Capítulo 35
La cafetería del Hospital de Cruces estaba sumida en un silencio sobrecogedor a esas horas de la madrugada. El sonido habitual de cafés solos, cortados, con leche, zumos de naranja, tostadas, bollería e, incluso, pinchos de tortilla quedaba reservado para el amanecer.
En un rincón del amplio recinto, Ander y Gardeazabal daban cuenta de sendos bocadillos sin dejar que la conversación los interrumpiera.
Habían acudido tan pronto como pudieron abandonar la comisaría.
Fueron unos minutos frenéticos en los que se entremezclaron los sentimientos de desazón por la suerte sufrida por sus compañeros con la determinación de llevar a cabo una incursión en las entrañas de la mina Malaespera con el fin de localizar, cuanto antes, el cadáver de Evaristo y la tumba saqueada.
Habían dejado a Lázaro en una celda de la comisaría, ya regresarían luego a por él.
En ese momento tenían otra tarea más urgente que atender.
Cuando llegaron al hospital, Alday acababa de salir del quirófano; apenas pudieron verle a lo lejos.
Dormía, con la pierna herida en alto y media cara cubierta con vendas.
Su ventanilla había explotado en mil pedazos, muchos quedaron incrustados en su cabeza.
Los médicos les confirmaron que su recuperación sería lenta.
Miren presentaba otro aspecto. El impacto lo absorbió su compañero, pero ella también sufrió múltiples golpes y rozaduras dentro de la cabina. Estaba despierta, pero un poco aturdida. Los inspectores solo la saludaron, la verían más tarde, cuando la trasladaran a planta.
—Da miedo pensar en lo que les podía haber sucedido. —Gardeazabal hablaba con la boca llena, su mirada fija en un punto indeterminado del ventanal—. Como pille al malnacido que lo hizo, juro que le haré picadillo.
—Afortunadamente están bien. —Ander se limpió con la servilleta. Se puso en pie—. Están en buenas manos. En ese sentido podemos estar tranquilos; ya buscaremos a los responsables, pero, ahora, la mina nos espera.
—Sí, vámonos antes de que Lázaro se arrepienta de su decisión de colaborar.
No se cumplieron los temores de Gardeazabal. El preso mostraba un aspecto abatido, la señal de que las últimas horas había estado reflexionando sobre sus malos actos. Le sacaron de la celda y lo trasladaron al coche esposado.
—¿Quieres un poco de agua? —Ander se sentó a su lado. Soltó las esposas y le ofreció un botellín. Cuando hubo terminado de hidratarse, volvió a colocárselas—. Nos hemos equipado para entrar a la mina siguiendo tus consejos. ¿Dónde está la entrada secreta?
—En casa de mi abuelo.
—¿En La Peña?
—Sí. Está a la vista de todos, en el sótano del edificio.
—¿Y la llave?
—Escondida. Llévenme allí y se lo enseñaré.
Ander sintió que su compañero lo observaba. Alzó la vista y allí estaban, clavándose en él a través del retrovisor, los ojos iracundos de Gardeazabal. Le hizo un gesto y arrancaron.
La quietud de la noche los devoró. De madrugada Bilbao era un monstruo tendido de luz, asfalto y cristal que, exhausto por la actividad diurna, se abandonaba a un sueño reparador.
En el trayecto a La Peña Ander no pudo evitar recapitular lo vivido en las últimas horas.
Desde la revelación de su padre en un momento de lucidez efímera, pasando por la relación que estaba naciendo entre Julia y él, la confesión de Lázaro, hasta el brutal accidente que casi acaba con la vida de sus compañeros.
Cerró los ojos, dejó que el movimiento del coche le meciera.
Notaba el cansancio como una losa que le hubieran amarrado a la espalda.
Se sentía mayor, ya no era el joven que podía afrontar jornadas interminables.
El cuerpo le pedía una tregua; la mente, la rendición.
—Ander, ya hemos llegado.
La voz de Gardeazabal le sobresaltó. Miró a izquierda y derecha; se había quedado dormido. Su compañero le apretó el hombro y le sonrió.
—Te has echado una cabezadita.
—Lázaro, ahora te voy a soltar las esposas. —El inspector jefe introdujo la pequeña llave y la giró, liberando las presas con un clic—. Ni se te ocurra jugárnosla.
—Solo quiero ayudar, lo juro. Los llevaré hasta Evaristo.
—Más te vale. —Lo miró con un gesto de desconfianza.
Los policías cogieron el material y se lo repartieron.
A Lázaro únicamente le tendieron una linterna para que alumbrara el camino.
El edificio permanecía en la penumbra, a oscuras, con la salvedad de la luz que le proporcionaba el alumbrado público de la calle.
Todos dormían. Ander se imaginó al abuelo de Lázaro esquivando en sueños a los avaros y mezquinos fantasmas de la mina.
El joven hurgó en el interior de una de las macetas de gran tamaño que flanqueaban el portal.
De entre la tierra húmeda extrajo una cajita.
En su interior había un llavero al que no tardó en darle uso. Accedieron al inmueble.
—No hagan ruido. —El susurro de Lázaro rasgó el silencio del zaguán.
El joven seleccionó otra llave y franquearon el umbral que les hizo descender hasta el sótano.
—Esto es un trastero nivel dios —soltó Gardeazabal.
Su mirada saltaba de un utensilio obsoleto a otro: bicicletas con la cadena salida o sin ruedas, carros de bebés ajados, botes de pintura seca y cajas y más cajas que conformaban un museo de lo inservible y que daba fe del carácter acumulador del ser humano.
—Por aquí.
Lázaro apartó varios objetos, giró una esquina y movió un armario de formica. Al despejarse la zona una puerta quedó a la vista. Introdujo una llave en la cerradura. La hoja cedió con un lamento que parecía venir del interior de la tierra.
El joven encendió la linterna y se adentró en la oscuridad.
Ander trató de seguir sus pasos, pero notó algo, como una mano invisible que le impedía avanzar detrás del joven.
De pronto se sintió transportado a otro tiempo.
Un umbral parecido se materializó frente a sus ojos.
El inspector sabía que quien se encontraba allí era su versión de la infancia, el Ander niño que jugaba en los alrededores de su caserío corriendo tras las ardillas u hostigando a las ovejas.
Sin embargo, ese niño no estaba feliz, sino aterrado por la oscuridad que le amenazaba como la boca de un monstruo hambriento.
—¿Estás bien, jefe? —Gardeazabal le agarró del hombro. Le miraba con gesto de preocupación—. ¿Te has mareado? Estás pálido.
—No, estoy bien. Sigámosle, que no se nos escape. —Tomó aire y se adentró en el pasadizo.
—No se queden atrás —se escuchó a Lázaro varios metros por delante.
Las linternas iluminaban un camino estrecho que descendía de forma regular y pronunciada. Las paredes rugosas mostraban el trabajo manual de los mineros que habían horadado la montaña.
—Esto es parte de un sondeo que se realizó hace muchísimo tiempo para estudiar la estabilidad de la mina.
Generalmente los cegaban después de la comprobación.
Pero mi abuelo y sus compañeros lograron que esta entrada evitara el cierre.
La escondieron y gracias a ello pudieron beneficiarse de la venta del mineral que sacaban de estraperlo.
—¿Adónde lleva este pasadizo?
Lázaro se detuvo hasta que los policías le dieron alcance. Luego apuntó a otra abertura situada a una docena de metros más abajo.
—Si sorteamos las rocas que sepultan parcialmente ese boquete, accedemos a una de las galerías secundarias de la mina. Tenemos que darnos prisa, no es bueno estar aquí debajo demasiado tiempo.
—¿Es peligroso? —preguntó Gardeazabal. La seriedad de su jefe le tenía preocupado y él también comenzaba a sentir indicios de ansiedad.
—Digamos que no es aconsejable —respondió el joven con una media sonrisa.
El corpulento inspector sacó de la mochila una pequeña baliza luminiscente y la activó. De pronto la oscuridad fue rota por los parpadeos amarillentos que emitía el dispositivo. Lázaro se giró alarmado.
—¿Qué hace?
—Marco el camino, chaval. No te pensarías que lo íbamos a fiar todo a tu buena voluntad, ¿verdad? Voy a ir dejando balizas por el camino, serán nuestras miguitas para regresar sanos y salvos.
El joven se lo quedó mirando con intensidad. El juego de luces y sombras creaba en su rostro muecas fantasmagóricas. Al final, se encogió de hombros y, girando sobre sus talones, continuó el descenso.
La galería secundaria era más espaciosa de lo que Ander había esperado. El techo estaba a una altura considerable y entre las paredes el paso era más que holgado.
—¿Cómo de grande es la mina? —preguntó Ander, que comenzaba a retomar el control de sus nervios.
—Es enorme. Imagínese cinco campos de fútbol plagados de galerías de diversos tamaños. Así es la mina Malaespera.
—¿Está lejos la tumba?
—A unos cinco minutos, pero antes llegaremos a la galería en la que murió Evaristo.
El inspector no apreció ni un asomo de pena en la voz del joven.
Le llamaba la atención cómo una persona de esa edad podía mostrar tan poca humanidad.
Atravesaron varias galerías de un tamaño intermedio, maravillados por moverse medio centenar de metros por debajo de un barrio al completo, cuyos vecinos ignoraban que, en esos momentos, en las entrañas del monte dos policías trataban de resolver un asesinato.
—La galería principal.
Lázaro dobló la esquina y accedieron a un recinto enorme, más parecido a la nave de una catedral que a un coto minero. Las linternas sacaban a la luz los diversos colores y tonalidades del corazón de la montaña.
—¿Ven qué preciosidad? Por eso quería venir aquí con mi abuelo. La calcita blanca, la ankerita anaranjada, la dolomita color crema, el marrón grisáceo del carbonato de hierro… Durante años las formas y colores de estas paredes han sido mi paraíso particular.
—Lástima que luego la calle te maleara —sentenció Gardeazabal.
El joven apretó la mandíbula y guardó silencio.
Se mostraba contrariado. Continuó caminando sobre el suelo embarrado de la mina, sorteando los riachuelos que el agua filtrada de la montaña había formado.
Ander admiró la majestuosidad ante él. Se sentía insignificante ante tanta roca, su vida estaba a merced de un empuje incontrolado, de un derrumbe accidental.
Pero, en ese momento, a él no le importaba.
Sin saber muy bien por qué, se sentía cómodo allí abajo.
Abandonaron la gruta principal. El haz de la linterna de Lázaro dibujó un arco que reveló la entrada de una galería.
—Es aquí —anunció con tono grave.
Ander se situó a su lado y le enfocó a la cara. La expresión del joven, hasta entonces nerviosa, no mostraba signo alguno de emoción. Los claroscuros esculpían en pómulos y mandíbula un perfil que al inspector le trajo a la memoria el lendakari Elguezabal, Akerbeltz.
—Repíteme lo que le sucedió a Evaristo. ¿Cómo terminó sepultado entre escombros?
El joven avanzó sin volver la cabeza. Su atención parecía concentrarse totalmente en dónde pisaba.
—La tumba le volvió loco. No hacía más que repetir que Dios nos castigaría por profanarla. Empezó a chillar, a advertirnos de que el fantasma del muerto nos seguiría por siempre hasta acabar uno a uno con los tres.
—Como la maldición de Tutankamón —apuntó Gardeazabal.
Ander se giró hacia su compañero. Desde el accidente de Iban Arregui se había empeñado en leer más, en cultivarse, para llegar a su distante compañero.
A pesar del desgraciado final de Arregui, el esfuerzo de Garde no había caído en saco roto y se había convertido en el mayor homenaje que hubiera podido hacer a su amigo caído.
Un escalofrío recorrió la espalda del inspector jefe.
La muerte estaba tan presente que dolía.
—Lo que usted diga. —La voz del joven sonaba amplificada en la galería.
El techo era mucho más bajo y había secciones que parecían pender de un hilo.
Una montonera de escombros cegaba parte de la gruta—.
El caso es que perdió la cabeza y comenzó a correr sin sentido.
César y yo tratamos de darle alcance, pero fue inútil.
Entró en esta ratonera y provocó un desprendimiento.
Nos sumergimos en la intensa polvareda que se levantó para nada. Miren, está justo…
—¿Qué sucede?
Ander se agachó junto al punto que marcaba la linterna del joven.
Varias piedras ensangrentadas atestiguaban el impacto recibido por Evaristo, pero el cuerpo del joven no aparecía por ningún lado.
El inspector enfocó a Lázaro. Este tenía los ojos como platos, la boca abierta balbuceaba incomprensiblemente, su palidez indicaba el fuerte impacto recibido.
—Es-estaba a-aquí. Le zarandeé y no se movía, tenía varias piedras encima…
Gardeazabal le cogió por el cuello y lo puso contra la pared.
—No comprobasteis que estuviera muerto, ratas inmundas. Le dejasteis aquí solo, sin luz, sin agua, sin comida, perdido en la oscuridad. —Le alzó varios palmos por encima del suelo.
—Suéltale, Garde.
Ander se situó en medio y logró que su compañero poco a poco aflojara el agarre. Al final, dejó caer a Lázaro al suelo. El joven se puso a cuatro patas, tosiendo sin parar.
—Creía que estaba muerto —dijo entre gemidos.
Ander le cogió del pecho y le puso en pie de un tirón.
—Muerto vas a acabar tú como no lo encontremos. Muéstranos dónde está la tumba. Tal vez Evaristo regresara allí.
Gardeazabal colocó otra baliza junto a los restos de sangre. Luego se situó frente a Lázaro y lo fulminó con la mirada. Este temblaba como un flan.
—Por aquí. —Caminó con tiento, con un porte de menor seguridad en sí mismo y el miedo visible en cada poro de su piel—. Tal vez Evaristo no se equivocaba con sus miedos. Quizá estemos marcados por haber profanado tierra sagrada. Joder, primero él, luego su tío… Solo quedo yo.
Ander gruñó y le dio un empujón para que acelerara el paso. En algún rincón de esos cinco campos de fútbol plagados de galerías se encontraba Evaristo. Tenían que encontrarlo vivo o muerto.