Capítulo 33 #2
Gardeazabal dejó a un lado su papel de policía malo. Sacó el cuaderno de notas y apuntó todos los detalles que le indicaba Lázaro, al que parecía aligerársele la conciencia con el transcurso de los minutos.
—Cuando llegamos al lugar descubrimos que la avería era mayor de lo que nos habían dicho. Primero limpiamos el socavón, luego retiramos los cascotes de las vías y, cuando nos disponíamos a rellenar el hueco con ladrillos, fue cuando reconocí lo que había al otro lado.
—¿Qué viste?
—El agujero había sido producido por el empuje de la montaña y había dejado a la vista una galería de la mina Malaespera.
Lo reconocí al instante de las veces que mi abuelo me había llevado a verla.
También había otra galería mucho más baja que no identifiqué.
Al fondo de ese pasadizo había una puerta de grandes dimensiones que llamó mi atención.
—Espera un momento, muchacho. ¿Qué es eso de que tu abuelo te llevaba a la mina Malaespera? ¿No estaba cerrada?
—Técnicamente sí, pero conocemos una entrada oculta por la que aún se puede acceder a ella.
Gardeazabal anotó la información a toda velocidad. Luego hizo un gesto con la mano al joven para que continuara su relato.
—Jamás vi una de esas puertas en la mina. Deduje que tendría que ser un lugar secreto. Me entró la curiosidad. ¿Qué tesoro guardaría ese lugar? Decidí comentárselo a César.
—¿Qué le dijiste?
—Le mentí para poder contar con su ayuda. A mi mente vino la historia del oro de la República, ya sabe, el dinero con el que se pagaba a los rusos a cambio de su apoyo armamentístico en la Guerra Civil.
—Me extraña que tú conozcas esa historia.
—Mi abuelo es una enciclopedia. Gracias a él conozco muchas historias de esa época.
—No me cabe la menor duda; tu cabeza está llena de historietas. Continúa.
Lázaro se mordió el labio inferior haciendo un ejercicio de contención ante el comentario del policía. Aguardó un instante antes de proseguir con su confesión.
—La idea de poder echar mano a tanto dinero cegó a César desde el primer momento. Terminamos la reparación y acudimos a la entrada secreta de la mina a toda prisa. Los guie hasta el lugar indicado y, tras la puerta misteriosa, encontramos un tesoro: una tumba.
—¿Una tumba? ¿De quién?
El chico se encogió de hombros.
—Era muy antigua. Estaba llena de riquezas.
—¿De ahí sacasteis los objetos que tenías en tu posesión?
—En efecto.
—¿Qué pasó con Evaristo?
El joven bajó la cabeza y negó.
—La visión de lo que encontramos tras la puerta le trastornó.
Comenzó a hablar de fantasmas, maldiciones, qué sé yo.
Tonterías. Cuando nos quisimos dar cuenta había desaparecido de nuestro lado.
El muy insensato se adentró en la mina sin conocerla.
Entró en una galería peligrosa y parte de la sección se le cayó encima.
Llegamos junto a él, pero ya era demasiado tarde. Estaba muerto.
—¿Le dejasteis allí? —preguntó Gardeazabal sorprendido.
—Sí. Así lo quiso su tío.
—¡Joder! —El inspector se llevó las manos a la cabeza.
Tenían que adentrarse en la mina para comprobar si lo relatado por Lázaro Garrido era cierto.
Mientras Lázaro narraba los hechos, Ander descendía con parsimonia por las escaleras hacia la planta baja.
Quería hacer tiempo. La comisaría estaba vacía.
Las oficinas y las salas de los agentes, sumidas en el descanso nocturno, aguardaban el frenesí que se apodaría de ellas unas pocas horas después.
Llegó a la entrada y saludó al agente de guardia que atendía el mostrador.
La sala de espera estaba vacía y solo se oía el rumor de las máquinas expendedoras, repletas de todos aquellos productos que una persona preocupada por su salud debería evitar.
El agente de guardia había comentado que se trataba de una noche «inusualmente tranquila».
—Mejor para ti —dijo Ander.
—No se crea, señor. Estas noches traen un retroceso bestial. Mañana seguro que recibimos un aluvión de denuncias —le respondió el veterano.
Ander sonrió. Sobre las mesitas de la sala de espera, varios folletos recordaban que incluso los más vulnerables tenían derecho a la justicia. «¿Sin recursos? Con derechos», rezaba el lema.
El inspector se inclinó hasta apoyar la frente en el cristal de la máquina expendedora. En las baldas inferiores estaban las latas de Coca-Cola que tanto necesitaba para combatir el sueño, que estaba ganando terreno a aquellas horas. Sacó la cartera y hurgó hasta reunir el cambio necesario.
La sintonía de un móvil comenzó a sonar en la lejanía. Le resultaba familiar. Tardó varios segundos en percatarse de que se trataba de su propio teléfono. Lo sacó del bolsillo. La pantalla confirmaba lo inevitable.
—Subcomisario Sánchez, me ha leído la mente. Le iba a llamar ahora mismo.
—Crespo, ¿cómo se encuentra?
Ander se maldijo en silencio. Esa pregunta inocente en apariencia escondía una reprimenda violenta. Tenía que ganar la mano en la conversación.
—Lo siento, señor. La pista era buena y no podía arriesgarme a que el tiempo enfriara el caso. Tuve que actuar de inmediato, Gardeazabal se ocupó de todos los trámites burocráticos y…
—¿De qué me está hablando, Crespo?
El inspector calló de inmediato. Algo no encajaba. Si no era por el traslado de Lázaro a comisaría, entonces ¿a cuento de qué venía esa llamada?
—No entiendo, señor.
Sánchez esperó un momento antes de contestar.
—No se ha enterado, ¿verdad? Son Miren y Alday.
Ander apoyó el brazo en la máquina de bebidas. De repente el cuerpo le pesaba una tonelada, los años le cayeron como una losa. No podía ser. Ellos no. ¿Los había puesto en peligro al encomendarles investigar la desaparición de su madre? De ser así, jamás se lo perdonaría.
—¿Qué ha pasado?
—Han tenido un accidente de tráfico. —El silencio del subcomisario multiplicó la ansiedad creciente de Ander—. Están ingresados en el Hospital de Cruces. Fue un accidente brutal, Crespo.
—Pero ¿cómo están? —apremió Ander.
—Alday es el que peor parado ha salido. Ahora mismo le están operando de urgencia. Tiene cuatro fracturas en la pierna derecha.
—¿Y Miren? —Apoyó la frente en la máquina, esta vez por pura desolación—. ¿Cómo está ella?
—Miren está mejor. Tiene una fractura costal. Tres costillas rotas. La tienen sedada y en observación. Pero, si todo va bien, en unas horas le darán el alta.
Ander cerró los ojos, soltando un suspiro de alivio.
—Una cosa más, Ander. —Sánchez se detuvo para elegir las palabras adecuadas—. El accidente fue provocado. Les tendieron una trampa.
«Fueron a por ellos», pensó Ander mirando con fijeza los enfurecidos ojos que le devolvía el reflejo del cristal.