-Lim!? —exclamó Iker.
Las risas llenaron la sala de reuniones virtual.
—El mismo, querido —dijo Jacob Feldman con una enorme sonrisa—. El hombre que osó enfrentarse al gran Hammurabi de Babilonia. El mismo del que no habíamos tenido más noticias desde la caída de su reino… hasta hoy.