Capítulo 33
La comisaría de Deusto estaba medio vacía para cuando lograron trasladar a Lázaro Garrido a la sala de interrogatorios. La burocracia había ralentizado el proceso de traslado del preso y no fue hasta entrada la noche que Gardeazabal apareció en la sala con el sospechoso.
—Si llego a saberlo, te habría enviado antes a por él.
Ander observaba al preso a través de la pantalla en el cubículo de control. A su lado, su compañero se arremangaba con parsimonia.
—Lo importante es que ya lo tenemos aquí. —Inhaló profundamente, se pasó la mano por la cabeza pelada y se secó el sudor en el pantalón—. Está sentenciado desde que apareció el arma del crimen. Las pruebas contra él son claras.
Ander asintió. Luego se puso en pie y le dio una palmada en el hombro a su compañero. El subcomisario Sánchez no se encontraba en el edificio, aunque eran conscientes de que, tarde o temprano, tendrían que avisarle.
El inspector se había concedido un margen de dos horas para exprimir al sospechoso. Luego llamaría personalmente a su superior y soportaría las reprimendas. No le iba a hacer nada de gracia que hubieran trasladado al preso sin su autorización.
—Veamos si en esta ocasión logramos su confesión.
Entraron en la sala. Lázaro continuaba erguido en su silla, con la misma actitud hierática que venía adoptando desde que le habían acomodado en aquel lugar.
Ander tomó asiento, dejó el informe policial sobre la mesa y miró con semblante serio al detenido. Gardeazabal prefirió continuar de pie, apoyado contra la pared.
—Buenas noches, Lázaro. Supongo que te preguntarás por qué te hemos traído, ¿verdad?
—Supongo que para soltarme. No tienen ningún derecho a mantenerme en la cárcel. Ese no es mi lugar.
Ander se encogió de hombros. Un fuego abrasador en su interior le empujaba a saltar sobre el chaval y hacerle confesar. Pero su yo más racional le decía que no debía jugar esa baza. Aún no, al menos.
—Tu encarcelamiento lo ha decidido la jueza, no yo. Nosotros únicamente presentamos las pruebas y los resultados de nuestra investigación. Según nuestras pesquisas hemos llegado a la conclusión de que nos mentiste en el primer interrogatorio.
Lázaro Garrido negó vehemente con la cabeza.
—No, señor. Dije la verdad, soy inocente.
—Sigues enrocado en la mentira. Como tú quieras. Empecemos de nuevo. —Ander se balanceó en la silla de plástico de la sala de interrogatorios—. Sabemos que mataste a César Contreras. Estás bien jodido.
—Yo no fui.
—De acuerdo. Si tú no fuiste, entonces ¿cómo explicas que esta daga estuviera en tu poder? —Ander sacó de la chaqueta el arma hasta situarla a la altura de los ojos del detenido.
—Es un recuerdo de familia. —La voz del joven rezumaba seguridad—. Siempre la llevo encima.
Gardeazabal se acercó a la mesa resoplando.
—Jefe, déjame cinco minutos con él. —Los ojos de Gardeazabal traspasaron los del detenido con la intensidad de una puñalada. Sus mandíbulas se contraían y la musculatura bajo su camisa se tensó con violencia—. Solo cinco minutos.
Ander suspiró sonoramente y negó con la cabeza. Tamborileó con los dedos sobre la encimera de plástico negro de la mesa. Estaba considerando la oferta de su compañero.
—No sé, no creo que sea buena idea, Garde. Recuerda lo sucedido en Rentería.
Lázaro mudó de expresión y miró a ambos inspectores con expresión inquisitiva. Su actitud no era tan impertérrita como antes. Gotas de sudor comenzaban a agolparse en sus sienes; los ojos, enrojecidos por el cansancio, mostraban síntomas de agotamiento. Su fachada se resquebrajaba.
—¿Qué pasó en Rentería? —Sus palabras sonaron más como un mal augurio que como una pregunta.
Gardeazabal apretó los puños y los colocó encima de la mesa. Su cara enrojecida parecía la viva estampa de la de un toro de lidia en el momento previo a la embestida.
—Un interrogatorio salió mal. —Ander se encogió de hombros.
Su atención deambuló por las molduras del falso techo de la sala—.
Detuvimos a un delincuente de poca monta, alguien como tú, un imbécil al que no se le ocurrió mejor idea que pasar del menudeo a acosar a jovencitas.
—Se apoyó en el respaldo de la silla. Metió las manos en los bolsillos del pantalón, acomodando el cuerpo a una posición más relajada—.
Le detuvimos cuando supimos que había intentado violar a una niña de quince años en el portal de su casa.
Teníamos su ADN, testigos que lo situaban en el lugar del delito, la identificación positiva de la víctima…
Pero el muy cabrón lo negaba todo…, como tú ahora.
—Eran los años de plomo, jefe —dijo Gardeazabal entre dientes.
—Cierto. Entonces nuestro nivel de tolerancia estaba bajo mínimos. Vivíamos con el miedo de saltar por los aires cada vez que arrancábamos el coche o de recibir un tiro en la nuca tras la siguiente esquina. Atenuantes que justificaban muchos desmanes.
Ander se levantó de la silla y le dio una palmada en el hombro a Gardeazabal.
—Me voy a por un par de refrescos a la máquina de la planta baja. ¿Queréis algo?
—¡Espere! ¡No me deje aquí con esta bestia! —El joven trató de levantarse, pero las manazas de Gardeazabal le mandaron de vuelta al asiento.
Ander miró por encima del hombro antes de abandonar la sala.
Durante unos segundos, lo único que se escuchó en la sala fue la respiración agitada de Lázaro. Sus ojos seguían nerviosos el deambular de Gardeazabal; observó con preocupación que el inspector había tomado la daga entre sus manos.
—Bonito pincho. —La desenvainó con cuidado—. ¿Sabes lo que es capaz de hacer?
El chico se revolvió en el asiento. Negó con la cabeza.
—¿No? —Gardeazabal blandió el arma frente al espejo y dio dos tajos al aire—. No importa, yo te lo explico.
El inspector comenzó a caminar en círculos alrededor de la sala mientras hablaba, obligando a Lázaro a girarse una y otra vez para seguirle el paso.
—Parece que esta arma antigua es capaz de trasladarte al infierno sin billete de vuelta, ¿entiendes, mocoso? —Acercó la punta a la cara del detenido, que se echó para atrás de un brinco—. Su filo aún conserva el potencial mortal con el que fue forjado.
El joven se retorcía en la silla emitiendo un gemido cada vez que el arma se le acercaba lo suficiente como para tocarle. Gardeazabal continuó con la tortura psicológica.
—No puedo ni imaginarme todo el dolor que han sufrido los que probaron su filo. El calvario padecido hasta su último aliento.
—Tenga cuidado, por favor —suplicó el chico a punto de romper a llorar.
—¿Por qué iba a tenerlo? ¿Acaso tú lo tuviste cuando trinchaste a César Contreras como a un cerdo?
Se situó detrás del detenido y le cogió con fuerza del cabello, echándole la cabeza hacia atrás.
—Mira, gilipollas. Estoy cansado. Es tarde, ha sido un día de mierda para mí.
Te voy a dar una única oportunidad para que hagas lo correcto.
De lo contrario, te pincharé con esta cosa y dejaré que ella dicte sentencia.
Diré que trataste de apuñalarme y que en el forcejeo te la clavaste accidentalmente. Así de fácil.
—Estamos en una comisaría… No puede hacerme eso —gimió Lázaro buscando auxilio con desesperación en las esquinas del techo.
Gardeazabal soltó una carcajada y tiró con más fuerza del cabello. El chico soltó un aullido de dolor.
—Aquí no hay cámaras, paleto. Estáis tan acostumbrados a las películas americanas que os acabáis creyendo todo lo que veis. Vamos, terminemos con esto. ¿Mataste a César Contreras?
La nuez del detenido se movía con dificultad. Trataba de tragar saliva, pero en esa posición resultaba del todo imposible.
—Sí, joder. Sí, lo hice. El muy cabrón me tenía cogido por las pelotas.
Gardeazabal acercó aún más la hoja al cuello.
—¿De qué me estás hablando?
Las lágrimas de Lázaro caían hacia el suelo de linóleo como las gotas de un grifo mal cerrado.
—Todo salió mal en la mina.
—¿Te refieres a cuando reparasteis el boquete en la estación de Miribilla?
—Por favor, deje que me siente y se lo contaré todo —rogó el joven.
Gardeazabal dudó un instante. El miedo parecía haber hecho su trabajo. Quizá era el momento de escuchar. Apartó el cuchillo y devolvió la silla a su posición original. Se sentó al otro lado de la mesa, en el asiento que antes había ocupado Ander.
—Bien. Ahora que parece que nos hemos entendido, habla. —El inspector apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos.
Lázaro acercó la silla a la mesa. Estaba muy agitado.
—No, las cosas no se torcieron el día del aviso en la estación de Renfe.
El inspector gruñó.
—Entonces ¿a qué te refieres?
—La culpa la tiene la codicia —dijo en un susurro nacido desde el dolor más hondo.
Gardeazabal frunció el ceño y le convidó a continuar con un ademán.
—Claro que sí. La codicia es la que me ha traído hasta aquí.
¿Sabe qué? Mi madre siempre intentó alejarme de la calle, del dinero fácil.
Dice que no existe esa clase de dinero, que tan solo vale el que uno se gana con el sudor de su frente.
—Se pasó los dedos por el nacimiento del pelo—.
Pero mi vieja no tiene razón. La ley de la calle nos demuestra que, en realidad, el dinero no se gana, se toma.
La vida pasa sin pena ni gloria para los débiles.
Únicamente los codiciosos como yo conocemos la sensación de hundir la mandíbula en la tarta y llevarnos el pedazo más jugoso de una buena dentellada.
Lázaro hizo el gesto de morder una manzana imaginaria. Cerró el puño y bajó la vista al suelo.
—¿A quién le robasteis las joyas?
—¿A quién? A los muertos.
Gardeazabal endureció la mirada e hizo el gesto de ponerse de nuevo en pie.
—No, pare. Se lo contaré todo, no hace falta que vuelva a amenazarme. Supongo que, tarde o temprano, acabarían descubriéndolo.
El inspector exhaló con fuerza y volvió a sentarse.
—Todo empezó el día en el que recibimos el aviso en la estación de Miribilla. Un tramo de la pared se había desprendido, algún cascote había alcanzado las vías; teníamos que acudir cuanto antes a recomponer el muro.
—¿Quiénes fuisteis?
—César nos convocó. Así que él, Evaristo y yo.