MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 41
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Capítulo 41

Ander paró en la gasolinera de carretera para llenar el depósito.

La mañana había sido frenética. Después de obsequiar a su cuerpo con un merecido sueño reparador, el inspector regresó a su cruda realidad.

Sabiendo que le aguardaba por delante un día complicado, dedicó media hora a pertrecharse con un desayuno de los que los hoteles denominan continental, en el que no faltó de nada sobre el plato ni dentro del vaso.

Sabía lo importante que era ese chute de cafeína y proteínas. Sin él, se sentía vacío, con la energía drenada. Embriagado por el aroma del café, las piezas caóticas empezaban a encajar con una lógica nueva.

La aparición del eguzkilore familiar clavado en la puerta de su casa lo eclipsaba todo.

Esclarecer ese misterio era la prioridad número uno.

Por eso, después de desayunar, acudió a la residencia de su padre y le tomó una muestra de ADN.

Con ella, junto con la suya propia y los cabellos que seguían entrelazados entre las espinas resecas del cardo silvestre, Ander se encaminó hacia la comisaría central de Erandio.

Ander no necesitó rogar ni insistir. Hidalgo se limitó a escuchar y asentir. Cogió el pequeño contenedor de muestras que Ander le tendía y le aseguró que, en breve, tendría noticias suyas. Después volvió a adentrarse en las instalaciones de la comisaría.

Mientras observaba el avance inexorable del contador de litros del surtidor, Ander sopesó sus siguientes movimientos. Si su madre no estaba viva, entonces alguien se estaba tomando muchas molestias para hacerle creer a Ander lo contrario. ¿Por qué? ¿Cuál era el fin de semejante puesta en escena?

No, en el fondo, Ander sabía que lo que estaba sucediendo era real.

Que fue su madre la mujer que ingresó el verano pasado en la residencia La Misericordia con una identidad falsa, a sabiendas de que su padre estaba ingresado allí, y que el eguzkilore que colgaron en la puerta de su casa era el de su caserío de Atxondo, el mismo que él tiró en el corazón del bosque.

No había misterio. No había enigma. Su madre lo había conservado todo este tiempo junto a ella. Lo guardó como único recuerdo de su familia y ahora se lo devolvía a su hijo, con un mechón nuevo, para que no le cupiera duda de que le estaba esperando.

Y, si su madre le llamaba, él acudiría a la señal.

El flujo de gasolina se detuvo con un chasquido al detectar el sensor que el depósito estaba lleno. Devolvió la manguera al surtidor y entró en el coche. A la espera de la llamada de Hidalgo, había otro asunto que debía resolver: qué estaba sucediendo con Garbiñe Landeta.

«¿Por qué no me coge el teléfono? ¿Estará en peligro o me oculta algo?». El torrente de ideas no paraba en el interior de la cabeza del policía. Giró la llave de contacto y se incorporó a la carretera en dirección a Elorrio.

Minutos después, aparcó frente al portal de Garbiñe con un presentimiento sombrío. Tocó el pulsador del portero automático con insistencia. Nadie atendió su llamada. Regresó al automóvil, sacó un pequeño estuche de cuero marrón de la guantera y lo ocultó en el bolsillo trasero del pantalón.

Aguardó, paciente, a que un vecino saliera del portal y aprovechó la ocasión para colarse dentro.

Se plantó frente a la puerta de la enfermera y pulsó el timbre.

Tampoco hubo respuesta. Repitió la acción tres veces con el mismo resultado.

El piso estaba vacío. Discretamente, sacó el juego de ganzúas del bolsillo y comenzó a trabajarse la cerradura.

Tres minutos después, Ander estaba en el recibidor de la casa.

Los rayos de sol que atravesaban la ventana más próxima a la puerta iluminaban el polvo en suspensión.

El olor a cerrado acentuaba esa sensación de hogar abandonado.

Rápidamente, exploró toda la casa en busca de indicios de actividad.

No había nadie. La vivienda estaba vacía y, sorprendentemente, poco amueblada.

Los meses que había estado inmerso en la búsqueda obsesiva de su madre, Garbiñe siempre le había mostrado su apoyo. Ahora, sin embargo, Ander caía en la cuenta de que jamás había llegado a traspasar el umbral de su casa.

Sacó un par de guantes de vinilo y se los puso mientras controlaba la respiración. Lo último que necesitaba en ese momento era un corazón encabritado. Cerró los ojos y enfocó su atención en los detalles.

El pequeño mueble de la entrada estaba vacío.

En la sala el panorama era todavía más desolador.

Un viejo tresillo ocupaba el centro de la amplia estancia y parecía tan fuera de lugar como un altavoz en un cementerio.

Ander encendió la linterna y alumbró los rodapiés y las esquinas del suelo mientras avanzaba por la casa.

Ni rastro de pelos. Recordó la melena tupida de la mujer.

Le resultaba altamente improbable que esa cabellera no soltara algún pelo por el camino.

Frunció el ceño, el mal presentimiento no hacía más que agudizarse.

Llegó a la cocina. No daba crédito: la casa estaba totalmente vacía.

Desesperado, apoyó los codos en la encimera de la cocina y hundió el rostro entre las manos.

Había sido un auténtico imbécil. Todo ese tiempo había tenido delante el eslabón que podía llevarle hasta su madre y no había sospechado de ella ni un solo instante.

Él, que era tan perspicaz en sus investigaciones policiales, se había comportado como un ingenuo confiando en las explicaciones de esa mujer.

Garbiñe Landeta no era una identidad robada, sino una identidad prestada. Hubo connivencia entre ella y su madre.

Enfurecido, golpeó la encimera de granito con las manos.

El golpe sacudió el frontal de muebles de la cocina, y de detrás de unas baldas altas cayó un papel doblado en tres.

Lo cogió y lo desdobló. Era un recibo de impuestos de bienes inmuebles del Ayuntamiento de Atxondo a nombre de Alejandro Landeta Lekue.

Un resorte le saltó en algún rincón perdido de su mente.

El caserío gravado estaba situado a un kilómetro escaso del viejo caserío de su familia.

Ander miró instintivamente hacia los lados, como el cazador que presiente la presencia cercana de su presa.

Guardó el recibo en el bolsillo y abandonó la vivienda.

—Comisaría de Deusto, ¿sí? —La voz monocorde de Goyo Kareaga inundó la cabina del Audi A3 de Ander a través del manos libres.

—Goyo, soy yo, Ander. Necesito que me hagas un favor.

Kareaga era un joven agente que había entrado a formar parte de la plantilla de la comisaría los meses en los que se resolvía el caso de H9.

Aquel caso había creado toda una legión de seguidores de Ander dentro de la policía autónoma.

Goyo Kareaga era uno de ellos, con toda probabilidad, el más devoto.

—Por supuesto, inspector Crespo. Lo que usted quiera —se apresuró a responder, con la voz temblorosa por la emoción.

—Necesito la ficha completa de Alejandro Landeta Lekue. Propiedades, familia, ocupación… Lo quiero todo. ¿Crees que podrás hacerlo?

El roce del bolígrafo sobre el papel pausó momentáneamente la conversación, el tiempo que tardó Goyo en tomar nota de la petición de Ander.

—Sin problema, inspector. ¿Para cuándo lo necesita?

—Para ayer.

Ander tomó el desvío hacia Atxondo. Al otro lado del pueblo le esperaba el valle del silencio. Un paraíso poblado de casas bucólicas y de secretos insondables.

Un lugar al que hacía años llamó hogar.

—Me pongo ahora mismo con ello —titubeó el joven agente—. Le llamo en cuanto sepa algo.

—Perfecto, Goyo. Muchas gracias. Y, por cierto, esto que quede entre nosotros, ¿entendido? Esta conversación no ha tenido lugar.

El joven agente soltó una risita nerviosa. Ahora sí que se sentía especial.

—Descuide, señor. Puede confiar en mí.

Un camino vecinal que serpenteaba entre lomas y pequeñas depresiones de terreno le llevó a través de los caseríos que vivían de espaldas a la carretera principal, de espaldas a la civilización.

Cuanto más penetraba en esas tierras, más notaba el efecto de atracción que sobre él ejercía la densidad espiritual del valle.

Por más que hubiera tratado de olvidarlo.

Por más que lo negara. Él era hijo del verdor de la cuenca profunda, de los picos y de las peñas vigilantes. Ander era hijo de Atxondo.

Aparcó en el lugar en el que la carretera vecinal de barro y grava llegaba a su fin.

Bajó del coche. Aspiró el aire templado que rodaba desde los picos que se alzaban por encima de su cabeza, unos montes que sombreaban el pequeño paso de hierba que se adentraba en un bosque ralo.

Ander sabía que más allá se encontraba la propiedad de Alejandro Landeta Lekue.

Lekue, como le llamaban en su casa. Esa fue la razón por la que jamás habría relacionado a Garbiñe con Alejandro; entre la gente del valle, Alejandro Landeta era conocido por su apodo, Lekue el Cantarín.

De adolescente, Ander solía jactarse de que no había lugar en todo el valle que le fuera ajeno.

Sus amigos se reían de él, pero en el fondo sabían que tenía razón.

No en vano, la familia de Ander siempre les había inculcado, primero a él y luego también a Enara, un amor incondicional a la naturaleza, a la tierra y a todo lo que de ella brotaba.

A la Madre, como le gustaba decir a su ama .

¡Oh, sí! Ander conocía muy bien esos lares.

Avanzó a través del camino de hierba amarilleada por el tiempo tan seco que llevaban padeciendo los últimos meses.

Los sonidos del bosque cesaron según se adentraba en su espesor.

Los pájaros más cercanos emprendieron el vuelo, prefiriendo descubrir las intenciones del intruso desde la distancia.

No se trataba de un gran bosque; era más bien una mera agrupación de árboles.

Al otro lado, en un claro que se fundía con las primeras estribaciones de las paredes escarpadas de la montaña, un pequeño caserío con tejado a dos aguas y cobertizo anejo aprovechaba el abrigo del muro natural para eludir los rayos de sol.

Ander entrecerró los ojos para adaptar la vista a la escasa luz.

El lugar parecía deshabitado. En su fuero interno, el inspector se esperaba encontrar a Garbiñe Landeta en las inmediaciones de la casa.

Sin embargo, ese pensamiento ingenuo se evaporó con la misma rapidez que había llegado.

Apretó los dientes y avanzó hacia la entrada.

Llamó cuatro veces, golpeando con fuerza el badajo metálico de la puerta de madera de roble antiguo.

De nuevo, nadie contestó. Ander rodeó el caserío, se encaramó a las ventanas, ahuecó las palmas contra los cristales para poder mirar a través de ellos.

No se veía otra cosa que oscuridad. Pura y silente oscuridad.

Volvió a situarse frente a la fachada. Sacó la bolsita de ganzúas e hincó la rodilla en el suelo frente a la cerradura de hierro forjado.

Se secó las palmas en el pantalón y tomó las dos piezas de metal alargado.

Un pitido rompió su concentración y le hizo dar un respingo.

Un wasap. Miró alrededor con preocupación, como si de repente se hubiera percatado de que estaba a punto de cometer un delito y alguien pudiera ser testigo de ello.

Para su tranquilidad, el lugar seguía anclado en la quietud del tiempo detenido, como si se resistiera a aceptar las normas universales de la física.

Consultó el móvil. Era un mensaje de Goyo Kareaga.

Había encontrado información sobre Alejandro Landeta.

Habitante de Atxondo desde su nacimiento en 1925 hasta su muerte en 2015.

Casado en únicas nupcias con Ángela María Beaskoetxea, fallecida quince años antes que él.

Su única propiedad consistía en el caserío cuya cerradura estaba a punto de forzar.

Ángela María y Alejandro adoptaron una niña en 1975: Garbiñe Landeta Beaskoetxea.

Se apresuró a abrir la puerta y recorrió la casa con pasos rápidos y firmes.

Estaba vacía. La ausencia de víveres en la nevera y la despensa indicaba que su habitante no tenía intención de permanecer allí mucho tiempo.

Varias prendas de mujer reposaban en los cajones de la cómoda de un dormitorio.

Supuso que pertenecerían a Garbiñe. Sobre el mueble, la cara risueña de expresión jocosa de la mujer aparecía enmarcada en varios marcos que la representaban en distintos momentos de su vida, de niña a mujer.

Ese era su auténtico hogar. El piso de Elorrio no había sido más que un señuelo durante todo ese tiempo.

Pero ¿por qué? ¿Qué es lo que estaba sucediendo allí? ¿Por qué tanto secretismo?

Ander salió al jardín delantero del caserío.

El sol comenzaba a desprender las tonalidades típicas de las tardes ventosas.

Tonos pasteles que se fundían con el gris de los montes y el verdor de las copas de los árboles.

Se disponía a regresar al coche, absorto en sus pensamientos, cuando vio unas rodadas recientes que conducían al cobertizo cercano al caserío.

Las rodadas provenían del camino, pero allí apenas eran visibles debido a la dureza de la tierra seca que ocultaba la hierba.

No hacía falta ver las marcas de las ruedas para aventurarse a pensar que aquel cobertizo hacía las funciones de garaje.

Una única puerta que se plegaba hacia arriba daba acceso a un interior de apenas treinta metros cuadrados.

El inspector tiró del cierre de la puerta y, para su sorpresa, esta cedió sin esfuerzo, revelando un interior desordenado en cuyo centro reposaba un automóvil tapado con una gran lona azul.

Tiró de ella hacia un lado.

La luz débil del claro iluminó un robusto todoterreno con el frontal completamente deformado. El impacto había sido reciente, violento y brutal. Ander encendió la linterna y barrió el parachoques hundido con el haz de luz. Había transferencia de pintura en toda la pieza.

Ander se llevó las manos al cabello y se lo echó hacia atrás.

—Joder, Garbiñe. ¿Qué has hecho?

Sacó el móvil, apoyó la espalda contra la pared del cobertizo y procedió a sacar fotos del coche accidentado desde distintos ángulos.

Era el vehículo que había embestido a Miren y Alday.