MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 40
73%

Capítulo 40

El traqueteo del carro de los desayunos la despertó de golpe.

Por mucho esmero que el personal sanitario aplicara en la tarea, el inevitable entrechocar de las tazas de loza producían una sinfonía matutina inconfundible, similar al cantar tempranero del gallo.

Miren apoyó los codos sobre los brazos de la mullida butaca abatible de la habitación individual en la que descansaba Alday tras su operación.

Se impulsó con lentitud hasta sentarse con la espalda recta.

Apenas había dormido unas horas. Las costillas fisuradas le impedían adoptar una posición cómoda en la cama.

Ni de un lado ni del otro; mucho menos bocarriba o bocabajo.

Pasaba por alto el resto de las magulladuras sufridas en el accidente porque, en el fondo, se sentía una estúpida por haber permitido que les tendieran esa emboscada sin haberlo sospechado siquiera.

Entró de cabeza en la trampa, como los francos en Roncesvalles, ignorante de la sorpresa que el destino le tenía reservada.

El reconfortante aroma del café la devolvió al presente. Miró hacia la cama en la que Alday dormía como un tronco después de la ronda de calmantes administrada durante la madrugada.

La puerta se abrió, dando paso a un vértice de luz que se expandió a lo largo del suelo. Una auxiliar de enfermería asomó la cabeza con tiento. Sonrió a Miren en cuanto ajustó su vista a la penumbra.

—¿Has pasado aquí la noche?

Miren le devolvió la sonrisa y negó con la cabeza.

—He llegado hace un par de horas. No podía dormir. —Pasó las palmas de las manos por las costillas—. Tumbada siento que me falta aire continuamente.

—Claro, maja. Supongo que los dolores serán muy fuertes. ¿Por qué no nos has pedido un calmante?

Miren desechó la idea con un ademán de la mano.

—No me quiero dopar más. Bastantes pastillas me han metido ya desde que ingresé. Necesito estar más despejada que nunca.

—Bueno, como tú quieras. —La mujer cogió una bandeja del carro—. Pero no dudes en pedírnoslo si lo necesitas.

—Deja allí la bandeja, por favor. Ya me encargo yo de su desayuno. —Miren hizo oídos sordos a la insistencia de la mujer.

—Muy bien. —La auxiliar era bajita y con un ligero sobrepeso. De una edad cercana a la jubilación, arrastraba los pies como si se encaminara hacia el calvario con la cruz de Jesucristo a cuestas. Regresó sobre sus pasos y se giró hacia Miren con una mirada dulce—. ¿Os enciendo la luz?

Miren sonrió con amabilidad, notando tirantez en las cicatrices de su rostro.

—Así está bien, no hace falta. Gracias.

La mujer asintió levemente y abandonó la habitación.

—¡Qué insistencia! —La voz de Alday sonó como si fuera su propia conciencia dirigiéndose a ella a viva voz.

Miren se sobresaltó. El agente aún tenía media cara cubierta con gasas, allí donde los cortes habían sido más profundos.

La pierna escayolada y en alto actuaba como una barrera de paso indefinidamente abierta.

Aun así, se le veía tranquilo. Al menos, todo lo tranquilo que puede estar alguien que ha escapado de las garras de la muerte.

—¡Por fin se ha despertado el bello durmiente! —Miren inspiró con fuerza y se apoyó en la silla para tomar impulso y levantarse. A partir de ahí, todo era más sencillo—. ¿Te apetece un café con leche y unas galletas?

Su compañero se le quedó mirando en silencio. Cuando Miren se percató de su expresión, se detuvo a medio camino.

—¿Qué?

Alday tragó saliva. Se pasó la mano por los labios resecos y le hizo un gesto para que se acercara a su lado.

—Antes tengo que contarte algo.

Giró el tronco hacia ella con un gesto lento, crispado por el dolor. El pelo revuelto le caía por la cara, tapando ojos y vendas por igual. Se lo echó hacia atrás de forma mecánica y miró fijamente a su compañera.

Miren se sentó sobre el borde de la cama tratando de no hundir demasiado el colchón.

—¿El secreto?

Alday asintió.

—No hace falta, Mikel. Soy capaz de esperar a que el delito prescriba.

Alday abrió mucho los ojos.

—¿Lo sabes?

Miren negó con la cabeza. Cogió su mano y le acarició el dorso.

—Intuyo que será un delito de poca relevancia que cometiste hace mucho tiempo, pero no el suficiente para que haya prescrito. ¿Estoy muy desencaminada?

Alday alzó la vista hacia el techo y suspiró profundamente.

—Fue hace trece años. Yo era un adolescente obsesionado con convertirme en el mejor hacker de España. Hacía las clásicas trastadas de introducirme en las redes de los domicilios cercanos y trastear por sus archivos privados. Chiquilladas.

Un familiar despistado abrió la puerta de golpe, interrumpiendo el relato del agente. Avergonzado, se disculpó y cerró, devolviéndolos a la calma de su intimidad. Alday continuó hablando.

—Un día, en un foro de programación, me crucé con dos chavales con los que conecté al instante.

Lo que empezó como unos hilos de conversaciones graciosas derivó en una propuesta laboral.

Halifax, que era como se hacía llamar el mayor de los dos, nos propuso tomar parte en un experimento financiado por una multinacional.

Nos contó que la empresa había contactado con él y que le había ofrecido una suma importante de dinero para que pusiera a prueba sus cortafuegos.

Hizo una pausa. Tenía la boca pastosa. Miren llenó un vaso con la jarra de agua que tenía en la mesilla y se la acercó a los labios. Dio un trago lento.

—Gracias. —Luego continuó con la historia—: Era un reto, sonaba hasta divertido.

Poder entrar en las tripas de una multinacional y que encima ellos mismos te pagaran por hacerlo.

Lo acepté. Halifax distribuyó las líneas de ataque entre los tres.

Cada uno de nosotros teníamos que entrar en un departamento de la empresa y sacar una carpeta en concreto.

La hora del ataque quedó fijada a las cuatro de la madrugada del día siguiente.

—Alday estiró el brazo y tomó la mano de su novia—.

Realicé la misión como si me fuera la vida en ello.

Exprimí mis conocimientos y mi instinto, primero, para traspasar el cortafuegos sin ser detectado y, después, para encontrar y extraer la carpeta repleta de documentos que me había sido asignada.

Envié los archivos al servidor remoto que habíamos acordado y aguardé a tener noticias de mis compañeros.

Estaba rebosante de adrenalina, con un nivel de felicidad y excitación como no había experimentado jamás.

Me habían puesto a prueba y había logrado vencer todos los obstáculos.

Me sentía el amo del mundo. —Una mueca de dolor cruzó el rostro del agente.

Soltó la mano de Miren y miró hacia otro lado—.

Pero unas horas más tarde, comencé a notar que algo no iba bien.

Nuestras conversaciones del foro desaparecieron de repente, mis mensajes fueron borrados, mi ordenador atacado, y todo esto sin que yo me percatara en absoluto.

No entendía nada… hasta que lo entendí todo.

Yo era el objetivo que Halifax le había asignado a mi otro compañero.

Él tenía que acabar con toda huella que nos relacionara.

He de decir que el chaval hizo un trabajo tan impecable como el mío.

—¿Por qué no lo denunciaste? —preguntó Miren.

Alday sonrió con amargura.

—¿En serio? ¿Y qué iba a decir? Fue todo mentira.

No hubo ninguna oferta de trabajo. Simple y llanamente me utilizaron para hacer el trabajo sucio.

Seguramente, Halifax había sido contratado por una empresa de la competencia de la multinacional atacada.

Urdió un plan muy astuto, por el cual otros harían el trabajo sucio, y, en caso de que la misión fracasara, cargarían con la culpa.

Tan solo necesitaba a dos pardillos: el chaval que borró mis comunicaciones y yo.

—Muy bien, Mikel. Entiendo que no lo denunciaras porque eso te habría señalado directamente como el autor material del robo y podrías haber dado con los huesos en la cárcel. Pero ¿por qué no me lo quisiste decir antes? ¿Acaso no confías en mí?

Los ojos de Alday se llenaron de lágrimas, que empezaron a desbordar y a precipitarse por las mejillas, empapando piel y vendas por igual.

—Te confiaría mi vida, Miren. No sabes cuánto te quiero. —Apartó las lágrimas de la comisura de los ojos y sostuvo la mirada—. Temía defraudarte. Quería postergarlo indefinidamente, con la esperanza de que entre caso y caso acabaras olvidándote de ello.

—Tampoco es para tanto.

—Sí lo fue. Al día siguiente del hackeo, el director de seguridad de la multinacional se lanzó desde la azotea del edificio que albergaba la sede. Murió por mi culpa.

Miren deslizó la mano por la sábana hasta encontrar la suya. La apretó suavemente, a modo de consuelo.

—¿Alguna vez has tratado de buscar a Halifax?

Alday asintió con fuerza.

—Por supuesto, pero es un fantasma. Borró todas sus huellas a la perfección. Es como si nunca hubiera existido. Quiero que el delito prescriba para plantearle a Ander la posibilidad de comenzar una investigación confidencial, como la de su madre.

—Ni se te ocurra. —Miren le cortó tajante—. Ander no ha de enterarse de esto, de lo contrario te expulsará del Grupo 4.

Se levantó y se inclinó sobre Mikel, besándole los labios con ternura.

—Lo resolveremos tú y yo. ¿De acuerdo? Creo conocer a la persona perfecta para ayudarnos con esto.

—¿Sí? ¿Quién? —se sorprendió Alday.

La agente ladeó la cabeza como solía hacer cuando se zambullía en sus recuerdos.

—Lago, Felipe Lago —dijo chasqueando los dedos—. Lo conocí cuando Ander y yo acudimos al domicilio de Peru Arriola. Es investigador privado. Parecía solvente. Estoy convencida de que es exactamente lo que necesitamos. Confía en mí. —Le guiñó el ojo.

La determinación que emanaba de sus palabras insufló ánimo a Alday, hundido en el pozo de la culpa.

Miren se irguió y encaminó sus pasos hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

—Vuelvo a Durango. Creo que tocamos la tecla correcta, solo que no sabemos cuál de ellas era. Regreso a terminar el trabajo que empezamos. Nos sacaron de la carretera, pero no del caso.