Capítulo 30 #2
Sentado en un extremo del diván, el policía no pudo evitar pensar en lo paradójica de la situación.
Meses atrás, fue él quien, tumbado, iniciaba un viaje hipnótico hacia lo desconocido de la mano de la psicóloga.
De pronto las tornas habían cambiado, los papeles se habían invertido, los roles habían sufrido una permuta, como si el destino hubiera querido gastarles una broma.
Julia se sentó muy recta. Las manos apoyadas en los muslos, subiendo y bajando compulsivamente por ellos, como si tratara de planchar una arruga invisible.
La cara mostraba un gesto de determinación que contradecía su lenguaje corporal.
Ander detectó conflicto en el interior de la mujer.
Aún se debatía entre mantener a buen recaudo un secreto o confesarlo por un bien superior. Al final habló.
—¿Recuerdas el episodio de mi primer marido en Cascais?
Ander asintió. Lo recordaba a la perfección. De hecho, ese era uno de los motivos por los que desconfiaba de Julia; pensaba que había replicado con Laura Pons el modus operandi que había utilizado con su marido.
—Se ahorcó. Al menos eso determinó la investigación de la policía portuguesa.
Las lágrimas regresaron a los ojos de la psicóloga, solo que esta vez no pudo contener la congoja que le produjo el recuerdo.
Comenzó a hipar, sacudiendo violentamente su cuerpo cada vez que lo hacía.
Ander aguardó a que se recompusiera. No quería entrometerse en su lucha interna.
La verdad batallaba por salir a la luz, pero no le estaba resultando fácil.
Julia negó con la cabeza antes de hablar.
—No se suicidó. Lo maté yo.
El silencio se apoderó de la sala. Ander contemplaba a la mujer con expresión serena. Había tomado la decisión de no juzgar a la psicóloga dijera lo que dijera. Escucharía como el profesional que era.
—¿No dices nada?
—Fue por Iraia, ¿verdad?
La mujer hundió la cabeza en las manos y asintió con vehemencia.
—No sé cuándo empezó todo. Solo sé cuándo fui consciente de ello; muy tarde, demasiado tarde.
Iraia sufría unas ausencias que no lograba entender.
Desconectaba de la realidad, alcanzaba un estatus cuasi catatónico.
Decidí realizarle hipnosis y todo salió a la luz.
Los abusos de ese cerdo al que yo había amado por encima de todas las cosas quedaron expuestos cuando el subconsciente de mi pequeña se liberó.
Julia mostraba una expresión felina, sus ojos centelleaban y su boca se retorcía en un gesto de odio puro. Ander percibió la transición de la fiereza hacia el dolor.
—El cerebro es el gran desconocido. Nos empeñamos en mirar a las estrellas en busca de galaxias lejanas, universos desconocidos, planetas habitables…
, pero el gran misterio reside en el interior de la cabeza de cada uno de nosotros.
Iraia reprimió el recuerdo. Nos sucede cuando vivimos situaciones traumáticas.
Dolor o pérdida a un nivel inconcebible para nuestra mente.
Podemos borrar de nuestra memoria años de vivencias por pura supervivencia.
—Hizo una breve pausa para tomar aire—. Actué como el arqueólogo que encuentra un yacimiento, lo valora y decide volver a echar tierra encima para que nadie lo destruya.
El sufrimiento se mostraba en el encogimiento de la mujer. Las manos abrazaban las rodillas componiendo un ovillo humano. Tomó aire en profundidad antes de retomar su relato.
—Él era un hombre poderoso, muy bien relacionado con las altas esferas políticas y sociales. El clásico encantador de serpientes que me encandiló sin esfuerzo. Nadie me creería. No tenía otra opción, de lo contrario Iraia estaría condenada para siempre.
—¿Cómo lo hiciste?
—Una noche le preparé una cena especial. Cociné sus platos preferidos, le serví el vino por el que siempre suspiraba, le horneé el postre que le hacía perder los sentidos. No detectó la droga.
—Quedó dormido sobre la mesa.
—No, era un hombre fuerte. Subió hasta nuestro dormitorio.
En el fondo sospechaba algo, pero su cerebro comenzaba a desconectarse.
Cuando llegó a la cama su suerte estaba echada.
Le asfixié allí mismo con la almohada. Luego seguí el plan: le arrastré hasta la balaustrada de la escalera, pasé la cuerda sobre una viga, le coloqué la soga en el cuello y le lancé por encima de la barandilla.
—No buscaron restos de drogas en la sangre de tu marido —afirmó Ander, conocedor de la investigación de sus compañeros lusos.
Julia mostró una sonrisa amarga.
—No, mi actuación de viuda desgarrada por el dolor fue muy convincente. Levantaron el cadáver y me lo entregaron. Como bien sabes, no tardé en incinerarlo para eliminar cualquier prueba.
El silencio volvió a apoderarse de la estancia, espesándose con cada segundo que transcurría. Gorritxo se aupó de un salto en el sofá y se colocó junto a Ander, el hocico posado sobre el muslo del inspector. Este le acarició la cabeza con dulzura.
—Eres consciente de que esta confesión podría llevarte a la cárcel, ¿verdad?
La mujer asintió. Bajó la cabeza y lloró en silencio.
—Los hechos no han prescrito y como policía debería perseguir cualquier delito del que tuviera constancia.
—Lo sé.
—Me lo cuentas para convencerme de que eres inocente de los crímenes de Peru y Laura. ¿Te das cuenta del riesgo que estás corriendo? No tenías ninguna necesidad. Podrías haber seguido con tu vida, como lo venías haciendo hasta ahora.
—Al verte el otro día todo cambió. No pienso dejar que la vida se me escape de las manos. Asumo el riesgo porque estoy convencida de que es mucho más lo que puedo ganar que lo que vaya a perder. Creo que tú y yo nos merecemos una oportunidad en la vida.
Julia se acercó hasta Ander y le extendió los brazos mostrándole las muñecas.
—Puedes detenerme o besarme, tú eliges.
—No seré yo quien te haga sufrir más. —El inspector la abrazó con fuerza y se fundieron en un beso mientras Gorritxo se hacía a un lado—. Dejemos atrás la desconfianza y el dolor. ¿Qué te parece si empezamos de cero? Como dos adolescentes que se hubieran cruzado en una calurosa jornada estival.
La psicóloga rio entre lágrimas.
—No sabía que fueras un poeta.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí. —Le guiñó el ojo—. Y, por cierto, como policía no puedo permitir que conduzcas en esas condiciones. Hoy duermes aquí.
—En una cama, espero.
—En la mejor.
Enlazaron los dedos y subieron las escaleras que conducían a la habitación de Ander, compartiendo sonrisas cómplices.
En el exterior, la ciudad continuaba desplegando su vida, ajena a los acontecimientos que se estaban desarrollando dentro de esa vivienda, en la que dos almas solitarias habían optado por corregir sus rutas para compartir un viaje hacia lo desconocido.