MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

El joyero se hundió en la silla sin apartar la mirada del policía. Los ojos acuosos brillaban por el reflejo de la luz; en la frente aparecieron tres líneas de arrugas que la atravesaron de lado a lado. Al inspector no le cupo duda alguna de que el anciano entendía la gravedad de la situación.

—Siga.

—Ha llegado a nuestro conocimiento a través de una fuente de total confianza que usted, en algunas ocasiones, actúa como perista.

Nosotros no estamos aquí para juzgarle por ese proceder suyo.

Únicamente nos interesa una serie de objetos que obran en su poder.

Material que le fue entregado por el hombre cuya foto acabo de enseñarle: Lázaro Garrido.

Este joven es sospechoso de haber cometido un asesinato; puede, incluso, que dos.

¿Sabe en qué se convierte quien ayuda a un criminal?

El viejo se limpió el interior de una uña de modo inconsciente. Luego asintió de un modo pausado.

—En un cómplice.

—En efecto, en un cómplice del crimen. ¿Quiere que le investiguemos como cómplice en este caso de asesinato? O, por el contrario, ¿desea colaborar con la policía para esclarecer los hechos?

Ander extendió los brazos y los posó sobre la mesa con las palmas bocarriba. Manel O’Donnell las observaba como si fueran los platos de una balanza. Al final, tomó aire en profundidad y se levantó.

—Espérenme aquí.

Salió del despacho. Los inspectores se miraron con expresión de desconfianza. Gardeazabal le quitó el seguro a la pistola y apoyó la mano sobre la cartuchera.

Las precauciones se mostraron infundadas. El joyero reapareció con un estuche rectangular de grandes proporciones bajo la axila y un par de objetos dorados similares a los que le habían decomisado a Garrido en la pensión de Linda Salazar.

—Esto es lo que buscan, señores. Ahora lo he recordado todo. Ese joven vino a mí la semana pasada para que le guardara estos objetos en la caja fuerte. Me dio la sensación de que tenían gran valor sentimental, por lo que accedí a esa petición tan inusual.

—Claro. —Ander se incorporó para comprobar lo que el anciano les había traído.

Este colocó el estuche sobre la mesa, descorrió la cremallera y levantó la tapa, dejando expuesta una colección de collares de piedras preciosas, plata y oro, así como un gran número de pequeñas piezas cilíndricas y de otras formas.

Pero entre todo ese tesoro hubo un objeto que atrajo la atención inmediata de Ander.

—Un puñal. —La voz de Gardeazabal sonó a sus espaldas con emoción contenida—. Tal vez sea el arma del crimen.

O’Donnell se apartó de la mesa horrorizado.

—En ese caso sáquenlo de aquí. De hecho, llévense todo, no quiero saber nada sobre esos asuntos. Esto me pasa por ser tan buena gente. —Se derrumbó en su sillón con expresión derrotada.

El inspector jefe le miró con una media sonrisa que mostraba parte de su colmillo. Parecía un lobo a punto de devorar a su presa.

—Por supuesto, Manel. La generosidad está sobrevalorada en estos tiempos. Nos lo llevamos todo. Ahora pasan a ser parte de las pruebas en la investigación de un homicidio.

El bullicio de la calle los devolvió a la realidad. La atmósfera monacal que reinaba en el taller de la joyería O’Donnell dio paso al ambiente desenfrenado y consumista de la Gran Vía de Don Diego López de Haro.

—Garde, vete a la prisión de Basauri y traslada a Garrido a la comisaría. Tenemos que volver a interrogarle. —Se le acercó hasta que estuvo a un palmo de su cara—. En esta ocasión no le valdrán las mentiras.

Las mandíbulas de su compañero se tensionaron, sus ojos mostraban la determinación que tanto había añorado. Estaba en modo pitbull .

—¿Tú qué harás?

Ander se palpó el bolsillo donde llevaba la daga en una bolsita de pruebas.

—Visitaré a Gamboa. Quiero confirmación del arma del crimen de César Contreras.

—De acuerdo. —Gardeazabal le pasó a uno de los agentes el estuche—. Vamos, chicos.

Los tres policías se dieron la vuelta y desaparecieron entre los viandantes bilbaínos.

La confirmación del arma del crimen no se produjo con la celeridad que Ander habría deseado. Cuando llegó al Instituto Vasco de Medicina Legal, Javier Gamboa estaba en plena autopsia. Los compañeros del forense le acomodaron en el despacho de Gamboa para que la espera se le hiciera más amena.

—¡Ander! Sí que es verdad que estás aquí. Cuando me lo han comentado mis colegas pensaba que me estaban tomando el pelo.

—Ya ves que no.

El semblante serio del policía no dejaba concesiones a las bromas. El caso estaba en la recta final y, en momentos como aquel, Ander solo quería dejarlo todo cerrado cuanto antes, sin distracciones. No quería perder el impulso.

Gamboa se sentó a su mesa y le miró con atención.

—¿Qué te trae al instituto? ¿César Contreras?

Ander asintió. Sacó la daga y la posó con sumo cuidado sobre el escritorio del forense. Este alzó la vista, sorprendido. Luego tomó el arma y la examinó de cerca. Se puso unos guantes de látex y sacó el arma del interior de la bolsa de pruebas.

—Es un arma extraordinaria. —Gamboa no pudo ocultar su admiración ante el arma que manipulaba entre los dedos. Una hoja estilizada de metal negro, con empuñadura dorada y gemas incrustadas en su pomo—. Parece muy antigua. Es una obra de orfebrería exquisita.

—Gamboa, acabo de venir de un joyero. De haber necesitado una opinión cualificada sobre la factura de esa daga habría solicitado la suya.

El médico se ruborizó. Bajó la mirada, avergonzado, mientras trataba de articular una disculpa que no sonó clara.

—Quiero saber si es el arma con la que apuñalaron a César Contreras.

Gamboa resopló.

—Podría ser, espera un momento.

Fue hasta la estantería y cogió una carpeta.

De su interior extrajo un informe que Ander identificó de inmediato: la autopsia del operario de mantenimiento.

Se detuvo en las fotos de las heridas. Debajo de ellas venían las medidas de las puñaladas.

Luego tomó una regla y midió la base de la hoja negra del puñal.

—Coinciden —dijo asintiendo en silencio.

Acudió a un armario bajo situado junto a la mesa y cogió un bote.

—Apaga la luz, Ander.

Este le obedeció. El forense aplicó un espray sobre la hoja y esperó. El producto químico no tardó en hacer reacción. El inspector dedujo que sería luminol.

—Hay trazas de sangre. La llevaré a analizar. También rascaré la hoja con escalpelo para que contrasten la muestra con la que obtuvimos del cuerpo de Contreras. Si la composición coincide, podría asegurarte con un noventa y nueve por ciento de seguridad que nos encontramos ante el arma del crimen.

El inspector esbozó una sonrisa de satisfacción. Dejó que la tensión se disipara y disfrutó del momento. El camino enzarzado en el que se había convertido la investigación se iba despejando.

—Ya le tenemos.

Lázaro Garrido estaba perdido, el peso de la ley caería sobre él sin piedad.