MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

El estruendo provocado por la ráfaga de disparos reverberó por todos los rincones de la galería de tiro.

Los proyectiles saltaron del arma en una sucesión precisa hasta que el cargador quedó vacío.

Endika sostuvo su pistola reglamentaria en alto, insuflando los pulmones con el aroma de la pólvora.

No sabía por qué ese olor actuaba sobre él como un bálsamo, relajándole los músculos y disparándole las endorfinas en la mente.

Le trasladaba a una suerte de nirvana, un lugar donde los problemas no tenían cabida.

Por desgracia, la pólvora siempre acababa disipándose, pero sus problemas permanecían.

Dejó el arma sobre la mesa auxiliar y pulsó el botón para acercar la diana.

El papel se bamboleaba en una danza hipnótica mientras el carro lo transportaba por el techo hasta su posición.

Descolgó la diana y envió el carro de vuelta hasta el fondo de la galería.

El blanco estaba irreconocible; las balas lo habían destrozado.

Endika asintió satisfecho. Cogió el arma y la introdujo en su cartuchera.

Descolgó el chaleco de la Ertzaintza, se lo echó al hombro y salió al pasillo.

Disparar había estado bien, pero el cuerpo le pedía algún estímulo más duradero.

Necesitaba una ayuda extra para afrontar la entrevista del día siguiente.

Entró en el servicio de caballeros. No había nadie.

Aun así, decidió encerrarse en un retrete y echar el seguro.

Sacó una bolsita de un compartimento oculto del pantalón.

La levantó sobre la cabeza y agitó su contenido.

Quedaba poca cocaína. Dejó caer sobre el dorso de la mano una medida que el hábito había demostrado como perfecta.

La esnifó en dos movimientos y se espabiló la cara de dos tortazos.

Esa maldita nieve había acabado con su matrimonio.

Cinco años echados por la borda por no haberle hecho frente.

Por haber permitido que le arrastrara durante fines de semana de desenfreno y perdición.

Por no haber sabido identificar las señales de alarma, la agresividad sobrevenida, el mal humor.

Y, en última instancia, por haberle empujado a aferrarla entre las manos el día en el que su mujer le lanzó un ultimátum: «La droga o yo».

El recuerdo de aquel momento había permanecido fresco en su mente, aunque ya hubiera pasado un año desde que su apartamento para dos se convirtiera en la guarida de un desarrapado.

Las dosis eran cada vez más frecuentes y copiosas.

La adicción pronto engendró una deuda que cobró vida propia. Una deuda que exigía ser saldada.

Su sueldo de ertzaina se consumía con la misma rapidez que la droga que esnifaba.

Parecía que, finalmente, su vida había llegado a un callejón sin salida, al punto de no retorno al que se pone fin con la lucidez de un momento efímero.

Aquel en el que la pistola esparce la masa encefálica por la pared.

Pero, cuando creía que todos los puentes habían ardido a sus espaldas, una llamada le brindó una segunda oportunidad. Y Endika no pensaba desaprovecharla. Haría lo que hiciera falta para aferrarse a esa tabla de salvación.