MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

La mañana lo recibió con un abrazo luminoso en el exterior.

Dejar a Torres con la palabra en la boca dentro de la cueva, expulsando humo por las orejas, quizá no había sido la mejor de las decisiones, pero era lo que el cuerpo le pedía.

El incidente con el lendakari no había hecho más que agudizar el descontento que siempre había sentido por el cuerpo al que servía.

Bueno, se corrigió, más que por la Ertzaintza, por los mandamases que la gestionaban.

Ander se frotó las sienes en un intento de relajar los músculos faciales.

Habían sido horas de alta tensión, un estrés que se iba acumulando y afloraba cuando el peligro ya había pasado, cuando la bandera verde ondeaba en lo alto del mástil.

—Inspector Crespo, ¿está bien? —Una agente pelirroja que conocía de vista de la comisaría, pero cuyo nombre no acertaba a recordar, se le acercó. La chica le sonrió tímidamente, sacó un paquete de pañuelos de papel y le tendió un par de ellos—. Tiene sangre en las manos.

Ander se las observó. Las palmas estaban manchadas. El rostro desencajado de Lázaro tendido sobre un charco de sangre le vino a la mente. El muchacho había muerto de un modo horrible, huyendo de sus miedos, presa del terror puro. Cogió los pañuelos ofrecidos.

—Gracias —dijo, sin energías para actuar con cortesía. Marchó hacia el coche sin preocuparse por la identidad de la policía.

Tomó asiento y agarró el volante con fuerza.

Las imágenes se le sucedían en la cabeza, víctima de la borrachera del sueño.

Conocía esa sensación a la perfección, pues no habían sido pocas las veces en las que la investigación del caso le había arrastrado hacia turnos sin descanso, a jornadas de veinticuatro horas.

Un remolino de sentimientos y vivencias giraba en el interior de su mente como una corriente de aire descontrolada.

Su madre, desaparecida y reaparecida; perdida, encontrada y vuelta a perder.

Enara, un puñado de huesos lo contemplaban desde su tumba, vestigios de una vida luminosa que el azar no dudó en cercenar.

Lucas Jauregui exhalando el último aliento entre sus brazos.

Aingeru Elguezabal y su mirada de serpiente.

Arregui saltando por los aires en Mungia; Alday y Miren embestidos en Atxondo.

César apuñalado en su salón, Evaristo encogido en un sepulcro ancestral, Lázaro despeñado en un arrebato de pavor irracional…

Cerró los ojos y apretó los labios con fuerza. No podía evitar pensar que la vida era una broma pesada en la que solo los ingenuos albergaban esperanzas.

«Tal vez no sea todo tan oscuro —se convenció mientras las caras de Amaia y Julia tomaban protagonismo en sus pensamientos—. Tal vez aún haya esperanza para mí».

Arrancó; el resto podría esperar.

Echaría una cabezada en casa y luego se pasaría por el hospital para comprobar la evolución de sus compañeros del Grupo 4.

Se incorporó a la carretera, pero cuando alcanzó la rotonda hacia su casa otro fogonazo en forma de memoria intrusiva le vino a la cabeza: la familiaridad sentida en el subsuelo de Miribilla.

De pronto vio claro lo que tenía que hacer.

Dio un volantazo. Tomó la salida anterior, la que llevaba al centro de la capital.

Había llegado el momento de volver a escarbar entre los recuerdos.

—Ander, ¿qué haces aquí? —Julia le recibió con una sonrisa reconfortante y un beso cálido. Le condujo hasta su despacho.

—Discúlpame por venir así, sin avisar, desaseado y con pintas de loco. Necesito tu ayuda.

—¿Qué ha pasado? Estás hecho un desastre. —El brazo de la mujer le recorrió la espalda hasta detenerse en su cara. La sujetó con fuerza y le dio un largo beso—. ¿De dónde vienes?

Ander se separó con suavidad y se dejó caer sobre la silla.

—De la mina Malaespera.

El gesto inquisitivo de Julia la delataba; no conocía la existencia de ese enclave.

—El monte de Miribilla está plagado de túneles. Durante años explotaron varias minas en busca de mineral para alimentar nuestra insaciable industria. La mina Malaespera era la más grande.

—¿Qué hacías allí?

Ander la miró en silencio. Las facciones de Julia tenían un encanto que le fascinaba. Nada en ella era artificioso; su fuerza, su atractivo, eran naturales, puros. Se retrepó en el asiento y, de forma inconsciente, apoyó la barbilla en la mano abierta.

—Un caso nos llevó allí.

La psicóloga se sentó sobre el borde de la mesa, tan cerca que podía oler su perfume, sentir su calor. Su gesto serio le indicaba que estaba analizándolo.

—¿Fue bien?

—Salvamos a uno, murió otro, resolvimos el caso. Júzgalo por ti misma.

Julia hundió la cabeza entre los hombros, miró al suelo y negó con la cabeza.

—Cada muerte se convierte en una piedra pesada que cargas en tu mochila, Ander. No fue bien.

La psicóloga rodeó la mesa. Abrió un cajón y sacó una botella del interior. Ander alzó las cejas sorprendido.

—¿Whisky, doctora?

Julia cruzó la sala sonriéndole de forma descarada.

—En ocasiones necesito algo más fuerte que el té.

No te puedes hacer una idea de las cosas que escucho en mi consulta.

—Tomó dos vasos de plástico del botellón de agua mineral y se acercó a la mesa, junto a Ander.

Sirvió un par de dedos en cada recipiente y le ofreció uno al inspector.

Alzó su vaso y propuso un brindis—. Por los espíritus atormentados.

El policía imitó el gesto.

—Por nosotros. —Bebió el contenido de un trago. El líquido le quemó la garganta y atravesó el esófago como lava candente. Le despertó como la llamada de un gong.

—Ahora que hemos tomado el reconstituyente, dime, Ander, ¿en qué puedo ayudarte?

—Necesito que vuelvas a hacer magia conmigo.

—¿A qué te refieres? —La sonrisa pícara de la psicóloga le hizo sonrojarse hasta las orejas.

—Sentí algo en la mina que me sacudió por dentro.

Algo que me arrancó del presente para trasladarme a mi infancia.

Por desgracia no pude recordar nada, tan solo eran sensaciones.

Me veía en paz entre la oscuridad asfixiante de la mina.

Pensé que ese ambiente me oprimiría. En más de una ocasión me ha sucedido.

Momentos en los que parecía que el aire no me llegaba a los pulmones.

Pero hoy no, ha sido todo lo contrario. Me he sentido libre.

Entonces me acordé del episodio de Iraia que me relataste y de cómo la mente bloquea recuerdos después de acontecimientos traumáticos. Quizá yo también padezca ese mal.

—Entiendo. —Julia adoptó una actitud más seria—. ¿Quieres que hagamos otra sesión de hipnosis regresiva para rescatar alguno de esos recuerdos?

—Sería de gran ayuda para mí.

—Entonces que no se hable más. —Se golpeó con fuerza en los muslos. Se puso en marcha e invitó a Ander con un gesto de la cabeza a que la siguiera—. Pasemos al otro despacho.

La espalda crujió al estirarse sobre el diván acolchado.

Ander temía que si cerraba los ojos caería en un sueño profundo, convirtiendo en imposibles todos los intentos de Julia por acceder a su mente.

Ahuyentó de un manotazo mental el pensamiento obsesivo de descansar, inició una serie de respiraciones profundas preparatorias que le situarían en una posición óptima para iniciar la intervención.

El leve zumbido del ventilador de hélices que, sobre su cabeza, mantenía la sala a una temperatura ambiente adecuada y el penetrante aroma de las barritas de incienso prendidas obraron su arte.

Relajó hombros y cuello; ya estaba preparado.

—Te encuentras en tu caserío de Atxondo. Has subido a la habitación de tus padres. Ambos duermen. Te acercas al lado de tu madre. Allí está ella, serena, respirando de un modo acompasado. Sumida en un sueño reparador que se refleja en la relajación de su rostro. Incluso sonríe.

El inspector voló con la imaginación a esa escena descrita por la voz densa de la psicóloga.

Volvió a percibir el ulular del búho en el exterior, el chirriar de la madera bajo sus pequeños pies desnudos.

Experimentó la mordedura del frío que se colaba por los batientes de las ventanas del caserío, los olores entremezclados que subían desde la cocina y el salón, donde el último leño en la chimenea había prendido horas antes.

La piel de la nuca se le erizó de la emoción de ver a su madre feliz, abrazada a la almohada, con un largo mechón cruzando su bello rostro.

—Abandonas el cuarto de tus padres y deambulas por la casa sin rumbo.

Enara también duerme, tapada hasta el cuello con una manta gruesa.

Tú también quieres echarte en tu cama, pero algo te lo impide.

Un impulso que te obliga a continuar recorriendo los rincones del caserío.

De pronto algo sucede, no sabes muy bien el qué, pero el mundo que te rodea se ha transformado.

Ya no estás en casa, sino sumido en la más absoluta oscuridad.

El inspector se vio a sí mismo de niño, mirando angustiado alrededor.

Sus ojos no percibían más que negrura, pero él notaba la presencia de alguien.

Avanzó con los brazos extendidos, palpando el aire, con la firme intención de agarrar a quien fuera que le estaba acechando amparado en la negrura.

«¿Hay alguien aquí?», escuchó su voz chillona de infante rasgando el silencio.

Cuando creía que nadie le contestaría, una voz cercana le acarició con dulzura: «No le temas a la oscuridad. Respira hondo. Avanza».

La visión fue adaptándose a las sombras.

De una oscuridad total pasó a identificar formas más claras, vanos perfilados en un fondo gris oscuro.

Avanzaba por un pasillo, como el de su caserío, solo que en este caso sus pies descalzos no pisaban madera, sino barro seco y frío.

El sonido provocado por la tela al rozar la piel le advirtió de que no estaba solo, de que esa voz que le había ayudado a calmarse pertenecía a una persona que continuaba presente en algún lugar cercano.

—Te sientes en paz. Estás tranquilo, vuelves a experimentar el mismo sentimiento que te asaltó en el interior de la mina Malaespera. Mira a tu alrededor. En algún lugar aguarda la solución al enigma.

El niño cerró los ojos. El miedo le había abandonado, tan solo sentía una inmensa curiosidad.

¿Qué hacía allí? ¿Quién le hablaba con esa voz tan amable?

¿Por qué no se mostraba ante la luz? ¿Sería una bruja que quería acabar con él?

Se sacudió la idea intrusiva de la cabeza.

No tenía ningún sentido. En el fondo de su corazón sabía que estaba seguro en su presencia.

A lo lejos escuchó un murmullo que se abría paso, un canto lejano cuyas notas llegaban filtradas por la distancia.

Abrió los ojos. Ante él, un amplio vano enmarcaba una negrura insondable.

Afiló la mirada. Un destello emergió de entre la oscuridad, un punto de luz trémulo que se acercaba con paso firme.

¿Una llama con patas? Entonces lo supo. La antorcha iluminó un rostro y la verdad que aguardaba entre las sombras emergió.

—¡¡¡No!!! —Ander abrió los ojos de golpe. El sudor le corría a chorros por la espalda, la cara mostraba una expresión de perplejidad total. La mente desencajada trataba de realizar de un modo seguro el tránsito del Ander niño al adulto actual. Con respiración agitada buscó la presencia de Julia.

La psicóloga se agachó junto a él. Le pasó el brazo por los hombros y le atrajo hacia ella.

—¿Lo has visto?

Ander se separó de ella con suavidad. La miró a los ojos y asintió.

—Tenías razón. La verdad aguarda entre las sombras.