Capítulo 30
Ander condujo de vuelta a casa. Las palabras de su padre aún le resonaban en la cabeza.
«Muchas almas se salvaron». ¿A qué se referiría con eso?
Por más que insistió, le fue imposible sonsacarle ni una palabra más.
Carmelo volvió a encerrarse en el recinto sellado en el que residía su memoria.
Ander solo lograba llegar a él cuando alguna grieta se abría en su coraza.
Tendría que esperar a la siguiente ocasión.
La oscuridad, rota únicamente por la tenue luz que propagaba la solitaria farola de la calle, le dio la bienvenida.
El inspector frenó de inmediato. Frente a su puerta un automóvil que conocía bien ocupaba su habitual lugar de aparcamiento.
El Mini Cooper de Julia Romero. El inspector introdujo la primera marcha y dejó que su coche se acercara lentamente hasta detenerlo a escasos centímetros del de la psicóloga.
Salieron de sus automóviles al mismo tiempo como si estuvieran interpretando una coreografía de El lago de los cisnes . Gorritxo ladraba con intensidad desde el interior de la casa.
—No ha parado desde que he llegado. —La psicóloga señaló la puerta con la cabeza.
—¿Llevas mucho aquí?
Julia consultó su reloj de pulsera. Un mechón negro le cayó sobre el ojo izquierdo realzando su pálido rostro. Se la veía cansada.
—Tres cuartos de hora.
Ander avanzó con tiento. Su cuerpo y su mente continuaban luchando en una batalla cuyo desenlace aún desconocía. Cada una de sus células le imploraba que se fundiera en un abrazo con ella, pero el cerebro, ese policía insobornable, insistía en refrenar el impulso.
—¿Por qué has venido?
La mujer miró hacia la punta de su zapato.
Se mordisqueó la yema del dedo pulgar mientras calibraba la respuesta.
«Has tenido cuarenta y cinco minutos para prepararla, no puede ser tan difícil», pensó Ander.
Sin embargo, el policía sabía que estaba siendo injusto con ella.
Durante meses se la había imaginado de una manera.
Había sentido la necesidad de soltar la frustración que le produjo descubrir que el caso de las youtubers suicidas no había sido resuelto del todo, había habido flecos que se les escurrieron entre los dedos.
Estaba convencido de que Julia era uno de esos flecos y por eso la había demonizado.
Por primera vez empezaba a pensar que se había equivocado con ella.
—Necesito hablar contigo. —El semblante serio le daba un aspecto sereno. Dejada a un lado la coraza que solía portar en sus interacciones, la psicóloga parecía más humana y alcanzable que nunca.
—Está bien, pasemos adentro antes de que Gorritxo se desgañite.
El perro se puso a brincar alrededor de su amo en el momento en el que este abrió la puerta. Como le solía suceder en las jornadas largas de trabajo, su ausencia se le hacía demasiado cuesta arriba al animal, que disfrutaba de cada minuto que compartía con él.
—¿Has cenado?
Julia negó con la cabeza.
—Cigarrillos y agua mineral. Esa ha sido mi cena.
—Eso no es cenar.
—No me entraba nada más.
Ander encendió la luz de la cocina y hundió la cabeza en la nevera.
—Tengo un par de chuletas de cerdo. Si te apetece, puedo prepararlas con patatas fritas y ensalada. O tal vez prefieras continuar con tu dieta de nicotina.
—No, gracias. Tu propuesta de cena suena genial. Gracias.
El inspector apoyó la chaqueta en la silla y se remangó la camisa. Luego sacó una botella de vino del armario y se la pasó a Julia junto con un sacacorchos.
—Si no te importa.
—Claro.
La psicóloga se puso cómoda, rompió el precinto de la botella, la descorchó y sirvió dos copas de vino que dejó sobre la encimera que separaba la cocina abierta del pequeño comedor. Se descalzó y se sentó a la mesa mientras bebía con expresión ausente.
—¿Qué tal Iraia? —El chisporroteo del aceite sonaba de ruido de fondo. Ander se apoyó en la encimera y tomó su copa de vino.
La pregunta hizo que la expresión de Julia tornase de la preocupación a la felicidad.
—Está muy bien. Cursa un máster en Roma. Le ha venido genial el cambio de aires, poner kilómetros de por medio con Bilbao, donde los fantasmas del pasado no hacen más que acecharla. Hablo todos los días con ella, como podrás imaginar. Es feliz.
—Me alegro mucho —dijo Ander tras beber medio vaso de un trago.
—¿No lo has interpretado como una huida?
—¿Huida de qué?
La psicóloga alzó las cejas y dibujó una sonrisa fina en el rostro.
—No te hagas el tonto. Tú sigues pensando que Olga no actuaba sola.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Tu mirada.
—¿Qué le pasa a mi mirada? —Ander terminó de aliñar la ensalada y la colocó sobre la mesa. Luego regresó a la cocina a por el resto de la cena.
—Para mí eres un libro abierto. No puedes ocultarme tus sentimientos.
—Ah, ¿no? —El policía volcó las patatas en una fuente y colocó las chuletas de cerdo en sendos platos llanos de porcelana azul.
Acercó las tres cosas como un avezado camarero y lo colocó todo sobre la mesa del comedor—.
En ese caso, supongo que no te resultará nada complicado decirme qué sentimientos ves en mí en estos momentos.
Julia estrechó la mirada. Una pequeña trama de arrugas asomó junto a sus ojos. Parecía divertida. Tomó tenedor y cuchillo, y comenzó a cortar la carne.
—El otro día me hizo mucha ilusión ver a Amaia. De verdad te lo digo. Es una mujer guapa con una personalidad fuerte, se parece a su padre.
—En lo cabezona, sí. El resto es mérito de su madre, con la que ha convivido mucho más.
—Me gustó verla.
Ander asintió. Pinchó un puñado de patatas y las dejó junto a la carne.
Estaba claro que Julia manejaba la conversación a su antojo.
Era inútil resistirse, bastante tenía él con procesar la desazón que le había producido la visita a la residencia.
La mente le bullía. A la reciente revelación de Miren se le unía el hecho de que en pocas horas acudiría a ver al perista que les podía dar las claves para resolver el caso de César Contreras.
Sí, la psicóloga podía manejar la situación a su antojo, mejor así; se sentía mentalmente fatigado.
—No creo que el sentimiento fuera recíproco.
La mujer soltó una carcajada cantarina. Cogió la servilleta y se quitó restos de grasa de los labios.
— Touché .
—No la puedes culpar; ha sufrido mucho por mí. Como solo los hijos sufren por lo que les pueda suceder a los padres.
—Un miedo cerval. Es comprensible, no la culpo. En esa temporada transpirabas sufrimiento y eso no pudo pasarle desapercibido a Amaia. Recuerda lo que te dije de la herida: es objetiva. Seguirá allí, por mucho que inhibas el dolor.
Ander se reclinó en la silla pensativo.
—Sin embargo, ahora me siento algo mejor.
—¿Te sirvió esa última sesión para calmar la angustia?
—De algún modo ha desaparecido.
—Eso es porque encontraste la causa de tus males en tu interior, y eso te sanó.
El inspector cogió la botella y vertió lo poco que quedaba en las dos copas.
—El problema de echarte encima todas las responsabilidades sin mirar atrás es que un día estas me reventarán la espalda, y ya será demasiado tarde. Llevo muchos años acarreando la cruz y ya siento la fatiga.
Julia se irguió en el respaldo de la silla, alzó la copa y propuso un brindis. Sus ojos brillaban de emoción.
—Por una compañía que aligere nuestra carga.
Ander aceptó la invitación y los cristales entrechocaron.
Bebieron sin apartarse la mirada. Gorritxo aguardaba bajo la mesa, a los pies del policía, asomándose de vez en cuando y dirigiendo miradas a los comensales, expectante ante la posibilidad de que alguno de ellos le ofreciera las sobras de su plato.
Fuera, en la distancia, un vecino llamaba a su hijo a pleno pulmón.
—Julia, ¿a qué has venido?
La mujer volvió a bajar la cabeza. Posó la copa sobre la mesa y se frotó las manos.
—Quiero que confíes en mí, Ander. Necesito que lo hagas.
El inspector inhaló en profundidad. Frunció el ceño y la miró fijamente. Le encantaría creerla, dejar su intuición a un lado y abrazar el cuerpo de la mujer increíble que tenía enfrente. Ella estaba despertando en él sentimientos que creía muertos. Exhaló y la tensión pareció aflojar.
—¿Por qué es tan importante para ti?
—Porque me gustas, Ander. Ahora que no hay un caso de por medio puedo confesarlo. Siempre me he sentido atraída por ti, pero las circunstancias obraron en tu contra. Necesitaba descargar mi ira sobre alguien. Iraia había sido injustamente apresada y tú fuiste mi cabeza de turco.
—Comprensible.
—No. Como profesional de la psicología debería haber sabido identificar mis sentimientos de un modo correcto y canalizar la ira hacia los lugares que nos curan y no hacia los que nos envenenan.
Julia se acercó y se agachó junto a Ander hasta estar ambas cabezas a la misma altura.
—Necesito que me creas —susurró. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Ander sintió que su corazón explotaría de un momento a otro ante la proximidad de su bello rostro.
—¿Tuviste algo que ver en las muertes de Laura Pons o de Peru Arriola? —Los ojos del inspector actuaban cual detector de mentiras, midiendo cualquier alteración en los globos oculares de Julia y cualquier movimiento facial que pudiera dar a entender que incurría en una mentira.
—Te juro que no. —La psicóloga le cogió de los antebrazos.
Las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
La voz sonaba ronca por la emoción—. Por eso he querido venir aquí, para sacrificar un secreto que llevo encerrado en el fondo de mi corazón.
Todo para convencerte de que mis palabras son sinceras, Ander.
El policía la tomó de los hombros y la levantó con suavidad. Se acercó a ella hasta rozarle la punta de la nariz. La besó y volvió a embriagarse de esa mezcla dulce y salada, de esa esencia de mujer que lo arrastraba a la lujuria. Ella le puso la mano en el pecho y se apartó ligeramente.
—Espera, Ander. Necesito contarlo. Va a ser duro pero liberador.
—De acuerdo. Sentémonos en el sofá.