MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

Ander flotaba en una borrachera de amor onírico.

Los besos y abrazos de Julia Romero le hacían girar como una peonza sobre una cama de aire que desafiaba las leyes de la gravedad.

Sentía un calor interno al que creía haber renunciado.

Un fuego que todo arrasaba a su paso y que le llenaba de gozo y felicidad.

Era consciente de que aún descansaba en los brazos de Morfeo; sin embargo, los besos eran tan vívidos, tan húmedos.

«Un momento, ¿no son demasiado húmedos?», se dijo mientras entreabría un ojo.

El hocico de Gorritxo le bajó de golpe a la realidad.

Lanzó el brazo hacia su derecha. Vacío. Julia se había marchado.

—Pero ¿qué hora es? —Se sentó sobre el borde de la cama. Se frotó la cara con fuerza y miró el reloj despertador de su mesilla. Los dígitos parpadeantes marcaban las siete y media. La luz que entraba a raudales por las puertas del balcón le confirmaron la sospecha: se había quedado dormido.

El perro se refrotaba contra sus piernas, con esa presencia silenciosa que solo los más fieles de los animales saben transmitir.

Ander le cogió de la cabeza con las manos y jugueteó con él durante unos segundos.

Luego se apresuró hacia la ducha. Tenía mucho que hacer, aunque aún no sospechaba que su mañana estaba a punto de convertirse en una pelea contra el crono.

Bajó los escalones de dos en dos con cuidado de no tropezar con un Gorritxo que corría a su lado y se plantó en la cocina preparado para el primer café del día.

Cogió la cafetera. Fue entonces cuando vio la nota.

En una servilleta, escrito con carmín, la psicóloga le había dejado el siguiente mensaje:

«Démosle tiempo al tiempo, Ander. Aún no nos conocemos tanto como para despertarnos juntos. Besos, Julia».

Un beso rubricaba el escrito. El policía sonrió. Alcanzó una taza del mueble alto y vertió en ella el café ya caliente.

—Le daremos tiempo al tiempo, ¿verdad, Gorritxo? —El perro le miraba expectante. Ander rio en alto al verlo—. Insisto en hablarte como si me entendieras, cuando tú lo único que quieres es salir a la calle.

El animal comenzó a ladrar al oírle, como si esa última palabra sí estuviera registrada en su diccionario humano-canino.

Una hora más tarde, el inspector aparcaba en el centro de Bilbao, en una calle adyacente a la Gran Vía, donde se encontraba situada la joyería O’Donnell, la tienda de Manel O’Donnell, perista del hampa capitalina.

Había quedado con Gardeazabal en la lonja contigua. Ander accedió a la principal arteria de la capital vizcaína. La imponente figura de su compañero sobresalía entre la multitud de ciudadanos que transitaban por la vía a esas horas. El inspector jefe constató la presencia de otros dos agentes.

Mientras salvaba la distancia que los separaba, por su mente cruzaron años de vivencias conjuntas.

Desde los tiempos del terrorismo a los del narcotráfico actual, habían intervenido en infinidad de situaciones límite: redadas, interrogatorios, detenciones, persecuciones vertiginosas, peleas…

, y en todas ellas jamás se había sentido indefenso cuando su compañero iba a su lado.

En esos momentos, Ander se lanzaba al abismo sin parpadear, a sabiendas de que Gardeazabal le cubría las espaldas.

Pero desde el incidente en Gordexola su fiel compañero no había vuelto a ser el mismo.

La presencia de los dos agentes bisoños que aguardaban firmes a su sombra era el reflejo de los nuevos tiempos.

—Lleva un rato dentro. —Gardeazabal señaló con la cabeza la joyería.

—¿Os ha visto?

—Supongo, aunque no creo que se diera por aludido. En esta calle hay compañeros patrullando a todas horas.

Ander asintió conocedor de la realidad de su ciudad.

Los políticos estaban obsesionados con que Bilbao vendiera una imagen de urbe segura y limpia.

Los mandamases entendían que una de las acciones prioritarias para lograr ese objetivo consistía en mantener el orden a raya en la calle más turística y comercial de todas.

—La Gran Vía es intocable.

—Por eso me llama tanto la atención que Manel O’Donnell trabaje como perista.

—Bueno, Garde. Esto es la milla de oro y los negocios no siempre funcionan todo lo bien que debieran. Parece ser que en esa joyería no es oro todo lo que reluce —dijo guiñándole el ojo.

El curtido inspector se rascó el mentón, poblado de una barba incipiente. Rio entre dientes. Luego miró hacia atrás por encima del hombro.

—He traído refuerzos, por si la cosa se pone fea.

—Ya he visto.

—¿No te parece bien? —La voz le tembló al plantear la pregunta.

—Al contrario, me parece una gran decisión.

Gardeazabal respiró aliviado. Se enderezó y clavó los ojos en su jefe.

—¿Cómo quieres hacerlo, Ander?

—Nosotros entraremos en la joyería y ellos se quedarán fuera. —Señaló con la cabeza a los dos agentes.

—De acuerdo —contestaron los jóvenes al unísono.

—Que no pase nadie más.

El avisador acústico de la puerta anunció la entrada de los policías.

El establecimiento mostraba una mezcla sugerente de elementos de mobiliario antiguo junto con sistemas de seguridad y estanterías que incorporaban estándares tecnológicos de última generación.

La dependienta, una mujer alta y delgada con pelo corto y un elegante traje azul marino, los observaba con aire reflexivo desde detrás del mostrador.

—¿En qué los puedo ayudar? —preguntó mientras hacía un repaso indisimulado de la figura de los dos inspectores. Unas finas arrugas asomaron en torno a los ojos, magnificadas por los cristales de sus gafas sin montura.

Ander captó un leve acento británico en las palabras de la joven. ¿O tal vez irlandés? ¿Sería familiar del joyero? ¿Una O’Donnell de pura cepa?

—Queremos hablar con Manel O’Donnell.

La mujer alzó la ceja con suavidad.

—¿Ha aparcado mal el coche? —La carga de ironía no les pasó inadvertida.

—¿En serio piensa que nosotros perderíamos el tiempo en esas minucias? —intervino Gardeazabal acalorado por el sarcasmo de la mujer—. Mire mi cabeza. —Se pasó la mano por el cuero cabelludo hasta llegar a la nuca—. ¿Cree que se me ha caído el pelo de una gripe?

La mujer no pudo esconder una media sonrisa. Sus ojos azules brillaron detrás de las lentes, aunque su rostro no mostró mayor indicio de diversión. En realidad, a Ander le pareció que su rigidez mostraba preocupación.

—El señor O’Donnell está en el taller. Esperen un momento, por favor.

La mujer desapareció tras una puerta. Ander supuso que conduciría a la trastienda, que era allí donde se encontraba el taller del joyero y, por ende, la guarida del perista.

Momentos después, reapareció en compañía de un anciano de apariencia afable.

Un hombre encorvado que vestía un traje a tres piezas verde y marrón que le quedaba una talla grande.

Sus ojos acuosos les sonreían detrás de unas gafas de cristal grueso.

Se agarró las manos como si fuera un pastor que daba la bienvenida a sus nuevos feligreses.

—¿Preguntaban por mí?

La voz ronca del joyero resonó en el establecimiento. Ander supo al instante que ese hombre tenía la confianza del que se conoce intocable.

—Sí, señor O’Donnell. Quisiéramos hacerle unas pocas preguntas —dijo el inspector jefe—, pero dudo que este sea el lugar apropiado. Temo que podamos ahuyentar a sus clientes.

El hombre miró por encima de sus gafas hacia la tienda desierta. Frunció el ceño y asintió en silencio. Luego giró sobre los talones y, con un gesto de la mano, los invitó a que le acompañaran al interior del taller.

Atravesaron un pequeño pasillo que los condujo a un cuarto con varias mesas a los costados.

—Este es mi humilde taller. Está prácticamente igual que cuando mis padres abrieron el negocio.

El mobiliario ha tenido que ser tratado y barnizado varias veces, y las lentes y demás aparatos de precisión están a la última, como es obvio.

Pero el resto, de la esencia de este templo a la restauración de las joyas, sigue intacto.

Ander no pudo más que darle la razón al anciano. Los escritorios repletos de instrumental, los anaqueles rebosantes de manuales y libros añosos, las lámparas de sobremesa retorcidas en su empeño de iluminar lo milimétrico, todo en esa estancia transmitía meticulosidad, trabajo preciso.

—Pero no nos quedemos aquí. Pasemos a mi despacho.

La oficina de O’Donnell era mucho más pequeña que el taller propiamente dicho.

Una estancia en la que apenas entraba un escritorio con dos sillas enfrente y una estantería repleta de figuras y marcos de fotos.

El inspector dejó que su mirada vagara por la habitación del modo que hacía al realizar la inspección ocular en una escena del crimen.

En ocasiones, esas observaciones preliminares proporcionaban datos e informaciones valiosas.

Las fotos que poblaban las baldas, por ejemplo, encapsulaban los momentos vividos por Manel —viajes, encuentros con personajes célebres, familiares que probablemente ya habían muerto…

— y se habían convertido en recuerdos mudos de una vida pasada.

—Bueno, señores. Ahora sí que podemos hablar con franqueza. ¿Qué es lo que quieren?

Ander sacó el móvil del bolsillo y le mostró la foto de Lázaro Garrido.

—¿Conoce a este hombre?

El anciano se inclinó sobre la mesa, ajustó sus gafas y frunció el ceño, reflexivo.

—¿De qué me tiene que sonar?

—De un negocio —intervino Gardeazabal.

El hombre se arrellanó en su elegante sillón de cuero y miró al inspector con gesto de sorpresa.

—¿Ha comprado alguna joya en mi establecimiento?

Ander se aclaró la garganta antes de hablar.

—No nos referimos a esa clase de negocios, señor O’Donnell.

—¿Entonces?

Las patas de la silla del inspector se arrastraron por la tarima cuando este se apoyó sobre su borde.

—Señor O’Donnell, no dispongo del tiempo ni tengo las ganas necesarias para continuar con este baile de cortejo. Le voy a decir cómo están las cosas y entonces usted, que parece un hombre razonable e inteligente, habrá de tomar una decisión.