MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 42 #2
78%

Capítulo 42 #2

La pose resuelta del policía hizo que el gesto de la mujer mudara de golpe. Tramas de arrugas surcaron su frente como surcos, los ojos se llenaron de lágrimas y tuvo que sujetarse una mano con la otra para disminuir el temblor.

—Lo planeó bien. Eligió el día en que su trabajo actuaría de coartada; a la hora del crimen usted estaba realizando su ronda en la residencia. Pero, claro, necesitaba un cómplice para llevar el plan a término.

Susana bajó la cabeza y sollozó en silencio.

—Lázaro fue su hombre. No sé cómo llegó a él, supongo que a través de su marido. Tal vez se enamoraron, o quizá fue más una relación de conveniencia: usted se deshacía de César y él se quedaba con parte del botín extraído de la mina. ¿Voy bien hasta ahora?

La viuda continuaba mirando a la mesa, los llantos apagados su única respuesta.

—Pero ¿cómo planificarlo? La verdad es que estuve perdido durante mucho tiempo hasta que una chispa de inspiración prendió en mí.

Lázaro no podía utilizar su teléfono para ponerse en contacto con usted, César lo podría haber descubierto en cualquier momento.

No, tenía que utilizar otra vía: un locutorio.

Gardeazabal se puso en pie, incapaz de mantenerse sentado mientras sus ideas fluían a tanta velocidad. Necesitaba sentir los músculos tan activos como la mente.

—Así que planificaron el ataque. Drogarían a César, echándole benzodiazepina en la cena, y luego Lázaro remataría la faena.

Más tarde desbalijaría el trastero y dejaría la cartera de Evaristo bajo todo ese desorden.

La culpa recaería sombre un hombre al que jamás encontraríamos. Al menos eso es lo que pensaban.

La mujer alzó la vista y fijó los ojos en los del inspector.

—Fue todo idea de Lázaro.

—Es fácil decirlo ahora.

—¿A qué se refiere?

—¿No lo sabe? Lázaro está muerto.

El borboteo de la olla confería un marco de mayor dramatismo a la expresión de asombro de la mujer.

Pero, para sorpresa del inspector, la noticia no pareció derrumbarla.

Tal vez la hipótesis del adulterio quedara descartada, después de todo.

Se pasó la mano por la barbilla tratando de pensar rápido las opciones restantes.

Entonces ¿cuál fue el móvil? No tuvo que devanarse los sesos, pronto Susana alumbraría la respuesta.

—Me apena, aunque no me extraña. Ese chico vivía en el filo de la navaja.

Gardeazabal volvió a tomar asiento. Apoyó los brazos en la mesa y los abrió a modo de súplica. Susana, más calmada, le observaba con aparente serenidad.

—Cuénteme la verdad.

La mujer apoyó la cara en las manos dispuestas a modo de plegaria. Pensaba. Miró de reojo la olla y luego al policía. Al final, asintió con solemnidad.

—Está bien. Todo empezó con esa dichosa obra nocturna.

Esa madrugada César apareció en casa cubierto de polvo de la obra y acarreando dos mochilas repletas de objetos.

Un tesoro, lo llamó él. Los guardó a buen recaudo en el trastero, salvo esa piedra que encontré en la mesilla, que decía que sería su amuleto nuevo, que le habría de convertir en un hombre rico.

Cubierto de polvo de obra. Esa referencia le recordó a Gardeazabal el testimonio del abuelo de Lázaro, quien aseguraba haber visto al fantasma de la mina vagando por su casa.

Ahora estaba seguro de que lo que había visto el viejo era a su nieto recién llegado desde la entrada secreta de la mina. Continuó con el interrogatorio.

—¿No le dijo nada?

—¿A César? Ni se me hubiese ocurrido. Ese hombre era veinte años mayor que yo, actuaba más como padre que como marido, al menos a la hora de tomar decisiones.

—¿Hubo algún episodio de maltrato?

—No, jamás me puso una mano encima.

—De acuerdo, continúe.

—César dejó de ir a trabajar. No dio ninguna explicación, actuaba de un modo evasivo. Sabía que tramaba algo, que tenía un plan y también que en ese plan no entraba yo. Al día siguiente supe la verdad. Planeaba vender el alijo robado y huir con ese dinero a América Latina.

—Ese podría ser un buen móvil para el asesinato.

—No fue eso lo que me decidió a actuar. —Los ojos de la mujer refulgieron de odio al pronunciar las siguientes palabras—.

Lázaro me llamó desde un locutorio, como bien ha deducido.

Me contó muchas cosas que desconocía de mi marido, sus visitas a los prostíbulos, el consumo de drogas, pero lo peor de todo fue la confesión de que me había ofrecido a sus compañeros para que se acostaran conmigo.

A cambio de dinero, me drogaría para que luego ellos hicieran conmigo lo que quisieran.

—¿Creyó a Lázaro?

Se encogió de hombros.

—¿Qué quería que hiciera? La mera sospecha me atormentaba.

De pronto cada cosa que hiciera César se convertía en un acto sospechoso.

Me negaba a beber de botellas abiertas, solo comía aquello que hubiera pasado por mis manos.

Entré en un estado de paranoia total. Independientemente de si la acusación de Lázaro fuera cierta o no, el daño ya estaba hecho. No me fiaba de mi marido.

—¿Qué hizo todos esos días que no acudió a trabajar?

—Nada, holgazanear.

—¿No le recriminó su conducta?

—Se lo he dicho antes, nuestra relación no era idílica.

—Se secó las lágrimas de las mejillas antes de continuar—.

Le veía capaz de cualquier cosa. Cuando encontré una bolsa de cocaína en el bolsillo interior de su chaqueta, la acusación de Lázaro quedó validada.

Si en eso tenía razón, ¿por qué no habría de tenerla en lo referente a mi agresión sexual?

La mujer se levantó con decisión. Avanzó hacia la olla, apagó el fuego y se giró hacia el inspector.

—Supongo que ahora me detendrá.

Gardeazabal bajó la vista al suelo. Había pospuesto su decisión.

La verdad estaba desvelada, ¿sería capaz de tomar la opción correcta?

Tomó aire profundamente. Se levantó de la silla y miró a Susana a los ojos.

Se mostraba serena, como si la confesión la hubiera librado de una carga pesada.

El policía entendió que la duda la había carcomido por dentro, empujándola a cometer un delito.

Las arrugas del rostro, la determinación en la mirada, su postura de rendición ante lo inevitable fueron las pesas que decidieron el resultado en la balanza interna de la justicia que regía los actos del inspector.

—Quería conocer la verdad de su boca, Susana.

—Gardeazabal se estiró la chaqueta y se acercó a ella—.

Ahora que la conozco, ya estoy en paz conmigo mismo.

Quizá le resulte confuso, pero para mí esta confesión es suficiente.

Entiendo que actuó en defensa propia. La mera posibilidad de que le hicieran aquello de lo que Lázaro la advirtió es suficiente para comprender su reacción. No obró bien, pero lo entiendo.

—Entonces ¿estoy detenida?

El policía negó con la cabeza. Extendió la mano, que la viuda apretó con la precaución de quien no asimila lo que acaba de vivir.

—El caso está cerrado, Susana. La jueza así lo ha ordenado, y nosotros acatamos la decisión. Cuídese.

—Gracias. —Las lágrimas volvieron a anegar los ojos de Susana.

Gardeazabal abandonó el domicilio que fuera de César Contreras con el corazón ligero y la conciencia tranquila.

Cuando salió a la calle, miró hacia el cielo; una nube diminuta pareció cruzar el firmamento ahora azul.

Sonrió. En su foro interno sabía que era el espíritu de Arregui dándole su bendición.