Capítulo 28 #2
—Ese arrebato no era necesario, agente. —El cura hablaba con calma, empujando con el pulgar sus lentes limpias contra el tabique nasal—. En el fondo, creo que me sobrevalora. O, al menos, el influjo que Dios tiene en los habitantes de este maravilloso valle.
Una risa sofocada le provocó un acceso de tos. Se secó dos lágrimas causadas por el esfuerzo y continuó su relato una vez recuperado el resuello.
—Nuestra fe no encontró un camino cubierto de pétalos de rosas cuando llegó aquí. Nada más lejos de la realidad. Los primeros hermanos que vinieron a compartir las palabras del Señor fueron ignorados, en el mejor de los casos. Otros, los menos afortunados, pueblan nuestro panteón de mártires.
Sus ojos transitaron por la superficie de la mesa en una expresión cargada de melancolía.
—Tuvimos que asimilarnos al entorno. Aprender de los ritos y las creencias populares del lugar para lograr integrarnos mínimamente y poder, así, comenzar a ser aceptados como parte de la comunidad.
Así fue como nuestra fe caló entre el pueblo llano, igual que la lluvia fina: imperceptible hasta que uno se percata de que está empapado hasta los huesos.
—Un escalofrío sacudió su cuerpo como muestra de empatía—.
Hubo que entrar por la ventana para salir luego por la puerta.
No fue sencillo, llevó muchos años. Pero, al final, logramos evangelizar el valle.
Sin embargo, hay ritos y costumbres paganas que perduraron ocultos en los corazones de sus habitantes.
—Volvió a realizar una pausa cargada de emoción y reflexión—.
Lo que quiero decirle, agente, es que no todo el mundo confiesa sus pecados en Atxondo. Solo aquellos temerosos de Dios.
Miren cruzó las piernas y relajó el rictus. Ese pequeño repaso del desarrollo del catolicismo en el valle era muy interesante, sí, pero no aportaba nada sustancioso a su investigación.
—¿Cuántos años lleva adscrito a esta parroquia, padre?
El cura alzó la vista hacia el techo, como si la respuesta estuviera tallada entre las enraizadas vigas que sustentaban el tejado.
—Sesenta años.
Miren enarcó las cejas.
—Eso es muchísimo tiempo. El suficiente como para haber oído algún rumor, algún desliz, entre homilía y homilía.
El cura emitió una risita apagada.
—¿No se han preguntado nunca si aquello que ustedes buscan quiere ser encontrado?
—¿Se refiere a Begoña Linaza? —preguntó Alday.
El cura desechó las palabras del agente con un ademán brusco de la mano.
—No solo a ella. Sino a lo que subyace, a lo oculto. A aquello que no tiene nombre. —El cura pronunció estas últimas palabras bajando el timbre de la voz. Otro escalofrío volvió a recorrerle el cuerpo. Enderezó la espalda y se volvió a arrellanar en la silla.
—No le entiendo, padre —dijo Miren—. ¿Insinúa que hay una mano negra detrás de todo esto?
—No puedo decirles nada del refugio, Aterpe, o como quiera que se llame el lugar que ustedes me comentan. —El cura se puso en pie—. Aunque sí les puedo hacer una sugerencia.
—¿Cuál? —Miren contuvo la respiración. El calor en el interior de la estancia empezaba a ser sofocante. En el exterior, a lo lejos, una tormenta parecía tomar forma.
—Revisen los certificados de nacimiento de los habitantes del valle.
Miren dibujó una expresión inquisitiva en el rostro.
—¿Qué he de buscar?
El cura apoyó las manos en la ventana y fijó la mirada en las altas sombras donde sabía que estaban los picos rocosos que circundaban el valle, los guardianes de piedra.
—Descubrirá que hay niños que nacieron en un hospital, en una clínica de maternidad o en cualquier otro centro sanitario, y otros que lo hicieron en sus caseríos, entre su gente.
—¿Quién iba a querer dar a luz en casa en la actualidad? —intervino Alday.
Un rumor creciente fue abriéndose paso a través del firmamento. Un clamor lejano que se acercaba. La tormenta asomaba al otro lado del monte Amboto.
—Ustedes investiguen —insistió el cura.
Los ertzainas se pusieron en pie. Mejor harían en marcharse antes de que la tempestad los alcanzara.
—Está bien, padre. Así lo haremos. —Miren estrechó la mano del cura—. Por cierto, una última cuestión —dijo sosteniendo el apretón—. ¿Cree usted que Begoña Linaza era una sorgina ?
Un relámpago rasgó la oscuridad alumbrando el ancho firmamento. Remigio se desembarazó de la mano de Miren y oteó temeroso el cielo iluminado. Pronto otro relámpago cayó en una cima próxima.
—Agente, hágame caso. Si lo oculto no quiere mostrarse, déjelo estar. No nombre aquello que no conoce. Limítese a investigar las actas de nacimiento. Ahora, márchense de aquí.
Abandonaron el lugar cuando las primeras gotas gruesas empezaban a tamborilear sobre el techo del coche patrulla.
Miren sostuvo abierta la puerta del conductor, mirando en derredor.
Tenía la certeza de que una miríada de pares de ojos la estaban observando en ese preciso instante.
Espantó aquella idea y entró en la cabina.
El cansancio y el estrés comenzaban a hacer mella en la policía.
Se acomodó en el asiento y palpó el bolsillo del pantalón.
El cerebro le centrifugaba a mil seiscientas revoluciones por minuto.
Por fin vislumbraba una nueva senda en la investigación.
Sacó el teléfono y recorrió el listado de llamadas recientes hasta que encontró el número de Ander.
Lo marcó, tenía que ser el primero en conocer que empezaba a ver brotes verdes en el caso de la desaparición de su madre.