Capítulo 38
La oficina de la Jefatura Territorial de Inteligencia de Álava estaba sumida en la más absoluta quietud.
Las láminas de las persianas venecianas habían sido bajadas, impidiendo el paso de los rayos de sol a través de la inmensa cristalera que daba a la carretera principal.
Las luces del techo estaban apagadas, a excepción de las dos más alejadas del escritorio, aquellas que alumbraban la puerta de la oficina.
Sobre el buró del jefe, una lámpara de mesa de acero cromado iluminaba la superficie pulcramente ordenada detrás de la cual se sentaba Rodolfo Sahagún.
El jefe esperaba con las manos entrelazadas y la mirada fija en la puerta. Tocaron tímidamente al otro lado.
—¡Adelante!
Abrieron y en el vano apareció la figura compacta del agente al que pretendía reclutar.
—Con permiso.
No había nada en él que llamara la atención: estatura normal, cara normal, pelo normal, mirada opaca. En definitiva, una persona invisible, del mismo perfil que el jefe de Inteligencia. La clase de persona que se ajustaba a la perfección a las necesidades de Rodolfo.
—Pasa, Endika. —Se levantó del sillón y acudió a estrechar la mano del agente. Le acompañó hasta el escritorio y le convidó a tomar asiento.
—Tenía muchas ganas de conocerte. Me han hablado muy bien de ti. —Rodolfo dejó caer su peso sobre el sillón.
—Gracias, señor.
—Deja eso de señor al otro lado de la puerta, hijo. Me haces sentir un vejestorio. Puedes llamarme Rodolfo. —Se recreó ante la manifiesta incomodidad del agente—. ¿Sabes por qué te he llamado?
—Me dijo que quería hacerme una oferta de trabajo —contestó Endika.
Rodolfo asintió. Tomó un abrecartas del cubilete de su mesa y jugueteó con él entre los dedos.
—Tengo entendido que debes una suma muy elevada de dinero a una serie de personas a las que no conviene cabrear.
—Posó el abrecartas sobre la superficie de madera y fijó una mirada felina en los ojos de Endika.
El agente pareció menguar en su asiento, como si Rodolfo hubiera activado un resorte invisible que lo hiciera replegarse—.
No temas por mí. Esa información no saldrá de esta oficina.
—¿Cómo se ha enterado?
Rodolfo enseñó sus pequeños dientes resplandecientes y extendió los brazos señalando la sala mientras balanceaba el sillón de cuero a izquierda y derecha.
—Es a lo que me dedico. La inteligencia consiste en eso. Saber aquello que otros tratan de ocultar. No mostrar aquello que todos quieren ver.
Endika tragó saliva y guardó silencio. Su carrera en el cuerpo de policía vasco estaba en manos del hombre que tenía enfrente.
—Trabajar para mí implica dos cosas —prosiguió Rodolfo—.
La primera de ellas, que seguirás ocupando el puesto que desempeñas en la actualidad.
Tu relación con la Ertzaintza no varía en absoluto.
—El jefe se inclinó sobre la mesa para cerrar el cerco en torno a la voluntad del agente—.
La segunda cosa se refiere a tus tareas nuevas, aquellas que permitirán que esa deuda tuya quede saldada para siempre.
—¿Qué tareas? —La pregunta de Endika no cogió por sorpresa a Rodolfo. La entrevista se estaba desarrollando conforme al guion preestablecido. Bajó la vista a la mesa y sonrió.
—Las que yo estime oportunas. Te iré informando. Al principio puede que te choquen o que pienses que son contrarias al juramento que hicimos al entrar en el cuerpo. Pero, no te equivoques, trabajamos en la sombra para derrotar la oscuridad. Algún día entenderás que no hay otra manera de hacerlo.
Endika tosió y se enderezó en la silla.
—¿Y la deuda?
—Si aceptas mi oferta, dala por saldada.
—¿Y si no lo hago?
Rodolfo se encogió de hombros y descolgó su teléfono de sobremesa.
—En ese caso, me veré en la obligación de denunciarte ante Asuntos Internos.
—¿Sobre qué base?
—A la bolsita de polvos blancos que llevas en ese bolsillo tan torpemente oculto del pantalón.
Endika apretó con fuerza los brazos de la silla y se quedó mirando a Rodolfo con expresión de terror. Cinco minutos después, salía del despacho del jefe de Inteligencia con la íntima convicción de que acababa de venderle el alma al diablo.
En el interior del despacho la convicción era otra bien distinta.
Rodolfo se congratulaba en silencio por el éxito obtenido en el reclutamiento de su primer itzala .
La primera piedra del nuevo edificio que supondría la refundación de la organización bajo su puño de acero.
Repasaba mentalmente los siguientes candidatos de la lista cuando sonó el teléfono que llevaba en el compartimento interior de la americana.
Se trataba del teléfono de prepago proporcionado por la Mocro Maffia.
Lo sacó del bolsillo y lo observó durante un par de segundos antes de contestar a la llamada.
—¿Diga?
—El sol jamás podrá brillar con fuerza si las nubes obstaculizan su visión. —Una voz ronca pronunció esa frase sin mayor preámbulo.
—¿Perdone?
—Tienes que acabar con Ander Crespo. Lo queremos muerto.
El silencio se instauró en la línea durante un breve instante que a Rodolfo le pareció como una vida entera.
—¿Has entendido?
—Sí, señor.
—Muy bien. Hazlo. —Y colgó.
Rodolfo guardó lentamente el teléfono a buen recaudo. El destino nunca dejaría de sorprenderle. Sin haberlo previsto, los hados le habían brindado a Endika su primera misión. Había llegado la hora de que el agente probara la pasta de la que estaba hecho.