MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

El rencor y la rabia son dos demonios que llevan a la perdición.

Miren lo sabía bien. Por eso no iba a permitir que la poseyeran.

Alday y ella habían regresado a la comisaría de Durango tras el altercado sufrido en el frontón de Atxondo.

Sentados a la mesa de la cantina, y mientras daban buena cuenta de la comida para llevar que habían recogido en el camino de vuelta, los agentes planificaban los siguientes pasos que seguir en la investigación.

—Después de lo de hoy no creo que tengamos muchas posibilidades de sacar algo en limpio de esta gente. Se han recluido en sus cascarones como hacen los caracoles cuando perciben el peligro.

Miren asintió tras llevarse un puñado de patatas fritas a la boca. Masticó con parsimonia, deleitándose del excesivo condimento que le proporcionaba la sal. Contestó a su compañero una vez que logró pasar la bola de comida.

—Nos quedan un par de entrevistas pendientes.

—¿Cuáles?

—La primera a Harkaitz Larrabaso, el hijo mayor de Sabin al que hizo referencia Celestino Sangroniz. Quizá él pueda aportarnos más luz sobre los campistas que se establecieron junto a la mina en el 87.

—En los expedientes no consta que se le hubiera entrevistado.

—A él no, pero sí a su padre. Solo que el hombre no le dijo nada relevante a la policía. Pero, ya sabes, en los ochenta nadie le hablaba a la policía.

—¿Piensas que su hijo actuará de otro modo? Si me preguntas mi opinión, creo que perdemos el tiempo siguiendo esta línea de investigación. No creo que ese grupo de jóvenes descarriados tuviera algo que ver en la desaparición de Begoña Linaza.

—Puede que tengas razón, pero no podemos descartar la hipótesis. Menos aún investigar la línea; para eso nos pagan, querido. No para matar marcianitos. —La agente no pudo reprimir una risotada.

—Muy graciosa. Lo que te pasa a ti es que me tienes envidia porque soy un genio de la informática. Marcianitos, dice… ¡Serás sinvergüenza!

—No te lo tomes a mal. —Miren hizo un ademán con la mano para acto seguido golpear la mesa con los nudillos—.

Tenemos que exprimir nuestras opciones, Mikel.

El tiempo aquí se nos acaba, ya lo sabes.

Hemos sacudido el avispero en Atxondo y ahora hay que esperar a que alguien reaccione. Estoy convencida de que así será.

—¿Crees que aparecerá un testigo?

—Pienso que mucha gente sabe lo que le ocurrió a Begoña. Percibo un silencio colectivo, una especie de mente colmena que paraliza las voluntades. Una manta cubre la verdad. Y esa manta ha sido tejida por más de una mano.

—Eso suena a conspiración.

—Tal vez es lo que sucedió.

—Antes has dicho que tenemos pendientes un par de entrevistas.

Miren asintió.

—¿A quién le realizaremos la segunda?

—Al párroco del pueblo. Nadie mejor que él conoce los secretos del valle.

Harkaitz Larrabaso estaba en la dehesa de su propiedad, donde un grupo de terneros rumiaban con esa paz interior que solo transmiten los de su especie.

El hombre rondaría los sesenta años, aunque su aspecto transmitía robustez y energía.

Se afanaba en reparar varios postes de madera dañados por el empellón de alguno de sus animales cuando los agentes aparecieron.

Si los había visto, no lo dio a entender.

Continuó clavando la estaca al suelo a pesar de tener a los policías a varios palmos de distancia.

—Señor Larrabaso. —Miren decidió dar fin a ese pulso psicológico.

—¿Qué quieren? —respondió sin alzar la vista.

—Querríamos hacerle un par de preguntas referentes a la desaparición de Begoña Linaza.

—Eso fue hace mucho tiempo. Mucha gente ha muerto en el valle desde entonces, ¿van a preguntarme por todos ellos también? —En esta ocasión sí que los miró. Bajo dos grandes cejas se ocultaban dos puntos brillantes que prometían de todo menos amabilidad.

—Si esos fallecimientos no han sido naturales, ya se habrán realizado las investigaciones correspondientes —dijo Miren sin perderle el pulso—. Pero en el caso de la desaparición de Begoña Linaza hay una información nueva que quisiéramos contrastar con usted.

El hombre apoyó los antebrazos en la estaca y reposó el mentón encima.

—¿Qué información?

—Parece ser que por esa época acamparon cerca de su propiedad un grupo de punkis. Gente que no atendía a normas y que, supongo, le daría quebraderos de cabeza por los animales —intervino Alday señalando al ganado.

—¿Quién les ha dicho eso?

—Celestino Sangroniz.

Harkaitz alzó las cejas con gesto de extrañeza. Luego asintió con lentitud, como si de pronto la memoria le hubiera rescatado del fondo de su cerebro un recuerdo soterrado.

—Ahora que lo dice, sí. Es verdad. Eran un puñado de cerdos que no hacían otra cosa que beber y luego soltaban su mierda por cualquier lugar. Unos guarros. Por suerte se fueron antes de que mi padre se liara a tiros con la escopeta.

—Su padre murió hace diez años, ¿verdad? —preguntó Miren.

—Sí.

—Lo sentimos.

El hombre volvió a enderezarse. Alzó sobre su cabeza el mazo y le dio un golpe seco a la estaca, que se hundió diez centímetros en el suelo.

—Sí, seguro que lo sienten muchísimo. —Luego escupió a un lado, dando la conversación por terminada.

Tras la entrevista estéril con Larrabaso, Miren y Alday llegaron a la iglesia de San Martín justo cuando el manto de la noche cubría el tímido crepúsculo del cielo de Atxondo.

Los neumáticos del coche patrulla emitieron un quejido quedo al girar hacia el camino que conducía al santo lugar.

Un grupo de robles de frondosas copas franqueaba el paso hacia un pequeño aparcamiento de tierra y grava en donde detuvieron el vehículo.

Eran las diez de la noche y estaban agotados tras el día cargado de emociones que habían vivido. Tan solo les quedaba hablar con una persona: el cura del pueblo.

Cabía la posibilidad de que el párroco no estuviera allí, pero, aun así, Miren sentía la necesidad de seguir su instinto. No podía dejar pasar ese hilo fino que podía llevarlos a conocer el paradero de Begoña Linaza. Se veía a sí misma como a un animal que acechaba a su presa en la oscuridad.

—Vamos. —Avanzó con decisión.

Delante de ella, una verja metálica se abría en el murete que circundaba la propiedad. A su izquierda, una fuente embutida en el muro desaguaba en un pequeño abrevadero.

—Hay luz en la casa. —Alday señaló una de las dos ventanas enrejadas que horadaban la fachada principal. Sobre ellas, destacaba el escudo de los Marzana, el que fuera uno de los linajes más influyentes del Duranguesado en la Edad Media.

A simple vista, el edificio pasaba por una casa torre más de las que abundaban en Bizkaia; sin embargo, los contrafuertes románicos y la sencilla espadaña que conformaban el conjunto delataban su condición de lugar de culto.

Empujaron la verja, que cedió sin oposición.

Los ladridos de un perro de un caserío cercano revelaron la presencia de los agentes.

Pronto comenzaron a asomar a través de los visillos rostros aviesos de novedades.

Alday saludó con la mano a una anciana que los observaba con desconfianza desde una casa próxima.

Miren avanzó hasta la puerta de la iglesia y golpeó con firmeza en la insigne madera que protegía el acceso al templo. Los ladridos arreciaron, así como la inquietud entre los lugareños. Una de las ventanas que se alzaba sobre sus cabezas se abrió.

—¿Quiénes son ustedes?

Los agentes se alejaron de la fachada para mostrarse ante el anciano, cuyo rostro, enmarcado tras los barrotes de la ventana y con una pálida luz eléctrica de fondo, proyectaba un aura inquietante.

—Somos de la Ertzaintza, don Remigio. Necesitamos hacerle unas preguntas —dijo Miren.

—¿A estas horas? —La voz del anciano se atipló hasta terminar en un pequeño chillido infantil—. Estaba a punto de meterme en la cama.

Los agentes intercambiaron miradas. Miren carraspeó. Estaba cansada, pero no podía abandonar su misión por mucha lástima que le diera el hombre.

—No nos llevará más de un par de minutos, padre. Entienda que, si no fuera de vital importancia, no habríamos venido a importunarle.

El cura murmuró una imprecación inaudible.

—Está bien. Ahora bajo.

El padre Remigio los condujo a un pequeño gabinete y los invitó a tomar asiento.

—Cuénteme, agente. ¿Qué es eso tan importante? —Una vez recobrada la compostura, Remigio les transmitió una imagen de paz y concordia que en nada se asemejaba a la actitud pueril con la que los había recibido minutos antes.

—¿Le dice algo la palabra aterpe ? ¿El refugio?

Miren captó la fina sonrisa que dibujó el cura al tensar los labios. El hombre se arrellanó en la silla y enlazó las manos como buen penitente.

—¿De qué debería sonarme ese nombre?

Sus ojos acuosos, magnificados a través de las gruesas lentes, ocultaban algo. A Miren le resultó sencillo detectarlo. Decidió ir a por todas.

—Supongo que usted, al igual que el resto de la comunidad del valle, estará interesado en que se esclarezcan los hechos en la investigación de la desaparición de Begoña Linaza, ¿no es así?

El anciano asintió.

—Así es, hija mía.

—Entonces ayúdenos, padre. Por su confesionario ha pasado medio valle. Seguro que ha escuchado esa palabra en alguna ocasión.

Remigio se quitó las gafas. Tiró del borde de la camisa y limpió las lentes con el paño mientras bizqueaba para ajustar la mirada a la nueva realidad visual.

—Y no me venga con esa pamplina del secreto de confesión.

—El exabrupto de Miren cogió a Alday y al padre por sorpresa.

La agente se había levantado de la silla, su dedo índice acusador apuntaba directamente a la cabeza del cura—.

La Iglesia ha tapado demasiada basura interna apelando a ese comodín divino.

Aquí hay mucho en juego para que nos andemos con remilgos.

Se alisó el uniforme y volvió a tomar asiento ante el desconcierto del cura y la incomodidad de Alday.