MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

—Mis manos tienen más mugre que el palo de un gallinero. —Alday frotaba con esmero la toallita húmeda entre las falanges.

Las hojas del Registro Civil de Durango habían sufrido un evidente deterioro desde mediados del siglo pasado. Hacía mucho tiempo que las esporas de moho habían anidado en ellas, y pasar horas tocando los folios sin protección, además de una estupidez supina, era una temeridad.

—¿Por qué te quitas los guantes?

Alday detuvo la limpieza y se la quedó mirando con la misma cara de condescendencia que muestran los padres a los niños cuando les revelan la identidad de los artífices de los regalos navideños.

—Porque, en periodos prolongados de exposición, el moho atraviesa lo guantes de látex. —Puso los brazos en jarra—. ¿Acaso no lo sabías?

Miren se bajó la mascarilla, echó la cabeza hacia atrás y resopló con fuerza hasta apartar el flequillo de la frente.

—¿De dónde has sacado eso?

—Pues de dónde va a ser, de internet. Todo está en internet.

Ambos rieron con ganas al evocar esa chanza de Miguel Maldonado, uno de sus humoristas favoritos.

Miren agradeció el momento de distensión.

Las últimas horas habían supuesto una continua escalada en sus niveles de ansiedad.

Las palabras de Guillermina Latasa y las confidencias del padre don Remigio, así como la agresión sufrida en la comida popular, confirmaban una teoría conspiranoica que abarcaba a la totalidad de la comunidad del valle de Atxondo.

¿Begoña era una sorgina , una bruja, como dijo la anciana?

¿Existiría una secta ajena a la religión imperante?

Si eso era así, ¿qué tenía que ver con la desaparición de la madre de Ander?

Y, más importante aún, ¿qué era Aterpe, el refugio al que Guillermina se refirió a regañadientes y cuya sola mención fue la causante de que se desatara el caos en el frontón del pueblo?

Todas estas preguntas se apilaban como piedras en sillería.

—¿Estás bien? —Miren dio un respingo al notar la mano de su compañero sobre el hombro. Había pasado de la risa a la preocupación sin percatarse—. Por un momento pensé que estabas embarcada en un viaje astral, siguiendo la estela de algún cometa.

Miren le estrechó la mano con fuerza. Se masajeó las sienes con las yemas de los dedos, reclinándose en la silla.

—Estoy molida. ¿Qué hora es?

Alday miró su reloj de pulsera.

—Las ocho y media. Hace rato que se fueron todos. Únicamente estamos nosotros dos y el vigilante del local —constató—. ¿Y si lo dejamos por hoy?

Miren giró el cuello y vio las columnas de libros que les quedaban por leer.

—Nos falta más de la mitad —se lamentó.

—Bueno, supongo que, si en todos estos años no se han quejado, tampoco les importará esperar un día más a ser atendidos, ¿no crees, preciosa? —Le dio un beso en el lóbulo de la oreja que causó un efecto analgésico inmediato en Miren.

—Tienes razón. Está claro quién es el genio aquí. —Se puso en pie y echó los brazos alrededor del cuello de Alday. Le besó suavemente, notando el modo en que su cuerpo se iba relajando con cada beso—. Vámonos.

Abandonaron las instalaciones del registro agradecidos por poder llenar los pulmones de aire puro.

La atmósfera de Durango no estaba excesivamente viciada gracias a las tormentas que, tarde tras tarde, descargaban con fuerza y arrastraban la contaminación ambiental hacia el subsuelo.

Miren miró alrededor, disfrutando de la estampa silvestre que proporcionaban los montes circundantes.

Jamás se cansaba de ese paisaje que los acompañaba a todas partes en el Duranguesado.

De lo que sí se cansaba, en cambio, era de las ojeadas despectivas que les lanzaban algunos vecinos con los que se cruzaban en el camino.

Ella se esforzaba por sonreírles, pero temía que cualquier día no acertaría a controlarse y les saltaría al cuello cual rottweiler .

—El registrador me ha dicho que a un par de manzanas de aquí hay un bar en el que se cena fenomenal a precio de menú del día. Te invito. —Alday señaló hacia una calle que los desviaba hacia la derecha.

Miren asintió, cansada. Cuando se relajaba sus defensas bajaban. Parecía como si, dejada la armadura a un lado, surgiera su versión más humana, más vulnerable.

—Aún no sé qué estamos buscando entre tanto papel enmohecido —confesó Miren, incapaz de desconectar del trabajo—. El mensaje de don Remigio era claro: «Investigad las partidas de nacimiento del valle». Pero ¿por qué? ¿Qué detalles tenemos que considerar importantes?

Alday se encogió de hombros.

—Estaba aterrado. ¿Recuerdas sus ojos al caer el rayo? Parecía que hubiese visto al mismísimo diablo.

Continuaron paseando por la calle en silencio.

Las aceras habían sido tomadas por las terrazas de los bares.

Cientos de personas conversando, las voces solapándose, una cacofonía de gritos y risas estridentes que competían entre ellas por registrar el mayor nivel de ruido.

Si la felicidad se midiera en decibelios, el pueblo vasco sería declarado el más feliz del planeta.

—El miedo le paralizaba —rememoró la agente—. De todos modos, tengo la impresión de que la pista que nos ha dado es la buena. Solo que aún no sabemos con certeza lo que buscamos entre tanto certificado.

—Tal vez sea un nombre. Un único nombre —aventuró Alday.

Entraron al bar, un amplio establecimiento dividido en dos ambientes; por un lado, la taberna, y, por otro, un comedor resguardado tras una puerta doble de cristal.

El local estaba a rebosar. Afortunadamente, Alday había tenido el tino de reservar una mesa para dos.

Un camarero vestido con camisa azul mahón los condujo hasta ella.

—¿Crees que sabremos reconocer la pista cuando la veamos? —preguntó Alday tras tomar asiento. Sirvió agua en las copas.

—Eso espero.

El teléfono de Miren comenzó a sonar a todo volumen. Avergonzada, lo silenció. El identificador de llamada mostraba un número desconocido. Descolgó.

—¿Sí?

—¿Agente Zarandona? —Una voz distorsionada sonó al otro lado de la línea. Era imposible determinar el sexo o la edad de la persona.

—Sí, soy yo. ¿Quién llama?

—Eso no importa ahora. —Se hizo una pausa. Quien fuera parecía dudar—. ¿Es usted quien anda preguntando por Aterpe?

La policía guardó silencio durante unos segundos. Al otro lado, una respiración entrecortada delataba nerviosismo.

—Sí.

—Entonces tengo lo que necesita. Información. ¿Conocen Arrazola, la antigua mina de Menetxe?

—No. —Miren sacó apresuradamente un bolígrafo del bolsillo del pantalón.

—No importa. Diríjase hasta el final del valle y, al llegar a Mekatzeta, tome el desvío hacia el monte. Me encontrará al final de ese camino. Tiene media hora. Si no aparece para entonces, me marcharé.

—Espere, ¿cómo le reconoceré?

La pregunta quedó suspendida en el aire. El informante anónimo había colgado.

Alday esperaba con ansiedad a que su compañera terminara de apuntar los datos en la servilleta. Miró alrededor. Los comensales de las mesas cercanas parecían ocuparse de sus propios asuntos, sin embargo, había detectado a alguno que otro pendiente de la conversación de Miren.

—¿Quién era? —preguntó finalmente.

Miren alzó la mano para indicarle que esperara. Cuando hubo rellenado de garabatos la servilleta de tela, se la guardó en el bolsillo y se levantó.

—Nos vamos. Te lo cuento de camino.

Durante el trayecto, Miren le explicó lo que había sacado en limpio de la llamada anónima.

Intuía que se trataba de un vecino que quería mantenerse en la sombra, pasar desapercibido, con toda probabilidad por miedo a recibir alguna clase de represalia.

Habría llegado a sus oídos que los agentes estaban haciendo preguntas en el valle de Atxondo, o tal vez estuvo presente en la comida popular y, empujado por el remordimiento, se había decidido a ayudarlos.

—La mina de Menetxe está donde Cristo pegó el grito. Solo se puede acceder a pie. —Alday observaba los resultados de la búsqueda que había arrojado el navegador de su teléfono móvil.

—Se supone que el informante nos guiará.

—¿Y no sería mejor esperar a que amanezca? La noche está muy cerrada y ya sabes que en cualquier momento se puede desatar la tormenta.

Miren conducía como si la carretera le debiera algo. En momentos de tensión e incertidumbre, le reconfortaba sentir que dominaba el pulso del automóvil con los pies y las manos.

—Alday, ¿qué parte de «no quiero que mis vecinos sepan que soy un chivato» no has entendido? —Lo fulminó con la mirada—. Nos cita a estas horas en el lugar más apartado del valle para que nadie nos vea juntos. No es tan difícil de comprender.

Momentos después, las luces del caserío de Mekatzeta en el que se ubicaba el restaurante Erro indicaron la proximidad de su destino. La carretera señalada por el informante subía hacia el monte bordeando el caserío.

El aparcamiento del restaurante estaba a rebosar.

Junto a la puerta, varios comensales aprovechaban el impasse entre plato y plato para prender un cigarrillo y aliviar su necesidad.

Miren frenó, procurando no llamar la atención.

Un objetivo imposible cuando se conduce un coche patrulla en una comunidad cerrada a cal y canto.

—Dentro de cinco minutos hasta el vecino más ermitaño del pueblo sabrá que estamos aquí. —Alday saludó con la mano a los fisgones.

—¿Qué más da? Llevamos días paseándonos por este lugar. A estas alturas, todos nos conocen. —Activó las luces largas y se adentró en la oscuridad de la ladera del monte.

Al fondo, la carretera torcía hacia un bosque de formas amenazadoras cuya negrura se amplificaba en la noche cerrada.

Miren siempre fue una niña miedosa cuando caía la noche.

Los monstruos que había combatido con valentía durante el día se le aparecían en los rincones más oscuros de la habitación.

Detrás de la puerta, bajo la cama, tras la hoja entreabierta del armario ropero.

Todos lugares umbríos y aterradores al anochecer.

Bajó la ventanilla y apoyó el codo sobre el bordillo.

Una brisa nocturna y reconfortante se deslizaba por el monte Amboto.

Tomó dos bocanadas profundas y enfiló la primera curva pronunciada.

A su izquierda, desplegado bajo las sombras, se extendía el valle, con las laderas inundadas de prados de un verde eléctrico; a su derecha, era el bosque el que se erigía en una sombra densa que se cernía sobre sus cabezas como una ola gigante que fuera a engullirlos.

Varias pistas forestales se abrían paso entre tanta negrura, quebrando la monotonía.

—¿Crees que nos desvelará el significado de Aterpe? —Alday alargó el brazo hacia ella para acariciarle un mechón de pelo.

Miren asintió.

—Lo creo. Puede que hoy estemos más cerca que nunca de Begoña Linaza. Ojalá la encontremos pronto, así podremos centrarnos en ese otro problema… que nos atañe a ti y a mí.

Miren giró la cabeza para mirarlo. Fue en ese momento cuando percibió el movimiento que emergía del bosque.

Pensó que se trataba de un ciervo que avanzaba hacia ellos a toda velocidad.

Desechó la idea cuando reparó en un detalle: los ciervos no llevan focos.

El vehículo surgió de la profundidad del bosque y prendió sus luces en el último momento, justo antes del impacto.

La embestida fue brutal.

La noche se inundó del estruendo del metal al deformarse y del cristal al hacerse añicos. El coche patrulla fue impulsado ladera abajo en una suerte de piruetas infernales.

Miren sintió el impacto en los huesos. Fue tal y como había leído en testimonios de víctimas de accidentes.

Un momento mágico en el que el tiempo parece detenerse e imprime en tu mente las imágenes de la persona que tienes a tu lado y de todo lo que te rodea.

Luego el caos se desencadena con virulencia.

Vueltas y revueltas que te sumergen en un estado de desorientación total en el que no existe el arriba y el abajo, en el que el tiempo es una anécdota carente de importancia y donde el dolor y el miedo capitalizan el pensamiento.

Perdió la cuenta de las veces en las que con la cabeza golpeó el salpicadero y la cabina del automóvil, de los cortes, de los gritos de Alday…

Cuando todo se detuvo y el coche patrulla quedó molido y varado sobre un césped que se había convertido en testigo mudo, los ertzainas yacían inconscientes en sus asientos.