MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

No tardaron en llegar a la abertura que marcaba el acceso a la antesala de la tumba. A dos metros de desnivel, los operarios habían abierto a martillazos un acceso desde la mina. Ander enfocó al suelo de la galería. Diseminados, yacían los cascotes.

—El socavón en la estación de Renfe se produjo por el empuje de la propia montaña.

—Lázaro arrastraba las palabras al hablar.

Se mostraba temeroso, impresionado por no haber hallado el cadáver de su compañero de faena—.

Impulsó la fina pared que aislaba la caverna por la que pasan los trenes y dejó a la vista esta galería de la mina y el pasadizo estrecho de allá arriba.

—¿Cuándo hicisteis ese agujero en la pared?

—Antes de tapiar y rasear la abertura de la estación.

Ander asintió.

—Lo dejasteis preparado.

—Sí, fue idea mía. —El joven trepó por la pared con asombrosa agilidad. No le costó encaramarse a la entrada—. Pásenme una cuerda.

Gardeazabal le lanzó la que llevaba a la espalda.

Lázaro se la ató a la cintura y los ayudó a subir.

Al poner el pie en ese suelo arcilloso, no le cupo duda de que otras manos habían sido las responsables de horadar ese corredor en la montaña.

El pasadizo tendría unos cien metros de longitud.

En una estimación rápida, Ander calculó que no tendría más de dos metros de ancho por dos de alto.

—¡Qué calor hace aquí dentro! —Gardeazabal se desabrochó los botones y avanzó hacia el final del túnel.

—Allí está la tumba. —El joven se situó detrás del corpulento inspector, que abría la marcha. El desparpajo mostrado al llegar a la casa de su abuelo había desaparecido de un plumazo.

Abrieron la puerta de par en par.

Lo primero que percibieron fue un olor intenso y concentrado, una mezcla de resina de madera y de podredumbre. Se taparon las fosas nasales e iluminaron la estancia que se abría ante ellos.

—¿Qué coño es este lugar? —La voz de Gardeazabal ahuyentó el espectro del silencio, sacando a sus compañeros del ensimismamiento.

—No lo sé —dijo Lázaro—, pero parece un mausoleo. Miren las paredes. —El brazo del muchacho señalaba los conjuntos pictóricos que la luz de la linterna iba desvelando a medida que se desplazaba por los muros de la sala.

Ander arrugó la nariz, expresando así su incredulidad.

Ante sus ojos se desplegaban imágenes de procesiones.

Pastores conduciendo un rebaño de ovejas, mujeres y hombres vistiendo tocados que jamás había visto.

Sentía como si se hubiera adentrado en una galería del Museo del Louvre de noche.

Lo que estaba presenciando no tenía ningún sentido.

Gardeazabal fue quien verbalizó su estupor.

—Esto no es posible.

—Cuando se desveló que no era el oro de la República lo que habían escondido aquí, César se puso como un loco. Comenzó a dar patadas a todo lo que le rodeaba. Eran huesos, miren. ¡Docenas de esqueletos!

Ander se agachó. Decidió centrarse en el abundante material apilado sobre el suelo de la estancia.

A sus pies, y cubriendo todo el habitáculo, se extendía una amalgama de escombros y bultos cubiertos de tierra y polvo acumulado que llegaba hasta las paredes y que marcaba su punto álgido en el centro de la sala.

Con tiento, tomó uno de esos bultos, solo para comprobar que se trataba de un cráneo humano que le observaba desde la nada en la que descansaba el alma que un día lo habitó.

—Esto parece muy antiguo —señaló Gardeazabal, que también sostenía un objeto rescatado entre el cieno. Parecía un collar de cuentas—. No tiene sentido. En Euskadi jamás se ha encontrado nada similar. Es como si nos hubiésemos transportado al Egipto de los faraones.

—Bueno, yo ya he cumplido con mi parte. —Lázaro se mostraba muy inquieto, barriendo la estancia continuamente con su linterna—. Vámonos de aquí.

Ander continuó caminando linterna en ristre hacia el centro de la cripta, haciendo caso omiso de las palabras del joven, que se quedó atrás con la palabra en la boca.

Gardeazabal caminaba a su derecha, apartando con la pierna los bultos que obstaculizaban el camino.

Estos caían al suelo sin emitir más ruido que un leve crujido amortiguado.

Al avanzar fueron conscientes de la magnitud del horror: decenas o tal vez cientos de esqueletos los rodeaban. Con el haz de luz volvió a barrer el suelo de la gran sala, observando con mayor detenimiento los restos.

—Esta gente no ha muerto de muerte natural. Fueron sacrificados.

El aire viciado dificultaba la respiración. Ander tenía la camisa empapada en sudor adherida a su piel como si se tratara de un tatuaje permanente.

—Esperen, no me dejen solo. —Lázaro corrió al lado de los policías.

Las luces bailarinas de las linternas barrían las sombras de un sarcófago, como si anticiparan la aparición de riquezas durante mucho tiempo guardadas.

—Dentro encontramos un esqueleto lleno de joyas. Se las quitamos todas, también la daga que llevaba a la cintura. No teníamos que haberlo hecho. El rey muerto nos lanzó una maldición desde el más allá…

La voz del joven se fue apagando a medida que se asomaban al sepulcro. Iluminaron el interior al unísono.

—¡Dios mío! —Lázaro soltó un alarido que heló la sangre del inspector jefe. Luego se desplomó.

—¡Joder! —Gardeazabal dio un paso atrás al comprobar que Evaristo Nieto yacía acurrucado de lado, en forma de ovillo, dentro del ataúd milenario.

El cadáver estaba cubierto de un polvo blanco.

Probablemente se le pegó cuando se le vino encima parte de la galería.

La sangre seca le cubría el pelo y parte de la cara.

A Ander esa postura le recordó el modo en el que su hija dormía en la cama.

El chico sería de la edad de Amaia. El policía sintió que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

En ese instante le vino a la mente la imagen temblorosa de la pobre madre del chaval; le había prometido que encontraría a su hijo, aunque fuera lo último que hiciera en su vida.

Maldijo al destino por haber dado con Evaristo en esas circunstancias.

No era justo que la muerte le hubiera llegado a edad tan temprana.

—Levanta, chaval. —Gardeazabal introdujo los brazos bajo las axilas de Lázaro y le elevó sin esfuerzo—.

Aquí tienes a tu compañero. El mismo al que diste por muerto.

Pues ¿sabes qué? ¡No lo estaba! Pudisteis haberle salvado.

Pero, claro, una oveja descarriada como tú solo mira por sus propios intereses.

—A un palmo de la cara del joven, parecía un perro de presa a punto de caer sobre su víctima.

La rabia le cegaba—. Seguro que fuiste tú, y no César, quien propuso huir con la parte del botín de Evaristo.

Pero Lázaro no parecía reparar en el zarandeo del que estaba siendo objeto. Su atención estaba fija en el cuerpo inerte de Evaristo.

—¿Está…? —Le señaló con un dedo tembloroso, incapaz de formular la pregunta.

—¿Muerto? —Gardeazabal liberó a su presa y dio un paso hacia el sarcófago—. ¿Cómo quieres que esté? Muerto, sí. De hambre y de miedo. Mira. —Le dio la vuelta a la linterna e impactó con la base en las costillas de Evaristo.

De pronto el cuerpo del joven se retorció y de su garganta se proyectó un ronco quejido. Giró el rostro ante los intrusos. Sus globos oculares heridos por la luz mostraban dos pupilas minúsculas.

—¡Está poseído!

Lázaro lanzó la linterna, se llevó las manos a la cabeza y, arrodillado, comenzó a autoinfligirse puñetazos. Luego se incorporó de un salto y salió corriendo de la sala mientras gritaba fuera de sí.

—¡Quédate con Evaristo, Garde!

Ander salió a la carrera tras los pasos del preso.

La luz oscilante le mostró la ruta de huida errática del joven, que corría como un auténtico espíritu aullante, enajenado, sin ser dueño de sus actos.

Le vio caer y alzarse, golpear la cabeza contra una roca saliente y, al final, precipitarse de cabeza por la oquedad que días atrás había ayudado a perforar.

El inspector se asomó por la abertura y vio el cuerpo inmóvil de Lázaro tendido entre los casquetes del muro.

Una mancha de sangre se expandía desde debajo de su cabeza.

—No, joder.

Ander descendió con cuidado y se agachó junto al cuerpo del chaval.

Le aplicó dos dedos en la yugular. No tenía pulso.

Le iluminó la cara. La expresión de terror de Lázaro se había quedado impresa en su rostro.

La boca abierta y retorcida, los ojos desencajados, los puños crispados.

El joven había muerto más de miedo que del propio impacto. Le cerró los ojos.

—¿Está muerto? —Gardeazabal le observaba desde lo alto. Acarreaba a Evaristo entre los brazos. El chico no tenía fuerzas ni para caminar.

—Sí. No ha sobrevivido a la caída.

El inspector negó con la cabeza esforzándose por recuperar el aliento mediante inspiraciones profundas.

Habían penetrado más de cincuenta metros bajo tierra, sumergiéndose en una oscuridad insondable, habían dado con Evaristo y la tumba, y el destino, la maldición o tan solo la mala suerte había querido que Lázaro encontrara su fin en esas profundidades.

Ander miró alrededor. De algún modo en ese lugar se sentía como en casa.

«No lo entiendo», pensó. Su vista se perdió entre los minerales de diversos colores que pintaban las paredes como un lienzo.

Notaba que las colinas perforadas respiraban de una forma diferente a las demás.

—Y pensar que todo empezó por un desprendimiento. —Gardeazabal trataba de darle pequeños sorbos de agua a un Evaristo extenuado.

—Un pequeño accidente que ha terminado con una gran desgracia: dos fallecidos y un tercero que se ha salvado por los pelos. Quédate aquí con el chaval. Regresaré a la superficie para solicitar ayuda.

Dos horas después el panorama en la mina de Malaespera había cambiado de forma radical.

La luz iluminaba la amplia galería central, impulsada por los potentes generadores que habían traído las brigadas municipales y los bomberos.

La policía científica examinaba los lugares en los que habían acaecido los hechos violentos.

Los arqueólogos habían asumido la investigación de la sorprendente tumba que durante siglos había permanecido incorrupta bajo los pies de los bilbaínos.

Sus semblantes pálidos denotaban sorpresa y estupor superlativos.

Pronto procedieron a precintar el acceso para que ningún otro curioso siguiera el ejemplo de los operarios de mantenimiento.

Ander presenciaba todo desde la distancia, apoyado contra la pared opuesta.

El traslado al exterior de Evaristo había sido rápido.

Los médicos que lo exploraron certificaron que sus constantes vitales eran muy débiles y que, de no haber aparecido los policías, el joven probablemente habría fallecido en las horas siguientes.

Gardeazabal decidió acompañar al chico al hospital.

También se encargaría de ponerse en contacto con su preocupada familia.

El levantamiento del cadáver de Lázaro fue tan rápido como triste. Por más que él se lo hubiera buscado, el inspector jefe no podía evitar sentir lástima por el joven, cuya vida había sido cercenada, y por su madre, Puri, que tanto había hecho por evitar que su hijo tuviera un final como ese.

—¡Ander!

Por el rabillo del ojo vio a Torres, flanqueado por varios agentes que portaban unos aparatosos focos, avanzar hacia él desde el otro extremo de la galería. El director se detuvo junto a su subordinado y le estrechó la mano.

—Buen trabajo, Crespo. Gracias a ti ese chaval ha vuelto a nacer.

Has cerrado el caso de una forma brillante.

Como tú solo sabes hacer: sin dar parte a tus superiores y lanzándote al vacío sin paracaídas.

—El rostro del director se contrajo en un gesto de rabia—.

¡Qué voy a hacer contigo! No sé si condecorarte o expulsarte del cuerpo.

Ander se encogió de hombros.

—Lo que hagas bien hecho estará. Es tu decisión. —Le dio una palmada en el hombro. Luego giró sobre los talones y se alejó de su superior dejándole con la palabra en la boca.

—Ya hablaremos tú y yo, Crespo.

El inspector alzó la mano en ademán de despedida. La caída de la adrenalina le había producido un cansancio terrible. Necesitaba echarse unas horas, reponer el tanque de energía antes de afrontar el resto de las tareas pendientes.

Estaba en el ojo del huracán, una tregua aparente, pero sabía que pronto se desataría la tormenta y que le impactaría de lleno.