Capítulo 29
Los neumáticos chirriaron en el asfalto agrietado.
Ander accedió a la residencia La Misericordia por el aparcamiento reservado para el personal.
Seguía acudiendo varias veces por semana a visitar a su padre.
En los últimos meses, Carmelo había empeorado notablemente.
El alzhéimer le había dominado por completo.
El transcurso del tiempo no hacía más que constatar esa realidad que ya se intuía.
El anciano no reconocía a nadie. No interactuaba.
Se limitaba a mirar al frente, sin un atisbo de reconocimiento de la gente que le rodeaba, sin intentar siquiera articular palabra.
Se había replegado en un cascarón cuya piel resultaba imposible de quebrar.
Ander registró su visita en la recepción y pidió permiso al personal sanitario para ver a su padre a esas horas. A cualquier ciudadano normal se le hubiera denegado; a él no, era un privilegio que otorgaban las credenciales de policía.
—Puede entrar, señor Crespo. —El enfermero barbilampiño que le había guiado hasta la habitación le dejó la puerta entornada para que accediera al interior—. Intente no alterarlo, por favor. He visto en su ficha que hoy ha tenido un día muy agitado.
—Descuide —dijo Ander, consciente de que lo que tenía que comentarle a su padre podría caer, o bien como una piedra en el agua, o bien como una bomba en una fábrica pirotécnica.
La luz ocre que se filtraba de las farolas del exterior iluminaba el cuarto y confería a la estancia una atmósfera sagrada, bendecida por una fuerza superior.
En medio de esa amalgama de sombras amplificadas, el cuerpo enjuto y alargado de Carmelo Crespo se extendía a lo largo de la cama, del cabecero hasta los pies.
Su padre estaba despierto, recostado sobre el almohadón, convenientemente ahuecado y acomodado entre los omoplatos.
Ander se detuvo bajo el marco de la puerta, a la espera de que el hombre se percatara de su presencia.
Tal vez el lugar en el que su mente moraba era mucho más cálido y reconfortante.
Tal vez el mero gesto de girar la cabeza le incomodara.
O tal vez Carmelo sencillamente no quería saber nada más del mundo en el que habitaba.
El caso es que su padre no movió ni un solo músculo del rostro durante el minuto que Ander permaneció frente a él con el corazón en un puño y conteniendo la respiración.
— Aita , soy yo. —La voz de Ander rompió el hechizo de la noche. Un parpadeo le mostró que su padre había procesado las palabras. El inspector se acercó al borde de la cama, arrastró la silla de visitas y la colocó invadiendo el campo visual de su padre—. Necesito hablar contigo.
La máscara impertérrita de Carmelo siguió sin dar muestras de entendimiento. Sus ojos se quedaron clavados en los de Ander. El corazón del inspector dio un vuelco en el pecho. La mirada de su padre era hueca, fría como un témpano de hielo.
—Parece que la desaparición de ama pudo estar relacionada con un lugar llamado Aterpe. ¿Lo conoces?
Carmelo volvió a parpadear, pero se mantuvo en silencio.
Ander se movió incómodo en la silla. La visita había sido un error.
La llamada de Miren, en la que le había dado cuenta de ese descubrimiento, le había insuflado con nuevas esperanzas.
Quizá ese dato le situaba más cerca de saber qué le pasó a su madre.
Sin embargo, sentado en esa habitación, fue consciente de su error.
El cuerpo que yacía en la cama era el de su padre, pero su mente hacía tiempo que le había abandonado.
El inspector se levantó de la silla y se agachó para besarle la frente. Con un gesto automático alisó la colcha de verano que le cubría y se dirigió hacia la puerta. También él necesitaba descansar. La cabeza estaba a punto de estallarle en mil pedazos.
—Muchas almas se salvaron. —Un fino hilo de voz abandonó los labios de Carmelo. Ander se giró asombrado, con la boca abierta ante aquella chispa de lucidez—. Muchas.
Luego su padre se giró y le dio la espalda a la puerta, a su hijo y a la realidad.