MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 42
76%

Capítulo 42

Gardeazabal se pasó revista por enésima vez.

El pantalón mostraba una arruga de apoyarse junto al portal de su casa.

Se la alisó con aire ausente. Se situó en mitad de la calle en un par de zancadas, usó la mano de visera improvisada y contempló la fachada, concretamente, la ventana de su habitación.

Exhaló satisfecho. La persiana estaba a medio bajar, señal de que su novia había salido.

Al instante, la puerta del portal se abrió dando paso a una Isabel sonriente, que lanzaba al aire un par de cachetadas imaginarias.

—Siempre tan impaciente. Si tanta prisa tienes, haber marchado antes.

—¿Y perderme tu primer día en el nuevo trabajo? Jamás. —Las grandes manos del policía la atrajeron hasta tenerla pegada a su cuerpo. Luego le dio un beso con suma ternura.

—Al final vas a lograr que me ponga nerviosa. —Isabel le limpió los restos de pintalabios que le había transferido al inspector y siguió sus pasos hasta el coche, aparcado calle abajo.

El inspector se dejó caer en el asiento provocando un balanceo que sacudió el vehículo. Estaba convencido de que su novia no iba a tener ningún problema en encajar en la tienda de ropa del Casco Viejo. Su carisma y don de gentes le allanarían el camino con la clientela.

—Lo vas a hacer genial, cariño.

Isabel se giró hacia el policía con una sonrisa.

—Lo sé. No creo que sea más complicado que sacar copas a babosos toda la noche. —Aludía a sus tiempos de camarera en la noche bilbaína. Le quitó una mota del hombro a Gardeazabal que, entretanto, había puesto el motor en marcha—. Y tú, ¿qué vas a hacer hoy? Por lo pronto llegas tarde al trabajo.

El policía conocía de sobra la gran percepción de su novia, por lo que decidió no andarse con rodeos y decirle toda la verdad.

—El caso de Miribilla.

La mujer entrecerró los ojos con extrañeza.

—¿Qué pasa con él? ¿No lo habíais resuelto?

Gardeazabal tomó la curva que le llevaría hacia la parte vieja de Bilbao, disfrutando del retorno del volante que, en su obsesión por retomar el centro perfecto, le acariciaba con suavidad el interior de la palma de la mano.

—El caso está cerrado, sí.

—Pero…

El policía buscó la mirada cómplice de Isabel, que en unos pocos meses de convivencia había logrado capturar todas sus manías y automatismos.

—César Contreras murió por causas naturales. Esa es la conclusión a la que hemos llegado; todas las pruebas apuntan a ello. Sin embargo, es evidente que intentaron asesinarle, Lázaro así lo confesó. El chaval murió creyéndose el culpable. Con su muerte esa puerta también parece cerrarse.

—Sospechas de la viuda —sentenció la mujer.

El inspector dio una palmada en el volante y se la quedó mirando con asombro.

—¿Tan fácil se me lee la mente?

—Llevas días preocupado. Por más que lo hayas tratado de enmascarar detrás de tu sonrisa, no me ha pasado desapercibido. Tienes una espinita clavada, de eso no me cabe la menor duda. He esperado a que me lo contaras, pero ese día no ha llegado aún.

—Es trabajo, Isabel.

—Deja de serlo en el momento en el que te afecta en casa.

Se detuvieron en un semáforo próximo a la iglesia de San Antón. Gardeazabal dejó que su mirada saltara por los detalles del pórtico que tan bien llegó a conocer cuando investigaban el caso de H9. El disco verde se encendió, y retomó la marcha.

—Tengo la corazonada de que la viuda y Lázaro estaban compinchados. —Soltó un bufido por la nariz y negó con la cabeza—. Aunque no vaya a cambiar nada, necesito comprobar una última pista que descubrí ayer. Lo quería hacer de forma extraoficial. Como tú bien dices, el caso está cerrado.

—Esa es la calle. —Isabel se enderezó en el asiento.

Bajó la visera y abrió un espejo de mano para pasar revista a su rostro por última vez.

Sonrió satisfecha. Inspiró profundamente y le dio un beso al inspector, que acababa de subirse a la acera—.

Gracias por haberme acompañado, eres un amor. Suerte con tu investigación.

—A por todas. —Un último beso.

Gardeazabal la observó mientras se perdía en la distancia, engullida por las sombras de las calles estrechas del Casco Viejo. Disfrutó de esos últimos segundos en el oasis antes de lanzarse en picado a la búsqueda de la verdad sobre la muerte de César Contreras.

Desde que Ander le anunciara que se iba a Atxondo con la renqueante Miren, su cabeza no había parado de darle vueltas a lo que debía hacer para sacarse la espinita que le recordaba que, a pesar de que el caso estuviera cerrado, la verdad no había sido desvelada en su totalidad.

Releyó el informe definitivo de la autopsia de César Contreras, en el que se indicaba que, a pesar de las múltiples puñaladas, a pesar de que había sido drogado con benzodiacepinas, el hombre había fallecido de muerte natural.

La cronología exoneraba a Lázaro. El joven había cosido a cuchilladas a su patrón cuando este ya criaba malvas.

Su torpe intento por inculpar a Evaristo en el crimen no había sido tenido en cuenta por el Grupo 4 en ningún momento.

Gardeazabal consumió las horas volviendo una y otra vez a los hechos: tres operarios acuden a reparar un desprendimiento en la estación de Renfe de Miribilla; días después dos de ellos acaban muertos, y el tercero, hospitalizado con pronóstico reservado.

¿Serían hechos inconexos? No, en el fondo el inspector sabía que no era así, que existía un punto de conexión entre ellos, una puerta entre ambas realidades.

Entrada la noche releyó los registros de llamadas.

Fue entonces cuando lo entendió. Los números de comercios habían sido descartados en la investigación previa.

Únicamente buscaban posibles contactos entre los sospechosos, cuyos números conocían bien.

Pero los de los negocios habían sido desatendidos; ese fue su error.

Apuntó fechas y llamadas, investigó números, recuperó transcripciones.

Cuando ya no quedó nada más por revisar, el cuaderno del inspector palpitaba con nuevos datos.

La línea que seguir se abría ante él con un trazo claro.

Aparcó frente al locutorio, en el barrio de La Peña.

El local era estrecho y alargado. Junto a la puerta se encontraba el mostrador y tras unas mamparas que ofrecían cierta intimidad había tres teléfonos.

Un joven se materializó de detrás del mostrador dándole un susto de muerte.

No tardó en comprobar por qué no había visto al chico: había permanecido sentado siguiendo un partido de fútbol que se disputaba a miles de kilómetros de distancia.

—Dígame, señor.

—Necesito hacer una llamada.

—Sí, claro. Elija el teléfono que quiera, están libres.

—Si no le importa, me gustaría llamar desde los tres.

El joven frunció el ceño y se quedó en silencio durante unos segundos. Miró hacia la calle como si se esperara que algo inusual fuera a suceder de un momento a otro. Parecía confundido.

—¿Hay algún problema?

—No, no. Adelante, como usted guste —dijo sin apartar la mirada de la cartuchera del inspector.

Gardeazabal no tardó en realizar sus comprobaciones. Llamó a su teléfono móvil desde las tres líneas, le pagó al chico y se marchó inmediatamente después, dejando al muchacho rascándose la cabeza y preguntándose qué narices acababa de presenciar.

Un rayo de sol le cegó al salir a la calle.

Utilizó la mano a modo de visera y miró hacia el cielo.

Las nubes colmaban el firmamento de formaciones grisáceas que impedían la contemplación de la galaxia que se extendía más allá.

Sin embargo, un diminuto claro había permitido que el sol penetrara y rociara con su luminiscencia a quien encontrara en su camino.

Gardeazabal lo interpretó como una señal de buen augurio.

El paralelismo era evidente; a él también se le había abierto el cielo.

Pulsó el timbre de Susana Vélez con un nudo en la garganta.

En el camino había tratado de anticipar la conversación, lo que diría él y el tono que utilizaría, lo que contestaría ella y el lenguaje corporal que acompañaría a esas palabras.

Un ejercicio vano, pues los hechos rara vez acontecen como uno ha planificado, pero necesario, porque contribuía a aplacar la ansiedad que le atenazaba.

Al final, todo se resumía a la misma pregunta: ¿qué haría un buen policía?

—¿Qué harían Ander o Arregui en mi lugar? —susurró mientras unas vueltas de llave al otro lado le indicaban que Susana estaba abriendo la puerta.

Su voz interior le dio la respuesta en el mismo instante en que quedó cara a cara frente a la viuda: «Desvela la verdad; luego haz lo correcto».

—Inspector Gardeazabal, ¡qué sorpresa! —Susana le recibió con una sonrisa afable, pero el pequeño temblor de su labio inferior no le pasó desapercibido.

—Disculpe, Susana, tenía que haberla avisado antes. Qué torpeza por mi parte.

—En absoluto. De sobra sabe que en esta casa es bienvenido. Agradezco la delicadeza con la que me trató el día del asesinato de César.

—No fue nada.

—Le aseguro que sí. —La mujer continuaba erguida en el vano sujetando un trapo de cocina en una mano. Guardó silencio durante un largo instante en el que ambos parecían dos pistoleros aguardando a que su adversario desenfundara primero—. ¿A qué se debe su visita?

—¿Podríamos hablar dentro? Lo que tengo que decirle es parte de la investigación.

—Por supuesto, ¡qué descortés! —Se hizo a un lado y le invitó a pasar—. Vayamos a la cocina, estaba preparando un estofado. Si quiere, puede quedarse a comer.

El inspector negó con un gesto de la mano.

—No puedo, pero le agradezco el ofrecimiento.

La cocina mostraba el mismo aspecto que el día en el que interrogó a Susana con el cadáver de su marido aún presente en el salón familiar.

Un puchero de aluminio borboteaba en el fuego central, el aroma a cebolla, patata y puerro le trajo recuerdos de la purrusalda que preparaba su madre.

Se sentaron a la mesa. Decidió no perderse en preámbulos y abordar directamente el asunto que le había llevado allí.

—Susana, lo sé todo.