MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 39
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Capítulo 39

«El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura».

La voz monocorde del mensaje automático reverberó por enésima vez en el interior del coche de Ander.

Apagó el manos libres y arrugó la boca, extrañado.

Había perdido la cuenta de las veces que durante los últimos minutos había llamado a Garbiñe Landeta, la mujer cuya identidad había sido presuntamente suplantada por su madre en la residencia La Misericordia, que se había prestado a colaborar con la policía para aclarar ese atropello contra sus datos personales y que le había dado su número de teléfono, asegurándole que la llamara a cualquier hora del día o de la noche en caso de que necesitara aclarar algo.

Necesitaba volver a contrastar con ella algunos detalles.

Su versión, de pronto, empezaba a mostrar claroscuros.

Ander no sabía cómo ni por qué le había venido ese pensamiento.

Tal vez tuviera relación con el desbloqueo mental que experimentó en la consulta de Julia.

El hecho era que sentía la imperiosa urgencia de sentarse de nuevo con ella y mirarla a la cara mientras contestaba a sus preguntas.

Sin embargo, Garbiñe parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. El inspector se apuntó pasarse por su vivienda de Elorrio.

Los párpados se le cerraban mientras conducía. El monte Cobetas le parecía más alto que nunca.

Tras la visita a Julia, había llamado a Gardeazabal para redactar juntos los informes que daban por cerrado el caso del asesinato de César Contreras.

Una tarea muy farragosa, pero que, en realidad, era la esencia del trabajo del Grupo 4.

Ander agradeció ocupar su mente con ese rebobinar de la investigación, así no le daría más vueltas de las imprescindibles a lo vivido en la consulta de la psicóloga.

Había mucho que digerir allí. Precisaba templanza y, sobre todo, distancia.

«Nada mejor que la burocracia para bajarle a uno el subidón», pensó el inspector jefe mientras apilaba los últimos informes.

Añadieron a sus reportes de la investigación los informes forenses y las pruebas de la policía científica de las que disponían, y cerraron la carpeta.

En un apunte aparte, dejaron constancia de lo acontecido en el interior de la mina Malaespera: el hallazgo de la tumba milenaria y la revelación de que Evaristo Nieto seguía con vida, después de todo.

El accidente que derivó en la muerte de Lázaro Garrido también quedó reflejado con todo lujo de detalles.

Ander no pensaba guardarse nada en el tintero. Quería una carpeta del caso inmaculada.

Cuando dieron por cumplimentado el expediente de la investigación, Gardeazabal se fue a casa y Ander llamó a la jueza Dolores Ríos para ponerla al tanto del resultado final de las pesquisas.

Las últimas cuarenta y ocho horas habían sido de una intensidad inusual.

Le estaban pasando factura. Ander abrió con fuerza los ojos por miedo a que en cualquier curva de la carretera de Castrejana se le cerraran y se precipitara ladera abajo, víctima de la borrachera del sueño.

Lo único que quería hacer en esos momentos era meterse en la cama.

No había problema que no se pudiera solucionar el día siguiente.

Oyó los ladridos de Gorritxo desde el cruce de acceso a la calleja.

Aparcó sobre el bordillo de la acera de su casa.

Apagó el contacto y se pinzó el entrecejo con el pulgar y el índice para liberar la tensión.

Un martilleo persistente le taladraba las sienes.

La insistencia de su fiel compañero le arrancó una sonrisa; los ladridos lo reclamaban. Abrió la puerta y salió del coche.

El viento sur había provocado un atardecer arrebolado que teñía el cielo sobre el monte Cobetas de un rosa pastel que en nada tenía que envidiar a los óleos impresionistas.

Ander sostenía la puerta abierta embelesado con el espectáculo.

Pero Gorritxo no estaba para contemplaciones.

Cerró el coche y enfiló los peldaños que llevaban a su casa.

Las llaves tintinearon en sus manos. Estaba a punto de introducirla en la cerradura cuando se dio de bruces con el eguzkilore .

Parpadeó varias veces para verificar que no se trataba de una visión.

El zumbido en las sienes aumentó su volumen hasta saturar los tímpanos desde dentro.

Paralizado por el miedo, Ander hizo acopio de una voluntad férrea para alargar la mano hacia la flor reseca.

El centro del cardo mantenía la tonalidad ocre original, aunque fosilizado por el transcurso de los años.

Las hojas retorcidas, que se extendían desde el centro como rayos de sol, habían perdido su verdor original.

Conservaba su aureola salvaje, aunque la decadencia la había hecho menos temible de lo que Ander recordaba.

Los dedos del inspector continuaron palpando los restos de la flor salvaje, ignorando las llamadas de atención de su perro, que arañaba la puerta desde el interior.

La mente de Ander no estaba allí, había retrocedido en el tiempo y en el espacio hasta ese otoño de 1988 en el que su padre había decidido dar por finalizada la búsqueda de su madre y trasladar los escombros de su familia a Bilbao.

Con ese recuerdo revoloteando en su consciencia, sus yemas llegaron a acariciar los cuatro mechones de pelo que se entrelazaban con las hojas retorcidas del amuleto vasco.

Fue como si reviviera el momento exacto de la despedida. El día en el que su padre le rompió el corazón.

—¿Sabes qué voy a hacer con esta planta? —Ander estaba fuera de sí aquel día. Su padre le observaba de pie, junto al maletero del coche, donde empaquetaba las últimas pertenencias de la familia—. La voy a enterrar en lo más profundo del bosque.

—No puedes hablar en serio, Ander. Lo hizo ama . —La voz estridente de Enara le reblandeció el corazón por un instante. Nunca había podido negarle nada a su hermana, pero estaba dispuesto a llevar sus intenciones hasta las últimas consecuencias.

—¿De qué nos ha servido, Enara? —imploró Ander con los ojos rebosantes de lágrimas—. Nos debía proteger a toda la familia. ¿No te das cuenta? Ama enhebró nuestro pelo para que el demonio supiera a quién no debía tocar. ¿Acaso la salvó a ella?

Los llantos de Enara le rompieron el corazón.

Lloraba desconsolada aferrada a su muñeco favorito.

Carmelo la abrazó, sumido en ese silencio de animal herido que Ander tanto había llegado a odiar.

Él, un simple adolescente, había hecho más en esos últimos meses por buscar a su madre que su padre, quien se había limitado a esperar pegado al teléfono de casa.

Quería a su padre con toda el alma, pero había veces en que le daría dos tortas para ver si eso le hacía reaccionar.

—¡A la mierda con el eguzkilore !

Arrancó el amuleto de la puerta y cumplió su promesa. Penetró en el corazón del bosque colindante, lanzó al suelo el cardo salvaje y lo enterró bajo la hojarasca de robles y hayas. Regresó al coche y partieron hacia Bilbao.

Su familia jamás mencionó ese incidente. Se convirtió en un tema tabú. Uno más.

Ahora, con la flor todavía en la mano, Ander giró la llave y abrió la puerta. Gorritxo se le lanzó encima y comenzó a lamerle la cara con tanto ímpetu que le tiró al suelo. Sus lametazos de empatía pretendían borrar las lágrimas de las mejillas de Ander.

—Detente, campeón, que me vas a asfixiar. —Gorritxo logró hacer asomar una sonrisa en el rostro del inspector—. Corre, que llevas todo el día metido en casa.

El perro no necesitó que se lo dijera dos veces.

Salió disparado ladera abajo en busca de sus rincones favoritos.

Disponía de una hora de libertad absoluta, al cabo de la cual siempre regresaba a casa.

Ander le vio sortear varios tiestos de los vecinos y desaparecer en un recodo de la carretera.

Se puso en pie y se sacudió el polvo de los fondillos del pantalón.

Se secó la cara con la manga de la camisa.

Luego volvió a centrar su atención en el eguzkilore resucitado.

No podía ser cierto. No podía tratarse del mismo amuleto que colgaba en su caserío de Atxondo; no obstante…

Ander tocó los mechones enhebrados con la planta. Había una manera de salir de dudas.

El análisis del ADN.

Disponía de muestras suyas, de Enara y de Carmelo para identificar si se correspondían con tres de los cuatro mechones trenzados en el eguzkilore . Sin embargo…

Ander abrió mucho los ojos. Su respiración se tornó errática. Creía que se iba a desmayar.

El mechón de pelo de su madre estaba entrelazado con otro mechón de pelo cano. El instinto disparó las alarmas. ¿Correspondería a la cabellera actual de su madre? De ser así, significaría que ella había guardado el eguzkilore todo ese tiempo.

Significaría que Begoña Linaza, su madre, le había dejado un mensaje ineludible.

Volvía a casa.