MalaEspera (Ander Crespo 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

La jornada laboral había llegado a su fin. Iker Arteaga cerró con llave la puerta del despacho. Bajó las venecianas que cubrían el ventanal que tanto gozo le proporcionaba durante el día, regando de luz su espíritu mustio cuando más lo necesitaba. Volvió a comprobar la conexión a internet.

Llevaba horas con un grado de tensión insoportable.

El descubrimiento de Ander podía significar algo extraordinario.

Tenía ganas de gritarlo a los cuatro vientos, sin embargo, no podía hacer más que actuar con cautela y morderse el labio cada vez que coincidía con algún compañero asiriólogo.

Pero que tuviera que ser prudente en su universidad no implicaba que no pudiera pedir la opinión de un colega extranjero.

Un viejo amigo al que siempre acudía cuando todas las vías parecían anegadas.

El pulso de Iker se aceleró al comprobar que Jacob Feldman —el eminente exprofesor de la Universidad de Pennsylvania, uno de los últimos alumnos del gran Samuel Noah Kramer— se conectaba a la sesión.

Respiró hondo e hizo acopio de su inglés de andar por casa con la esperanza de que estuviese a la altura de la conversación con el maestro.

—Buenos días, profesor. —El saludo de Iker llegó con unos segundos de retardo, los mismos que tardó Jacob Feldman en esbozar una sonrisa de oreja a oreja que mostraba con claridad el acartonamiento que el paso del tiempo había provocado en su cutis—.

Gracias por atender mi mensaje. Lo aprecio de todo corazón.

El anciano hizo un ademán con la mano para quitarle importancia al hecho.

—No tengo mucho más que hacer, mi amigo vasco. Todos mis antiguos alumnos sabéis que mis puertas siempre estarán abiertas para vosotros.

Iker sonrió. Aquella frase era todo un mantra en sus clases.

Siempre concluía las lecciones con esa invitación al debate y al intercambio de ideas.

Le gustaban los alumnos proactivos, porque así era como Noah Kramer le había enseñado a trabajar.

Para él los investigadores, los docentes, no eran seres excepcionales destinados a observar el mundo desde su torre de marfil, sino personas que necesitaban de relaciones simbióticas para permitir que la ciencia evolucionara.

El progreso únicamente lo concebía como el fruto lógico del trabajo colaborativo.

Detestaba a los solitarios, a quienes siempre terminaba por invitar a abandonar su asignatura.

—Bromea, profesor. Estoy bien informado, sé que está en contacto con el Museo Británico para descifrar una nueva estela asiria rescatada de la última campaña arqueológica cerca de Kirkuk.

Los ojos azules hundidos de Feldman emitieron un brillo de complicidad. Entrelazó los dedos sobre la mesa y sonrió tímidamente.

—Más bien creo que soy un estorbo. —Su expresión parecía desmentir su edad cronológica.

Iker siempre había envidiado esa cualidad del profesor, esas ganas de vivir—.

El día que vea que no aporto nada, daré un paso a un lado y me recluiré en mi casa del lago para siempre.

Hasta entonces tendrán que aguantar mi sarcasmo.

Las risas llegaron amplificadas por la cercanía del micrófono. La luz rodeaba a Feldman; una luz clara que lamía las estanterías tintadas en blanco. Los libros formaban un conjunto abigarrado sobre baldas combadas a punto de colapsar bajo el peso de tanto conocimiento impreso.

—Necesito su ayuda, profesor. —Las palabras de Iker sonaron a plegaria—. Me enfrento a un reto que supera mis posibilidades. Por desgracia, la confidencialidad ha de ser máxima. No puede haber filtraciones.

—Si tu mensaje de correo ya me intrigó, he de admitirte que estas palabras tuyas me tienen en vilo. ¿De qué se trata, hijo?

Iker abrió una cajita que reposaba junto al portátil.

De su interior sacó la lámina de arcilla endurecida que había usado para imprimir el contenido del sello cilíndrico que Ander había conseguido sacar a escondidas de la comisaría.

Giró el conjunto de dibujos y escritura cuneiforme y lo enfocó directamente a la cámara de su portátil.

Feldman se ajustó las gafas y se acercó un poco más al monitor. Su expresión había pasado del relajo inicial a una de concentración absoluta. Tenía el ceño fruncido. La miríada de datos que ocupaba su cerebro estaba comenzando a interrelacionar información, a atar cabos.

—Me cuesta leer la inscripción con claridad, sin embargo, la figura de un monarca realizando una ofrenda a un dios, que bien podría ser Shamash, es evidente. Se asemeja a sellos similares que he visto de la primera dinastía de Babilonia o de la dinastía Kasita. Tendría que estudiarla más a fondo.

—He hecho varias fotos de alta resolución. Se las envío en archivos adjuntos. —Las fotos aparecieron con un pop sonoro en el apartado de archivos de la sesión.

—Los tengo. —Feldman arrastró los documentos a su escritorio con velocidad sorprendente—. Dame unos días y te diré algo.

—Por supuesto —dijo Iker agradecido.

—Por cierto, no me has comentado dónde ha aparecido el sello. —Feldman se quitó las gafas y miró fijamente a la lente de su cámara—. ¿Ese es el motivo de tanto secretismo?

—Solo tuve acceso a él durante unos minutos, el tiempo justo para hacer esta impresión.

—¿Se lo birlaron a algún coleccionista privado? —insistió Feldman divertido.

Iker negó con la cabeza.

—No lo sé. Solo puedo decirle que es parte de una investigación policial. Desconozco el alcance del hallazgo. No sé si estamos hablando de una pieza de colección o de algo mucho más grande, una fuente primaria.

Feldman se reclinó en la silla y comenzó a mordisquear la patilla de sus gafas de pasta.

—¿Fue encontrada en Irak o Siria? —preguntó.

Iker volvió a negar con la cabeza. Se pasó las manos por las mejillas. Sabía que la frase que estaba a punto de pronunciar podría cambiar para siempre la imagen que el maestro tenía de él.

—No. —Hizo otra pausa prolongada. Notaba gotas de sudor resbalando por la espalda—. En Bilbao.

Las gafas del anciano cayeron sobre la mesa. Feldman observaba a la cámara con la boca muy abierta.